PASIÓN POR LA DERROTA

Uno de los rasgos más llamativos de los secesionistas es que solo celebran derrotas. Me refiero a los independentistas, claro está, porque hay una mayoría silenciosa catalana, cargada de sentido común, que asiste estupefacta, como el resto de España, al mayor desafío al que tiene que hacer frente nuestra democracia en sus cuarenta años de vida. Parece que el Gobierno maneja un plan A, otro B y hasta una tercera alternativa. Sería bueno, de todos modos, empezar a dejar claro que el argumento más poderoso para frenar a Puigdemont y a sus secuaces –escrito esto con el mayor rigor semántico– ya no es que debe cumplir la Ley, que por supuesto, sino que la separación sería radicalmente injusta, antihistórica y majadera, en la medida en que no conlleva ningún avance de valor político ni social ni económico a ninguna de las partes, pero sí graves e imprevisibles perjuicios a España, la UE y, sobre todo, a Cataluña. Lo malo del 1-O es que volverá a ser otra efeméride más con la que el victimismo independentista dará la tabarra a los demócratas. Otra derrota más.