UN MAL NEGOCIO

España siempre fue el mejor negocio de Cataluña. Solo una obra de ingeniería social como la que Pujol puso en marcha hace casi treinta años ha podido desvirtuar el análisis acerca del extraordinario valor que el conjunto de los españoles supuso para la economía, la bonanza y el bienestar de los catalanes. Los ríos y ríos de tinta con los que durante años se ha intentado desmontar el mar de falsedades del independentismo no han servido apenas para nada. Sorprende, en cambio, que en apenas 48 horas, la libertad del mercado -empresas y bancos poniendo sus sedes a salvo de Cataluña- haya impuesto a los secesionistas, empezando por Puigdemont, un baño de realismo que desmorona toda la ficción sobre la que se envalentonaron. Mal negocio han hecho los nacionalistas con el resto de España. La herida no cauterizará fácilmente. No nos olvidemos de que, en esta rebelión, tuvieron mucho que ver determinadas elites económicas y políticas de Cataluña, con apellidos bien conocidos. De momento, ha quedado en evidencia su pésima relación con la realidad y las matemáticas. Y esto no ha hecho más que empezar.