LAS PENSIONES

La vida no empieza ni termina en Cataluña. La vida, afortunadamente, es mucho más. Entiendo, sin embargo, la inquietud de la mayoría de demócratas de España ante el desafío sedicioso y la quiebra del Estado de Derecho. Nada no es ajeno ante tamaño dislate. A pesar de ello, el cansancio se apodera de nosotros ante un despropósito marcado básicamente por emociones y por odio. Porque si se aplicase la racionalidad, muchos catalanes tendrían que entender que su futuro solo puede concebirse unido al resto de España; o no es futuro, será otra cosa. Debería bastarles saber que la cuarta parte del déficit de las pensiones de todo el país lo genera Cataluña. O que un buen número de empresas han decidido abandonar esta región –o directamente han descartado implantarse en ella- por falta de seguridad jurídica. Porque, al fin y al cabo, Cataluña es lo que es –una tierra privilegiada– porque España ha sido el motor de su bonanza. El problema es que este debate se ha hurtado a los catalanes, y ahora sólo hay odio e insolidaridad donde antes abundaba el sentido común.