RESPONSABILIDAD DE TODOS

La democracia conlleva responsabilidad. Ahora más que nunca, la ciudadanía catalana debe asumir su compromiso con la convivencia y acudir a votar el 21 de diciembre. Es decisivo que la gente no se quede en casa. Cataluña no es mayoritariamente independentista, pero esa radiografía social que suele proyectar una consulta electoral ha de verse como la vía de expresión definitiva para todos aquellos que, de manera callada y a veces hasta clandestina, han lamentado la asfixia que en aquella tierra ejercieron los sediciosos. Las próximas autonómicas se presentan como la gran oportunidad civil para demostrar que también allí se vive en un ambiente democrático normalizado. Hay quien considera la consulta precipitada, cuando todavía suenan los ecos del vodevil independentista y, sobre todo, mientras sigue funcionando esa máquina de propaganda mediática, que es TV3 y de cuya neutralidad institucional nada se espera. La democracia no es fácil. Hay que trabajarla día a día. Por eso cada uno debemos asumir nuestra parcela de responsabilidad, que en este caso supone ejercer el derecho al voto.

LA VUELTA DEL «SENY»

La manifestación de ayer vino a evidenciar, una vez más, que Cataluña no se reduce, dentro de su complejidad, a un simple esquema de blanco y negro. Como toda cuestión de la sociología moderna está llena de matices, aunque el discurso único independentista en su monolitismo no admitió nunca la confrontación de ideas ni la contraposición de pareceres. Se hurtó así a la sociedad catalana un debate honesto acerca de su realidad mientras se levantaba una ficción con cimientos llenos de mentiras. Por eso la aplicación del invocado 155 debería ir acompañado de una estrategia mediática y de una acción que permita un debate sereno. Más que nunca en Cataluña es necesario que la opinión pública esté bien informada y no adoctrinada. No resultará de todos modos fácil convencer a los independentistas de lo contrario de lo que ellos piensan, pero de nada vale aplicar la ley si no se acompaña de una buena acción que desmonte todas las fabulaciones del independentismo y restaure los hilos invisibles de cordialidad con el resto de España.

MONÓLOGO

Todo esfuerzo es inútil con quien solo quiere negociar su forma de irse de España. No deja de resultar paradójico que Puigdemont invoque al diálogo, y que cada vez que puede hacerlo rehúya el parlamentarismo y se guarezca en una especie de derecho divino que le impulsa a quebrantar la Ley. El bucle es tan perverso que sólo concluirá con la demostración por parte del Estado de Derecho de la imposibilidad de sus pretensiones. Si el 23-F supuso que las Fuerzas Armadas españolas aprendiesen la lección para siempre y se comprometieran con la democracia y su modernización, este golpe en diferido de los secesionistas catalanes debería servir para que nadie quiera parecerse a los desleales nacionalistas, instalados en la eterna guerra pese a querer parecer unos pacifistas. He aquí su permanente impostura: invocar la democracia para acabar con ella. La cuestión ahora mismo no es el diálogo. No se ha hecho otra cosa. El independentismo sigue anclado en su viejo y resentido monólogo.

LA ESPAÑA LUMINOSA

Frente a esa oscura España que protagonizan los sediciosos y neocomunistas, más propios todos ellos del XIX que de este instante, hay otro país luminoso, instalado en la modernidad y el progreso. Un buen ejemplo de esa sociedad es Inditex, la empresa más global de España, situada en la esquina noroeste, en Coruña. Su presidente, Pablo Isla, acaba de ser elegido el mejor CEO del mundo, según la Harvard Bussiness Review. Detrás de Isla, además de la genialidad providencial del fundador, Amancio Ortega, está un enorme equipo de miles de personas que han situado a la multinacional gallega en el primer lugar del textil mundial. Nada menos que 7.300 tiendas en los cinco continentes. Es la mejor expresión de la España luminosa frente a la oscuridad y negritud de los carlistoides independentistas. El secreto de Inditex es sencillo: talento, libertad de mercado, el mundo como patria y cero subvenciones. Un ejemplo para que reflexionen algunos trabucaires que quieren independizarse.

TIEMPO AL TIEMPO

La mayor perjudicada de todo el dislate independentista es la propia Cataluña. Este proceso, que terminará con el cumplimiento de la ley democrática –es decir, la Constitución y sus mandatos–, va a dejar muchas heridas, y no son precisamente la supuesta humillación de los secesionistas, como pretenden sus voceros. La herida emocional con el resto de España tardará en cerrarse. Suponga que llegase a ser cierta la ensoñación de la independencia. Pero el mayor daño está en la economía. Cataluña fue una locomotora del bienestar y una avanzadilla del progreso hasta la década de los noventa, cuando empezó a perder fuelle a favor de Madrid y Valencia, por culpa de una política caciquil y torticera de Jordi Pujol, que les restó competitividad. Ahora la fuga de empresas viene a confirmar su enorme dependencia respecto de su principal mercado: el resto de España. Lo peor, sin embargo, está por venir. Atentos al deterioro económico de los próximos años –ya no quiero ni imaginar el empobrecimiento de una Cataluña independiente, fuera de la UE y del BCE– porque será la mayor evidencia de la ficción argumental de los separatistas. Tiempo al tiempo.

CONTRA CORRIENTE

Ayer me hubiera gustado escribir sobre el Domund, sobre todos esos misioneros que se quedan cuando las cámaras de televisión se van de aquellos lugares donde el mundo se llama tragedia. No lo hice. Volví a enredarme con el asunto catalán. No cabe duda de que es el gran problema de España. Ahora bien, existen muchas razones, hechos y argumentos para percatarse de que los sediciosos no tienen razón, y son justamente todas esas cuestiones que nos siguen haciendo vivir y vibrar. La vida continúa. Los niños irán hoy lunes a los colegios y el engranaje de la gran maquinaria que es la sociedad española dará sus habituales vueltas para que el reloj de la calle no se detenga. Nuestras obligaciones cotidianas no serán relegadas por otras y los incendios forestales, el suicidio demográfico, la inmigración, el futuro de las pensiones, la baja natalidad, el paro, el fracaso escolar, la robotización de la industria, nuestro territorio de la intimidad… esperan respuestas y sobre todo ello habrá que escribir, demostrando así lo desorientados que andan los independentistas, empeñados en caminar contra la Historia.

NO TEN­GÁIS MIE­DO

Que íba­mos a lle­gar a es­ta si­tua­ción es­ta­ba más que can­ta­do. Puig­de­mont no de­jó de anun­ciar­lo un día sí y otro tam­bién. El Go­bierno ha ac­tua­do con la pru­den­cia que ca­rac­te­ri­za a Ma­riano Ra­joy, de­mos­tran­do una vez más ser un po­lí­ti­co cen­tra­do que rehú­ye el con­flic­to. Ha­brá, sin em­bar­go, quien le re­pro­che que va­mos con re­tra­so. Que, co­mo con­se­cuen­cia de esa de­mo­ra, he­mos vis­to con pas­mo có­mo se po­nía en mar­cha el ar­ti­fi­cio de una le­ga­li­dad pa­ra­le­la que dio vi­sos de ar­ma­zón ju­rí­di­co y de­mo­crá­ti­co a lo que no de­ja de ser un dis­la­te y un gol­pe de es­ta­do. Ade­más, el eco in­ter­na­cio­nal, mal ma­ne­ja­do, y la ges­tión de al­gu­nos ca­pí­tu­los del cu­le­brón pro­cés han en­ve­ne­na­do a una par­te de la so­cie­dad ca­ta­la­na. En cual­quier ca­so, va­rios as­pec­tos de­ben que­dar cla­ros: los úni­cos cul­pa­bles son los se­di­cio­sos, no el res­to de la so­cie­dad res­pe­tuo­sa con las le­yes, y, aun­que hay ago­re­ros que anun­cian las pe­nas del in­fierno, Es­pa­ña y su de­mo­cra­cia, tan jo­ven a pe­sar de los cua­ren­ta años ya vi­vi­dos, sal­drán for­ta­le­ci­das de to­do es­to. Por eso no hay que te­ner mie­do.

TOLERANCIA

Los Premios Princesa de Asturias representan desde hace tiempo la mejor expresión de la sociedad española. Es la oportunidad de reconocer todo lo que los valores democráticos hacen por nosotros: garantizan la convivencia, la paz, la justicia, la cultura, la pluralidad y la aspiración de ser mejores. Todo ello cobra una dimensión más trascendente en este momento de España. Ahora que unos pocos quieren romperla. Por eso de nuevo ayer la voz de Felipe VI volvió a sonar como garantía de que todos aquellos valores de la democracia se mantienen firmes frente a quienes los desprecian. Ese desdén viene como consecuencia de adoctrinar a los jóvenes en lugar de educarlos. Cuando adoctrinas anulas el espíritu crítico y la independencia de opinión, hasta el punto de no respetar lo que piensan los demás. La diferencia entre educar y adoctrinar está justamente en que la primera te coloca en el territorio de la tolerancia, lejos del odio y de la tribu. Por eso, los Premios Princesa de Asturias, desde la brumosa orilla cantábrica, saben mirar a Europa y al mundo sin renunciar a sus raíces.

CITA CON LA HISTORIA

La Historia no absolverá a Puigdemont y cometeríamos un enorme error si creyésemos que la cuestión catalana se soluciona con una patada hacia delante. Es cierto que el tiempo es médico de todos los males y juez inapelable, pero esta es la gran ocasión de España para resolver, de una vez por todas, la cuestión catalana. A diferencia de otros momentos del pasado –y a pesar de nuestra incomparecencia en medios internacionales–, las herramientas modernas de comunicación permiten como nunca desmontar todas las ficciones del independentismo. El empobrecimiento económico, que será muy ostensible dentro de unos años; las contundentes negativas de la UE y el elemental cumplimiento de la Ley en cualquier democracia que se precie han pinchado el globo secesionista, a pesar del exceso de prudencia del Ejecutivo de Rajoy. Gobernar no es fácil; gestionar crisis, menos todavía. Por otro lado, los contemporáneos somos los peores jueces del instante que nos toca vivir, pero uno intuye que no se puede renunciar al futuro. Si esto sale gratis a los sediciosos, seguiremos gangrenando la vida política de España.

OLOR A QUEMADO

Las causas por las que estos últimos días han ardido miles de hectáreas en Galicia, Asturias y Portugal pueden ser y, seguramente lo son, muy diversas. Temperaturas infrecuentes para octubre, un fuerte viento que propaga las llamas, una tierra seca tras un largo periodo de ayuno de lluvias… En definitiva, un aparente cambio climático que obliga a repensar las políticas de los distintos gobiernos. Es probable que haya que cambiar ciertos ángulos sobre el mundo forestal. Incluso que las casas no estén en Galicia donde deberían y que falte una ordenación del territorio más sensata y menos caótica. Podemos buscar las explicaciones que queramos, pero de lo que no cabe duda es que lo de este fin de semana fue orquestado: una planificación que puede calificarse de terrorista y que pretendía algún objetivo aún desconocido. Por eso no entiendo que no exista todavía en España una Fiscalía especializada ni una unidad específica de la Guardia Civil. Cuatro muertos. ¿A qué esperan? El fuego en el amado noroeste español nos recordó que la vida es mucho más que una ramplona y cobarde carta de Puigdemont.