APOROFOBIA

En el principio fue el Verbo. La palabra es una de las herramientas más poderosas del ser humano. Por eso, entre las facultades de Dios, está poner nombre a las cosas. Desde esa génesis, hemos ido llenando nuestra vida de expresiones, significados, vocablos, voces. Gracias a ellos, imaginamos, proyectamos y ponemos límites a una realidad, en ocasiones, inabarcable. Pero cuando las palabras las contamina la actividad humana, pierden muchas veces su significado, el lenguaje se pervierte y disfraza los pensamientos. Economistas, políticos y tecnólogos tienden a despreciar el viejo vocabulario para incorporar expresiones que, supuestamente, denotan mayor competencia intelectual. La etimología suele ser traicionada por estos pedantes modernos que, pudiendo emplear «mentiras», escriben «posverdad». Y así, un tedioso rosario de barbarismos, neologismos e incorrecciones. Es hora de reivindicar la lengua española, el segundo idioma de la Red, hablado ya por más de 500 millones de personas y capaz de inventarse, desde estas mismas páginas, la expresión aporofobia. Pero recuerden que, de lo sublime a lo ridículo, solo hay un paso.