EL ORIGEN DEL MAL

El atentado de Barcelona no difiere demasiado de los perpetrados en otras ciudades de Europa. Sus autores, jóvenes fanáticos, no se antojan sofisticados guerrilleros del yihadismo. La mayoría eran muchachos aparentemente normales, captados mediante métodos que conoce bien la Policía y usados según patrones no muy alejados de las sectas de otro tipo. Por tanto, controlada la conmoción, habrá que trabajar en el origen del mal, ya que este terrorismo crece y nutre su barbarie en las zonas periféricas y deprimidas de las capitales, donde buen número de chavales se van autoexcluyendo de la sociedad que los acogió. Las fuentes del mal pueden estar en el país de procedencia de sus progenitores o en el incalificable Daesh, pero la eficacia preventiva de las Fuerzas del orden debe centrarse en esos líderes radicalizados que se aprovechan de la debilidad de jóvenes criados en ambientes marginales y en el resentimiento a Occidente. Para propagar el terror y la crueldad no hace falta mucho. El problema lo tenemos los Estados libres, ricos y civilizados, cuyas normas hacen que luchar contra el yihadismo resulte cada vez más complicado.