PRECIPITADO ADIÓS

La capacidad que el día y la vida tienen para sorprendernos sigue siendo infinita. Ayer, en Buenos Aires, cuando nadie lo esperaba, se murió José Maza, el fiscal general del Estado. Su súbita muerte, inesperada como casi siempre, nos pone de nuevo ante la fragilidad de la vida y lo efímero del tiempo, que discurre como un soplo de aire, que apenas uno percibe. Junto a su rigor y determinación como jurista y estudioso del Derecho, adornaba su personalidad con un carácter extremadamente cordial y campechano. Estaba a punto de cumplir un año de su llegada a su actual responsabilidad. El verano pasado pude compartir con él una amena y distendida cena previa a presentar su tesis doctoral sobre «La responsabilidad penal de los partidos políticos». En agosto me dijo que se iba a perder unos días por los caminos de la Galicia interior en compañía de su hijo, para recordar su tiempo de joven juez. Se ha ido demasiado pronto, aunque la suya fue una vida bien utilizada, lo que endulza siempre el lastimoso y precipitado adiós.