EL DÍA DE LA MENTIRA

En la hora de la verdad, al atardecer del 10 de octubre, la jornada remató en el día de la mentira. Gran parte de la intervención ayer de Puigdemont se deslizó por las movedizas arenas de la falsedad. Nada de lo que dijo para legitimar su contradictoria decisión es cierto. Miente cuando denuncia una recentralización, cuando infravalora el esfuerzo inversor del Estado en infraestructuras catalanas, cuando minusvalora el éxodo de empresas y el empobrecimiento de su comunidad, cuando dice respetar al resto de los españoles, cuando argumenta que una votación ilegal justifica la secesión. Como todo mentiroso, Puigdemont no es creíble en su relato, pero lo peor de todo es que evidencia que no cree en sí mismo. Ese es el pecado original del independentismo catalán. Su ficción ha sido desmontada en cuatro días en que ha operado la verdadera libertad, la de mercado y la de los anónimos españoles que han demostrado que Cataluña sin España no tiene futuro. El problema, sin embargo, queda sin resolver. Hubiese sido mejor que declarase la independencia y que el Estado de derecho hiciese lo demás. Todo en él es mentira.