GOBIERNO DE COALICIÓN

Ahora que el problema catalán está en su punto álgido de efervescencia, se viene a demostrar lo bueno que hubiese sido para España el Gobierno de coalición que Rajoy les propuso a Sánchez y Rivera en diciembre de 2015. Enfrentar esta cuestión con un gobierno fuerte al que respaldaría la inmensa mayoría de los españoles hubiese sido lo más inteligente. No hay, sin embargo, empresa más estéril que lamentar lo que pudo ser y no fue. Tal vez ocurra algún día. Si llegase ese momento, lograríamos terminar con una de las dinámicas más perversas y estériles de la vida política española: la incapacidad de la derecha y la izquierda para entenderse. Romper así con una mala historia. Mantenerse unidos en lo esencial: la defensa de la democracia, amenazada por los golpistas. Ellos han demostrado estar dispuestos a arrasar la Constitución y no aceptan la autoridad del Gobierno central. Los partidos se instalaron en frentes independentistas que ondean –desde un Parlamento sedicioso– las estructuras del nou Estat. Esto no va a acabar bien y tal vez sea mejor así, para terminar con semejante ficción de una vez por todas.

MÁS ESPAÑA

Lo que ocurra el domingo en Cataluña será cualquier cosa menos un referéndum. No se da ninguna condición legal, formal ni democrática para tomarse en serio ese simulacro. Así que empecemos a pensar en el día después. La democracia tiene ante sí otra oportunidad de salir reforzada tras la tensión a la que la están sometiendo los golpistas. ¿Quieren diálogo? Adelante, pero como ciudadano español espero que ese intercambio de pareceres no concluya en ceder más competencias. Habrá algunos asuntos que se puedan ofrecer pero, frente al exceso de condescendencia, deberíamos volver a la idea de «Más España». En este preciso instante urge proyectar una imagen reforzada de una España orgullosa de sí misma. Esa sociedad portentosa que ahora mismo protagoniza una etapa de éxito económico, goza de un Estado del bienestar envidiable, disfruta de una seguridad infrecuente y puede presumir de una crónica histórica de lo más relevante. Ya está bien: los casposos, retrógrados y cavernícolas son ellos. Lo moderno y democrático es justamente lo contrario al nacionalismo excluyente.

TIEMPOS DE SINRAZÓN

Cuando pasen los años y se estudien con frialdad y distancia los hechos que hoy vivimos en Cataluña, muchos se avergonzarán y otros no se reconocerán. Las prácticas antidemocráticas y fascistas que vamos conociendo ponen los pelos de punta. Buen número de los nacionalistas catalanes, que se consideran moderados, se escandalizan por la respuesta del Gobierno, lo que demuestra su conciencia de superioridad, su costumbre de no respetar lo que diga España y su desprecio por nuestra capacidad de reacción. Como si la democracia no tuviese derecho a salvaguardar sus instituciones. Para ellos, nuestra obligación es asumir lo que ellos hagan y limitar nuestra defensa a lo que no moleste. Por otro lado, los sediciosos no se percatan de la oleada creciente de malestar que propagan por toda España y que solivianta a la opinión pública. Estamos pasando de ignorar el problema, a la molestia y al hartazgo y, de ahí, a la preocupación y a la afrenta. Todo ello, en un corto espacio de tiempo. Ojalá no lleguemos a la ira. Creo, honestamente, que los catalanes están haciendo un mal negocio con el resto de España.

ESCANDALIZAR A LOS NIÑOS

Al catálogo de desmanes antidemocráticos que acumulan los sediciosos catalanes, solo faltaba unir la manipulación de los niños. En cualquier lugar civilizado sería un escándalo, en Cataluña, instalada en el paroxismo, parece que ya vale todo, hasta mancillar la inocencia de la infancia. Cuando llegas a ese extremo, a utilizar como escudos humanos emocionales a los niños, algo ha fallado en lo más íntimo. Es como si una patología química se desatara en el cerebro. Algo que va más allá del sentido común y que puede convertir el paraíso de esos tiernos años en un horrible infierno. De alguna manera, los nacionalistas están secuestrando los bellos años de la infancia para cubrirlos de odio. Cuando un niño es educado en la antipatía y el rechazo a los otros, están creando un psicópata social. Lo que hagáis con la educación científica, social y emocional de vuestros hijos será determinante para tener buenos o malos ciudadanos. Si la patria del hombre es la infancia, por favor no se la arrebatéis con vuestro escándalo.

LO QUE ES IMPOSIBLE

Lo que ayer ocurrió en Cataluña era inevitable y necesario. Ha devuelto a cada uno a su sitio. Ya advertimos del riesgo de despertar al oso dormido del Estado. A partir de aquí, se podrá comenzar a construir otro tiempo, si los desleales, inmoderados y antidemocráticos nacionalistas catalanes quieren. Si por el contrario perseveran en su contumaz actitud de la confrontación, encontrarán la fortaleza de un país moderno y democrático, llamado España y del que son parte indisoluble. Por eso, tal vez sea bueno recordar cuando el Gobierno de Aznar ilegalizó a Herri Batasuna. La izquierda se puso de perfil y cientos de miles de abertzales se manifestaron en el País Vasco. Sin embargo, aquello fue el principio del fin de ETA. La respuesta que ayer sorprendió –y tranquilizó– a buena parte de la sociedad supone que no habrá referéndum, que se desmantelan las estructuras golpistas y que Rajoy y los jueces, es decir el Estado, han hecho lo que tenían que hacer. Los sediciosos nos empujaron a una situación insostenible, donde ya solo queda demostrarles que su empeño en delinquir tiene que ser imposible.

PSOE: EN LO ESENCIAL, UNIDAD

España vive una grave crisis política, derivada del desafío independentista de unos desleales y antidemocráticos nacionalistas catalanes. Tal vez sea el problema más espinoso de los últimos cuarenta años, incluido el 23-F, que se resolvió en cuestión de horas. Conocedores de semejante aprieto para nuestro Estado de Derecho, los socialistas, en lugar de apoyar al Gobierno de todos los españoles, siguen dudando en algo tan crítico como defender la unidad de un país construido hace más de 500 años. Que nadie olvide la enorme responsabilidad del PSOE en todo este lío –Maragall y Zapatero, incluidos– ni su fascinación por una ideología tan poco progresista como la nacionalista. Mitterrand llegó a afirmar que el nacionalismo era la guerra. Pero de poco sirven las lecciones de la Historia y las reflexiones de ciertos referentes de la socialdemocracia europea: aquí Sánchez sigue instalado en la simplificación de la idea de España, cuya historia puede reinventar cualquiera, incluido un catedrático sectario, que los hay.

LAS PENSIONES

La vida no empieza ni termina en Cataluña. La vida, afortunadamente, es mucho más. Entiendo, sin embargo, la inquietud de la mayoría de demócratas de España ante el desafío sedicioso y la quiebra del Estado de Derecho. Nada no es ajeno ante tamaño dislate. A pesar de ello, el cansancio se apodera de nosotros ante un despropósito marcado básicamente por emociones y por odio. Porque si se aplicase la racionalidad, muchos catalanes tendrían que entender que su futuro solo puede concebirse unido al resto de España; o no es futuro, será otra cosa. Debería bastarles saber que la cuarta parte del déficit de las pensiones de todo el país lo genera Cataluña. O que un buen número de empresas han decidido abandonar esta región –o directamente han descartado implantarse en ella- por falta de seguridad jurídica. Porque, al fin y al cabo, Cataluña es lo que es –una tierra privilegiada– porque España ha sido el motor de su bonanza. El problema es que este debate se ha hurtado a los catalanes, y ahora sólo hay odio e insolidaridad donde antes abundaba el sentido común.

EL ESPEJO DE LA REALIDAD

Los sediciosos catalanes están ya en el paroxismo. Por eso van a perder nuevamente este desafío. Cuando la argumentación se sustenta en las arenas movedizas de la falsificación de la historia, la tergiversación de las estadísticas, el incumplimiento flagrante de la ley, el desprecio de los valores democráticos y todo ello se expresa de manera maleducada con una carga de odio al resto de España, cuando ocurre todo eso, no hay que ser muy avispado para saber que fracasarán. Es pura racionalidad. Los secesionistas evidencian poseer una mala relación con la realidad. Lo que es una de las peores patologías sociales que una comunidad puede padecer. Cuando la terca realidad va por un lado y tú te empeñas en despeñarte por otro, inevitablemente acabarás en el fondo del abismo.

DESPERTAR AL OSO

La teoría según la cual, si una parte de España se quiere marchar, el Estado no puede hacer nada es una de las mayores demostraciones de la simpleza política que caracteriza a nuestro tiempo presente. Los secesionistas y la extrema izquierda, incluida Ada Colau -la de lágrima fácil y corazón de piedra-, mantienen que el Estado no es sustancial en todo esto y no se percatan de que tanto la Constitución como el propio Estado en sí mismos son una unidad. Por eso los nacionalistas ignoran que, después de muchos años soportando su deslealtad, han despertado a un oso dormido que, una vez en acción, es capaz de desplegar enorme fortaleza. Ese gigante es el poder real y eficaz del Estado. Por eso el Gobierno va a dejar de transferir fondos, como en su día adelantó ABC; las nóminas de los funcionarios las abonará la Hacienda española -porque poner el dinero ya lo hacía-, la Guardia Civil hará caso a jueces y fiscales, y la gran mayoría silenciosa de los catalanes mirará para otro lado, porque comprenden lo que ayer dijo Rajoy en Cataluña: «Nos van a obligar a lo que no queremos». Pues ya está: al final, despertaron al oso.

MALA EDUCACIÓN

Una de las malas consecuencias del dislate catalán es que nos hace perder muchas energías de manera frívola y nos desvía de posar la vista y la reflexión en lo verdaderamente importante: el futuro de España y los españoles. En ese territorio del porvenir, la educación resulta trascendente. No solo es el ascensor social, desde un principio de igualdad de oportunidades, sino que es la escalera por la que alcanzamos la libertad. Por eso, siempre sospecho de esos políticos que no quieren que los jóvenes de su país estudien más, se esfuercen ni adquieran conocimiento. Es curioso cómo la izquierda se opone a ello, a base de planes de estudio simplones, gracias a los que se pasa de curso con un saco de suspensos. Así, con una población poco crítica, la demagogia crece como setas en otoño. De nuevo las estadísticas dejan nuestro modelo educativo en entredicho. Son también esos índices lo que nos demuestran que nuestro sistema no tiene un problema de presupuesto: lo hemos doblado en el último decenio. Lo que falla es el modelo. Es una verdad incómoda, pero es una de las tantas evidencias que en España no se quieren abordar.