UN PÉSIMO COMBUSTIBLE

Lo peor del desafío secesionista de Cataluña no es el incumplimiento de la ley ni, todavía más grave, la ausencia de la ley, que ciertamente evidencia una situación pésima. Lo verdaderamente execrable es que el movimiento independentista consume en su seno la gasolina del odio y lo mueve el combustible del totalitarismo. Por eso, comprendo a los políticos que dicen que no quieren dejar esa herencia a sus descendientes: una tierra sembrada de odio y regida por la tiranía. En Cataluña, llevan años enseñando a los niños a despreciar a sus vecinos, a los de Zaragoza, La Coruña, Badajoz, Sevilla… Los valores morales de solidaridad y aceptación del otro han sido desterrados. Solo así se explican, que nunca justifican, las intervenciones de los políticos nacionalistas en las sesiones del Parlamento catalán. Y solo así se entienden las expresiones que se escuchan en una parte de esa sociedad. Las preguntas son: ¿Creen que tienen futuro con un tejido social enfermo de odio? ¿Conocida su aversión a lo ajeno, por qué razón los van a aceptar ciudadanos de Burdeos, Múnich o Nápoles?