UK: FUERA ES FUERA

Los británicos se acaban de enterar ahora de que su salida de la UE será un pésimo negocio para su economía. Resulta que alguien prometió a los ciudadanos del Reino Unido que les iría mejor separándose del resto de Estados miembros: que su PIB crecería, que venderían más y, sobre todo, que su dinero no terminaría en manos de los vagos del sur. ¿Le suena esta monserga al lector? Pues la realidad es la contraria. También esta ceguera es consecuencia del auge del populismo y del nacionalismo. Aunque esperemos que no lo logren, pretenden el desmoronamiento de la civilizada obra de la Unión Europea. Desde Roma hasta aquí, pasando por la actual Cataluña, el peligro de las sociedades no ha venido del enemigo externo, sino de su decadencia interna y de su catástrofe institucional. Por tanto, estamos en el «fuera es fuera» de Juncker. Gran Bretaña tendrá la satisfacción de comprobar cómo se deteriora su economía por una mala relación con la realidad. Y bien sabe Dios que a España lo que mejor le vendría es un Brexit blando, pero cada uno se suicida como quiere.

TEDIO

En los últimos tiempos, no pasa un día que no me encuentre a una persona que me pide encarecidamente dejar de hablar de Cataluña en los medios. Ayer, dos significados abogados madrileños, uno de ellos de sangre catalana, me repitieron la misma letanía que el domingo escuché de una empresaria gallega, quien a su vez replicaba lo que el viernes manifestó un oyente en una cadena nacional. No son la anécdota. Son el más evidente síntoma del hartazgo de la sociedad española sobre el caprichoso y antidemocrático comportamiento de un grupo de ciudadanos de Cataluña. España alberga otras realidades. Además de otros problemas, otras culturas, otras geografías y otras lenguas, más allá de las que se instrumentalizan en la polémica secesionista. No renunciaremos a nuestra obligación moral de informar, pero debemos rebajar el nivel del espectáculo de Puigdemont. España y nuestra vida llegan mucho más lejos. Vivimos en un país democrático y descentralizado, donde Cataluña era una de las zonas más privilegiadas. El resto de españoles tenemos derecho a volver a dedicarnos a la política serena, y a no desaprovechar el buen momento económico.

DAVOS

Davos es ese lugar donde los ricos van a decir que se preocupan por los pobres. No es por barrer para casa, pero una de las mejores intervenciones de este año en la helada cita suiza, fue la de Felipe VI. Al menos reivindicó el justo lugar que la España moderna debe ocupar en el concierto internacional sin necesidad de dar lección alguna a nadie, más allá de su serenidad y saber estar. Donald Trump dijo todo lo contrario a lo que suele predicar en su país. Es curioso que los chinos defiendan el libre comercio desde un régimen comunista y que el presidente norteamericano aconseje lo contrario desde un sistema capitalista. Todos solemos protestar contra el monopolio de los otros. La terquedad de los datos, sin embargo, nos dice que entre Apple, Google, Microsoft, Alibaba, Amazon, Facebook y Exxon reúnen casi el doble del PIB de la primera potencia europea, Alemania. Apenas pagan impuestos y su economía, supuestamente colaborativa, destruye empleo. En Davos, paraíso de la reflexión capitalista, este año no se ocuparon de ello. Tal vez, algunas miradas al mundo quedaron congeladas por el frío.

AYUDAR A VENEZUELA

Se vuelve a equivocar Nicolás Maduro. Su enemigo no es España. Al contrario. Si le queda alguna posibilidad al régimen chavista para encontrar una salida a su atolladero internacional, esa está en las manos del Gobierno español. Recuperar la normalidad política en ese país hermano es una tarea que pocos aliados pueden jugar como España. Para ello, los dirigentes venezolanos -gobierno y oposición- deberían pararse a pensar más en el futuro en paz de sus conciudadanos que en la deriva de confrontación en la que viven y que están permanentemente alimentando. Pocos países en el mundo como Venezuela poseen los recursos necesarios para poder obrar un milagro económico que sirva de bálsamo para engrasar un proceso de reconciliación y concordia cívica. Se empeñan unos y otros en autolesionarse, y en esa mutilación de expectativas de futuro se enmarca la disparatada acción de expulsar al embajador del único país al que de verdad le duele Venezuela. Maduro, como se suele decir por el Caribe, tú no te dejas ayudar.

LA LENGUA ESPAÑOLA

A España le faltaba una estrategia cultural. Alguien podría creer que la mejor estrategia es ninguna. Durante muchos años, se defendió que los Gobiernos, sobre todo si son liberales, no deberían interactuar en el campo de la cultura. A día de hoy y con la experiencia que ya tenemos, desde Malraux hasta aquí, pasando por Semprún, sabemos que es una de las claves de bóveda de cualquier país moderno. Allí donde no alcance la economía o las obras públicas, puede actuar todo ese compendio de acciones y reacciones que representa una buena sutileza cultural. En ese contexto, la mejor expresión y herramienta es el idioma; un tesoro sobre el que pisamos como si fuésemos ciegos, sin percatarnos de la obviedad de que nos comunicamos y entendemos gracias a él. Acaso el verdadero valor se empieza a descubrir cuando uno cambia de hemisferio, cruza un océano, se encuentra con otra estación del año, se distancia miles de kilómetros de su tierra y llega a la otra orilla atlántica y puede hablar el mismo idioma que 500 millones de personas. Bendito milagro el de la lengua española.

CALIFICAR

Presumo de haber escrito y dicho en muchas ocasiones que si el problema catalán, que tantas energías nos ha hecho malgastar, fuese estudiado con un mínimo de rigor por universitarios extranjeros, alejados de la pasión que el asunto suscita, concluirían que estamos ante un movimiento étnico, totalitario, antidemocrático y contrahistórico. A nada que un estudioso de la historia de las ideas políticas, como la danesa Marlene Wind, se enfrentó en serio a la inmoderada propuesta de los separatistas catalanes, tras escuchar el lunes a Puigdemont, concluye que su discurso recuerda al de la Alemania de la preguerra. Cataluña era la zona más privilegiada de España, en gran medida por las concesiones que desde más de ciento cincuenta años han hecho los distintos gobiernos centrales. Su riqueza se levantó con las manos de los españoles de otras tierras. Plantear ahora romper con ellos por razones étnicas, supremacistas o de insolidaridad económica es sencillamente una propuesta antidemocrática que en los manuales universitarios se etiqueta de manera muy clara. Dejo a la inteligencia del lector el calificativo.

CLAMOR POR UN PACTO

Todo político lleva un pacto en el bolsillo. No se puede entender de otra manera la cuestión pública en tiempos de electorados fragmentados y mayorías minoritarias. España clama por un pacto. Tenemos pendientes grandes acuerdos sobre el agua, la investigación, la educación, las pensiones, la demografía, la financiación autonómica, la justicia, la fiscalidad, la reforma constitucional y el territorio, y todos los que el inquieto lector quiera añadir. Materias no faltan. Voluntades sinceras de avanzar en consensos, sí escasean. En realidad la democracia española está todavía en la pubertad, por eso hay tan poca cultura del entendimiento entre antagonistas ideológicos. Eso en parte se debe a la manía de obsesionarse por los detalles del contrato y los personalismos, sin percatarse de que lo que tiene futuro es lograr caminar por la misma senda de concordia y bien común que representa una sociedad democrática y madura. Un buen ejemplo es ahora mismo Alemania. Cuánto mejor le iría a España, que a pesar de ello no le va mal.

LO OBVIO

Las guerras suelen perderse cuando uno se equivoca de enemigo. Resulta muy reveladora al respecto la última película sobre la figura de Churchill: se ejemplifica una vez más que, para vencer al oponente, hay que superar el antagonismo de los propios. En definitiva, es el empeño de todos aquellos que desprecian la importancia de la unidad en asuntos esenciales. En la vida política se da con frecuencia semejante confusión, y así sucede lo que sucede. Al leal se le tacha de traidor. Se prefiere escuchar el halago a la advertencia, aunque el adulador de turno no tendrá reparos en dejar tirado al derrotado para echarse en brazos del siguiente vencedor. Esa es su esencia. Ocurre lo mismo con aquellos que pretenden estar con todos, y que en esencia no defienden a nadie. Es muy habitual en la vida política española, que debería volver a los clásicos para recordar que la esencia del ser humano no ha mudado ni un ápice en miles de años. La irrupción de las fracasadas ideas comunistas, la contumacia de los independentistas, las crisis de identidad de PP y PSOE aconsejan insistir en lo obvio.

REPENSAR

Corregir y ordenar las situaciones desequilibradas es un buen ejercicio en la vida en general y en la política en particular. El estado de las Autonomías en España ha sido una historia de éxito en muchos campos, pero el nivel de descentralización también se puede considerar excesivo y merece ser repensado. Son muchos los estudiosos que piensan que se nos ha ido la mano. En definitiva, amerita una reordenación. Nada nuevo bajo el cielo de los países más desarrollados y avanzados. Un Estado fuerte en democracia siempre es la garantía de una mayor calidad en las prácticas y usos que le son propios. Vivimos en un momento que propicia un gran pacto de Estado de los tres grandes partidos para garantizar la corrección de los excesos de las Autonomías, así como una mayor eficiencia en la administración y gestión de los recursos públicos. No se trata de dar marcha atrás, sino de una adecuación a los tiempos que corren con un modelo susceptible de ser mejorado casi cuarenta años después de su nacimiento. ¿Por qué no?

CLAMOR

En la opinión pública española está interiorizado que la Justicia es muy blanda con asesinos y autores de crímenes atroces, y muy dura con quienes cometen otro tipo de delitos, en apariencia, menores. ABC publica hoy una nueva encuesta en la que se concluye que la inmensa mayoría de ciudadanos quiere que se mantenga la prisión permanente revisable para los responsables de sucesos inhumanos y bestiales. Ser justo no significa ser generoso. Como compadecer al delincuente no supone que las sentencias sean blandas. Lo sorprendente de España es que matar a una persona o atentar contra la unidad del país sale más barato que otros dolos menos graves, pero castigados con severidad desproporcionada. Los jueces están hechos de hombres y son muy sensibles a la opinión pública. Incluso se atreven a justificar sus decisiones por esa presión pública. Todo lo contrario a lo que de ellos se espera. Malos tiempos en que los magistrados se dejan influir en un sentido u otro. Peor todavía, la época en que los políticos hacen oídos sordos al clamor del pueblo.