CUANDO SE ODIA A LOS MAGOS

Que a ciertos alcaldes no les gusten los belenes ni las cabalgatas de Reyes no quiere decir que opinen igual la mayoría de sus vecinos. Que el Estado sea aconfesional no supone que sus habitantes no profesen determinada fe religiosa. Como tampoco representa odio alguno que la mayoría no entienda que una «drag queen» desfile junto a Melchor, Gaspar y Baltasar, igual que nos extrañaría si apareciera en una semifinal de Champions. Nuestro país, merced a estos regidores populistas que sostiene el PSOE, se ha vuelto inculto, irrespetuoso, enemigo de la belleza; su principal adversario a derrotar es la Iglesia católica y los 32 millones de españoles que manifiestan creer en ella. Una vez más, las minorías gritonas y violentas se imponen a la mayoría callada y acomodaticia. ¿Qué pretenden? Terminar con las cabalgatas, matar la tradición navideña y despreciar todo ese patrimonio cultural y de valores que hemos heredado. No roben a nuestros niños la magia de esta noche y, como ciudadanos, no permitamos que un Estado democrático se desentienda de nuestro derecho a practicar nuestra religión y a que no nos la mancillen.