PINCHAR EL GLOBO

Cuando era un niño, allá en uno de los fines de la tierra que alberga mi Galicia natal, me convencieron de que nadie pescaba mejor que los marineros de mi pueblo, que éramos los remeros más potentes, que cantábamos como los propios ángeles, que no había percebes como los de Cedeira y que éramos habilidosos jugadores de fútbol, pero que perdíamos porque los árbitros procedían de Ferrol y nos tenían manía. A medida que crecí y fui abriendo los ojos, comprobé que los de Burela eran tan buenos marinos como nosotros, que los de Mugardos bogaban con más fuerza y que los percebes, por increíble que les parezca a algunos, pertenecen, como los sabios, a la nación llamada mundo. El nacionalismo se cura viajando y los amores que matan se atemperan con la razón. Alguien tendrá que pinchar el globo del adoctrinamiento supremacista, que tanto daño ha hecho entre los jóvenes catalanes; muchos de ellos, hijos de andaluces y extremeños. Entre las muchas cosas que el resto de España dio a Cataluña, figura lo más sagrado que tiene un pueblo: sus mujeres y hombres.