NO TEN­GÁIS MIE­DO

Que íba­mos a lle­gar a es­ta si­tua­ción es­ta­ba más que can­ta­do. Puig­de­mont no de­jó de anun­ciar­lo un día sí y otro tam­bién. El Go­bierno ha ac­tua­do con la pru­den­cia que ca­rac­te­ri­za a Ma­riano Ra­joy, de­mos­tran­do una vez más ser un po­lí­ti­co cen­tra­do que rehú­ye el con­flic­to. Ha­brá, sin em­bar­go, quien le re­pro­che que va­mos con re­tra­so. Que, co­mo con­se­cuen­cia de esa de­mo­ra, he­mos vis­to con pas­mo có­mo se po­nía en mar­cha el ar­ti­fi­cio de una le­ga­li­dad pa­ra­le­la que dio vi­sos de ar­ma­zón ju­rí­di­co y de­mo­crá­ti­co a lo que no de­ja de ser un dis­la­te y un gol­pe de es­ta­do. Ade­más, el eco in­ter­na­cio­nal, mal ma­ne­ja­do, y la ges­tión de al­gu­nos ca­pí­tu­los del cu­le­brón pro­cés han en­ve­ne­na­do a una par­te de la so­cie­dad ca­ta­la­na. En cual­quier ca­so, va­rios as­pec­tos de­ben que­dar cla­ros: los úni­cos cul­pa­bles son los se­di­cio­sos, no el res­to de la so­cie­dad res­pe­tuo­sa con las le­yes, y, aun­que hay ago­re­ros que anun­cian las pe­nas del in­fierno, Es­pa­ña y su de­mo­cra­cia, tan jo­ven a pe­sar de los cua­ren­ta años ya vi­vi­dos, sal­drán for­ta­le­ci­das de to­do es­to. Por eso no hay que te­ner mie­do.

TOLERANCIA

Los Premios Princesa de Asturias representan desde hace tiempo la mejor expresión de la sociedad española. Es la oportunidad de reconocer todo lo que los valores democráticos hacen por nosotros: garantizan la convivencia, la paz, la justicia, la cultura, la pluralidad y la aspiración de ser mejores. Todo ello cobra una dimensión más trascendente en este momento de España. Ahora que unos pocos quieren romperla. Por eso de nuevo ayer la voz de Felipe VI volvió a sonar como garantía de que todos aquellos valores de la democracia se mantienen firmes frente a quienes los desprecian. Ese desdén viene como consecuencia de adoctrinar a los jóvenes en lugar de educarlos. Cuando adoctrinas anulas el espíritu crítico y la independencia de opinión, hasta el punto de no respetar lo que piensan los demás. La diferencia entre educar y adoctrinar está justamente en que la primera te coloca en el territorio de la tolerancia, lejos del odio y de la tribu. Por eso, los Premios Princesa de Asturias, desde la brumosa orilla cantábrica, saben mirar a Europa y al mundo sin renunciar a sus raíces.

CITA CON LA HISTORIA

La Historia no absolverá a Puigdemont y cometeríamos un enorme error si creyésemos que la cuestión catalana se soluciona con una patada hacia delante. Es cierto que el tiempo es médico de todos los males y juez inapelable, pero esta es la gran ocasión de España para resolver, de una vez por todas, la cuestión catalana. A diferencia de otros momentos del pasado –y a pesar de nuestra incomparecencia en medios internacionales–, las herramientas modernas de comunicación permiten como nunca desmontar todas las ficciones del independentismo. El empobrecimiento económico, que será muy ostensible dentro de unos años; las contundentes negativas de la UE y el elemental cumplimiento de la Ley en cualquier democracia que se precie han pinchado el globo secesionista, a pesar del exceso de prudencia del Ejecutivo de Rajoy. Gobernar no es fácil; gestionar crisis, menos todavía. Por otro lado, los contemporáneos somos los peores jueces del instante que nos toca vivir, pero uno intuye que no se puede renunciar al futuro. Si esto sale gratis a los sediciosos, seguiremos gangrenando la vida política de España.

OLOR A QUEMADO

Las causas por las que estos últimos días han ardido miles de hectáreas en Galicia, Asturias y Portugal pueden ser y, seguramente lo son, muy diversas. Temperaturas infrecuentes para octubre, un fuerte viento que propaga las llamas, una tierra seca tras un largo periodo de ayuno de lluvias… En definitiva, un aparente cambio climático que obliga a repensar las políticas de los distintos gobiernos. Es probable que haya que cambiar ciertos ángulos sobre el mundo forestal. Incluso que las casas no estén en Galicia donde deberían y que falte una ordenación del territorio más sensata y menos caótica. Podemos buscar las explicaciones que queramos, pero de lo que no cabe duda es que lo de este fin de semana fue orquestado: una planificación que puede calificarse de terrorista y que pretendía algún objetivo aún desconocido. Por eso no entiendo que no exista todavía en España una Fiscalía especializada ni una unidad específica de la Guardia Civil. Cuatro muertos. ¿A qué esperan? El fuego en el amado noroeste español nos recordó que la vida es mucho más que una ramplona y cobarde carta de Puigdemont.

INGOBERNABLE

Lo peor que se puede hacer con un pueblo o una comunidad es jugar con sus expectativas de futuro, y peor todavía dibujar ese porvenir sobre ficciones inverosímiles. Eso es lo que los dirigentes independentistas han hecho con una parte de la sociedad catalana: mentir y prometer una arcadia feliz basada en tres imposibles: no necesitamos del mercado español; los bancos y las empresas no se irán; y, finalmente, estaremos en la Unión Europea. Una tras otra, esas falacias, en apenas días, se han ido cayendo. Ayer de nuevo la UE ha vuelto a insistir que no es posible una Cataluña independiente dentro de la gran comunidad europea. En una ocasión el viejo Jordi Pujol le dijo a Gorbachov, en Barcelona, en presencia de Helmut Kohl, que algún día Cataluña sería independiente, a lo que el ruso le contestó: «Si eso llega a ocurrir, querrá decir que el mundo es ingobernable». Lástima que tanta sabiduría y tanta experiencia no las hubiese destinado a sus cachorros el viejo patriarca catalán.

EL GESTO

Cuando careces de ideas lo suficientemente fuertes u originales, terminas reo de los gestos. Y aunque vivimos en la sociedad de las percepciones, de los mensajes cortos y efectistas, de la escasez de pensamiento elaborado y complejo, donde cuentan más las muecas y los guiños, no podemos renunciar, al menos quienes nos dedicamos a la comunicación y queremos y aspiramos a una sociedad mejor, a armar un discurso que supere la simpleza de reducir la política a llevar o no corbata. Pedro Sánchez decidió acudir sin ella ayer al Palacio Real, en el acto conmemorativo de la Hispanidad. Fue el único. Tan digno es no ponerse corbata como hacerlo. Está en su libertad. Todos sabemos, sin embargo, que lo que pretendía era llamar la atención. A los líderes se les mide en los grandes momentos, pero los pequeños detalles anticipan los vacíos que se pueden producir cuando no hay mayor munición ideológica que el gesto. Puede ser todo un anticipo de intenciones: ese lenguaje es el que finalmente viste el comportamiento de cada uno. Nada es casual, al menos en la ausencia de corbata de Sánchez.

ETIOLOGÍA

Más allá del momento presente, de la reacción del Gobierno ante el dislate de Puigdemont y su banda, o del frágil consenso de los constitucionalistas para preservar el Estado de Derecho, por encima de todo eso pervive el problema catalán, cuya génesis contemporánea viene de lejos y cuenta con dos motores fundamentales: la educación y la comunicación. Ambas arrumbadas por el Estado, de manera distinta según el gobierno de turno. Lo inmediato y urgente es la comunicación, tanto exterior, que siendo relevante no lo es tanto, como muy especialmente la que le llega a la sociedad catalana, manipulada hasta extremos increíbles en tiempos modernos. A largo plazo, y mucho más importante aún, es devolver a la senda de la cordura y el rigor la enseñanza de materias fundamentales como la Historia o la Literatura en los colegios catalanes. Si no se abordan ambas cuestiones, junto a una estrategia ganadora y ambiciosa para la idea de España, seguiremos dando vueltas, asombrados de que la Generalitat pueda inventar una constitución de todo a cien y no ocurra nada, mientras olvidamos el estudio de las causas.

EL DÍA DE LA MENTIRA

En la hora de la verdad, al atardecer del 10 de octubre, la jornada remató en el día de la mentira. Gran parte de la intervención ayer de Puigdemont se deslizó por las movedizas arenas de la falsedad. Nada de lo que dijo para legitimar su contradictoria decisión es cierto. Miente cuando denuncia una recentralización, cuando infravalora el esfuerzo inversor del Estado en infraestructuras catalanas, cuando minusvalora el éxodo de empresas y el empobrecimiento de su comunidad, cuando dice respetar al resto de los españoles, cuando argumenta que una votación ilegal justifica la secesión. Como todo mentiroso, Puigdemont no es creíble en su relato, pero lo peor de todo es que evidencia que no cree en sí mismo. Ese es el pecado original del independentismo catalán. Su ficción ha sido desmontada en cuatro días en que ha operado la verdadera libertad, la de mercado y la de los anónimos españoles que han demostrado que Cataluña sin España no tiene futuro. El problema, sin embargo, queda sin resolver. Hubiese sido mejor que declarase la independencia y que el Estado de derecho hiciese lo demás. Todo en él es mentira.

INTERESES FRENTE A PASIONES

Si las pasiones se adueñan de ti, pueden llegar a esclavizarte. Rehenes de esas pasiones parecen ahora mismo los independentistas catalanes, cuya relación con la realidad es prácticamente nula. Se creyeron las fabulaciones de unas elites económicas –de nombres y apellidos bien conocidos– y arrastraron con ellos a unos indigentes intelectuales, que han ocupado el espacio político de la radicalidad. El resultado es una Cataluña que proyecta su peor imagen en muchos años, con su economía productiva a la fuga. Tuvo que ser el mercado, que es más libre y democrático, el que, por efecto de la retirada masiva de depósitos de ciudadanos anónimos y el cambio de sedes empresariales, pusiera en su sitio todos los embustes de los sediciosos en apenas 48 horas. Ellos dividían con sus pasiones, cuando son los intereses los que unen. Precisamente así nació lo que hoy conocemos como UE: fruto de los intereses comunes, mediante la solidaridad de unos con otros y la búsqueda colectiva de un espacio de paz, prosperidad, derechos humanos y libertad. Justo lo que se quieren cargar los del golpe de Estado catalán, hastiados de su propia abundancia.

LAS RAZONABLES DUDAS

Seguramente el Gobierno de España posee un nivel de información sobre el conflicto catalán que no poseemos los demás. Por ejemplo, que los sediciosos no dan marcha atrás. El empeño por declarar la independencia y perpetrar el golpe de Estado no ha sido desmentido en ningún lugar ni momento. Ni siquiera la catarata de abandonos empresariales, que evidencian el empobrecimiento espectacular que una hipotética Cataluña independiente sufriría, conmueve lo más mínimo la fibra de la racionalidad de quienes están delinquiendo desde hace días, sin que nada les ocurra. Parece que el Gobierno de España se quiere cargar de razones para dar el paso de suspender temporalmente la autonomía catalana. Como hizo en su día Tony Blair con Irlanda del Norte, tras desplegar 45.000 soldados en un territorio más pequeño que Tarragona. A Blair no le tembló el pulso ni le importó la opinión pública internacional. Los corresponsales extranjeros no votaban en Londres, ni siquiera sus lectores. A La Moncloa le preocupa la opinión pública internacional y no la española, la que le vota. Es comprensible el dilema: cuanto más esperas, más dudas.