JORNADA CINEGÉTICA

La verdad del caso Gürtel es ya bien conocida, además de un poco pasada. Tan conocida y pasada como los ERE de Andalucía, el 3 por ciento de Convergència o el caso Pujol, con la diferencia de que estos tres últimos han sido menos aireados e instrumentalizados. Es lo que le sucede al PP por tener las televisiones en contra: que se amplifican sus escándalos y se soslayan los de los rivales. Ya lo dijimos más veces, en el pecado llevan la penitencia. La de ayer fue una nueva jornada cinegética, donde la oposición, al margen de que se fragüe un golpe de Estado en Cataluña, solo quería la pieza de caza mayor que es Mariano Rajoy. No les movió intención más noble, ni el menor interés por los problemas de la ciudadanía. Así lo demostraron las intervenciones de los distintos portavoces. Alguno, como Margarita Robles -que todos esperamos que no vuelva nunca más a un juzgado-, se topó con su pasado, y ya se sabe que la Historia no se puede cambiar. Aunque hay que reconocer que la izquierda lo intenta con frecuencia y, en ocasiones, alcanza su objetivo. Ayer, no.

CATÁLOGO DE FALSEDADES

Las mentiras están llevando muy lejos el autodenominado proceso independentista catalán. Primero, el cuento era que España les robaba, hasta que apareció Borrell y, con la verdad que se ve –los datos ciertos y las estadísticas oficiales–, demostró todo lo contrario. Después, que no se invertía allí y por eso, tras las Olimpiadas del 92, ahora tienen El Prat y conectadas vía AVE las cuatro capitales de provincia. También salmodiaron que se maltrataba la lengua catalana, cuando nunca en su historia recibió más dinero y apoyo para su implantación. Como no podía ser de otra manera, reclamaban más autogobierno, y ya lo tienen todo, incluida una policía autonómica tan desproporcionada en su tamaño como ineficaz contra el terrorismo. Así, embuste tras embuste, han armado un relato en el que convierten al vecino en un enemigo que nunca existió. Hasta el punto de afirmar que el resto de España vendía las armas que ellos exportan. A semejante impostura sumaron la falsificación de la Historia. Ahora, se cargan el Estado de Derecho y seguiremos escuchando engaños que, más tarde o más temprano, se volverán contra ellos.

SALTAR POR LOS AIRES

Los independentistas quieren hacer saltar por los aires Cataluña. Su catadura moral ya la comprobamos en toda su extensión y expresión este mismo sábado, al no solidarizarse con las víctimas ni condenar a los terroristas y convertir la manifestación de Barcelona en un acto proselitista de su causa. El clamor internacional en su contra evidencia el escaso futuro que esperaría a su ensoñación en el concierto mundial. Ahora amenazan con una ley de desconexión, quebrantando todo el Estado de Derecho, en una demostración más de su inclinación al delito. Supongo que va siendo hora de actuar, y no me vuelvan a decir que no habrá papeletas ni urnas: no es argumento en una democracia seria, como suponemos que es ahora mismo España. Y si no lo es, será por exceso de contemplaciones con quienes infringen la Ley a la descarada. El comportamiento de los separatistas catalanes, además de hartazgo, produce náuseas. Se equivocan al no pedir opinión al resto de españoles. Es posible que hasta se llevasen una sorpresa.

EL FUTURO PUEDE ESPERAR

Las cosas deben de ir bastante bien en España para que la denominada nueva política, la que dice escuchar a la gente y maltrata a la ciudadanía donde gobierna, no encuentre mayor asunto que la Gürtel para centrar el primer pleno del nuevo curso parlamentario. El yihadismo, el golpismo catalán, la inmigración, consolidar la recuperación, el paro, la ciberseguridad, el impacto del Brexit, el envejecimiento de la población, el sostenimiento de las pensiones, la reforma de la Justicia, el pacto educativo, la reducción del gasto público o la clamorosa necesidad de otra fiscalidad… Ninguno de estos desafíos se antoja capital para los nuevos ricos de la política, que despilfarran fondos y tiempo con el dinero que pagamos todos. Parece que su misión última consiste en sospechar de cargos públicos, acosar, investigar, difamar, acusar, imputar y montar broncas de Pressing Catch, que terminan largo tiempo después en dictámenes tan retóricos como estériles. El futuro de los españoles, mientras, que espere. Escribo esto desde la firme convicción de la tolerancia cero para con cualquier corrupto.

LECCIONES ITALIANAS

A los italianos les preocupa mucho que los chinos se hagan con sus grandes empresas y que adquieran excesivo protagonismo en su territorio. No les falta razón. El gigante asiático despliega una economía tan voraz que, a nada que te aproximas a su realidad, impresiona por sus dimensiones. Además, el resto del mundo desarrollado no recibe en aquel país el mismo trato que a ellos les dispensamos, por ejemplo, en Europa. No existe reciprocidad en materia de participación en un mercado nada abierto y muy complejo. Lo que llama la atención es que lo adviertan los italianos, cuyo proteccionismo trasnochado resulta paradigmático en toda la UE. Solo un dato para constatarlo: el gigante textil español Inditex ya tenía tiendas en Hong Kong cuando todavía no había conseguido abrir la primera en suelo itálico. Ningún banco, constructora ni empresa relevante española ha adquirido la más mínima preponderancia en el país mediterráneo. A la inversa sucede justo lo contrario: dos sectores tan estratégicos como la comunicación y la energía están ya en España controlados desde Italia. Y parece que ahí no va a quedar la cosa.

EL ORIGEN DEL MAL

El atentado de Barcelona no difiere demasiado de los perpetrados en otras ciudades de Europa. Sus autores, jóvenes fanáticos, no se antojan sofisticados guerrilleros del yihadismo. La mayoría eran muchachos aparentemente normales, captados mediante métodos que conoce bien la Policía y usados según patrones no muy alejados de las sectas de otro tipo. Por tanto, controlada la conmoción, habrá que trabajar en el origen del mal, ya que este terrorismo crece y nutre su barbarie en las zonas periféricas y deprimidas de las capitales, donde buen número de chavales se van autoexcluyendo de la sociedad que los acogió. Las fuentes del mal pueden estar en el país de procedencia de sus progenitores o en el incalificable Daesh, pero la eficacia preventiva de las Fuerzas del orden debe centrarse en esos líderes radicalizados que se aprovechan de la debilidad de jóvenes criados en ambientes marginales y en el resentimiento a Occidente. Para propagar el terror y la crueldad no hace falta mucho. El problema lo tenemos los Estados libres, ricos y civilizados, cuyas normas hacen que luchar contra el yihadismo resulte cada vez más complicado.

ZOZOBRA

La serenidad es lo que brilla por su ausencia en este endiablado momento de la historia de España, donde Cataluña sangra con especial inquietud. Hasta ahora creíamos que, en cuestiones tan esenciales como defender la vida y el orden democrático, las distintas fuerzas políticas mantendrían una unidad elemental. Pero no está siendo así. La tentación de instrumentalizar cualquier detalle, por nimio que sea, está presente en esta zozobra agosteña, que amenaza con agravarse en los próximos meses. En primer plano están el yihadismo y su último golpe a la civilización en el corazón de Barcelona. En segundo lugar, pero muy cerca, la impostura moral y legal de unos independentistas decididos a empujar por la senda del abismo a todo un país, y me refiero a España en su conjunto. Tenemos derecho a un orden jurídico y político que nos debe garantizar una democracia como la nuestra. No se puede, por tanto, ponerla en peligro por un proceso absolutamente atrabiliario como el de los secesionistas, ni tampoco por esa especie de renuncia a gobernar, cuya estrategia reside en artimañas logísticas, tales como que no habrá urnas ni se imprimirán las papeletas.

CORAZÓN DE PIEDRA

Ada Colau, mujer de lágrima fácil y corazón de piedra, lleva malgastados dos años de su mandato municipal en Barcelona sin lograr la felicidad de sus ciudadanos, que era lo que ella prometía. Para alcanzar tan noble objetivo ha llegado a proponer que «si no te gusta una ley, puedes incumplirla». Esa es la síntesis de todo el pensamiento que está arrasando con los cimientos de las sociedades democráticas y avanzadas en las que tenemos la suerte de vivir. Lo que nos puede salvar de tanto fanatismo es justamente respetar las leyes, y ser conscientes de que esta opulenta sociedad en la que vivimos está llena de contradicciones, por las cuales el democrático juego electoral le permite a una persona como Colau llegar a ser la alcaldesa de la segunda ciudad de España a pesar de su escasa fe democrática que se evidencia en el hecho de no aceptar una recomendación del Ministerio del Interior para proteger las Ramblas con bolardos y maceteros. En esa infinita frivolidad en la que se mueven los populismos infantiles que nos gobiernan aparece de vez en cuando la dura realidad de la barbarie. Pero eso preocupa poco a Ada Colau, de lágrima fácil y corazón de piedra.

OPORTUNIDAD PERDIDA


A Puigdemont le preocupa más su «procés» que el yihadismo que puede arruinar la economía de Cataluña. Los de Podemos no entienden la importancia de la unidad en algo tan crucial como defender la vida de los ciudadanos; por eso no se suman al pacto antiyihadista. Y en la desnortada Navarra, un concejal se niega a condenar el atentado de las Ramblas. Tenemos un serio problema. Tal vez algunos de estos políticos juegan a ser nuevos ricos, convencidos como están de que aquí no hay que invertir ni un céntimo en los valores democráticos y de que podemos malgastar todo el caudal de civilización acumulado durante siglos. Somos así. Sabemos a quién tenemos que reprobar y censurar, sobre todo si es un político cabal que nos gobierna, pero no nos enteramos de cómo defendernos de la barbarie. Es otra consecuencia más del populismo: prefieren ignorar el mal y las causas que lo provocan. Por eso Puigdemont seguirá a lo suyo, Podemos mirará a otro lado, como hace siempre cuando hay víctimas inocentes -Venezuela, como ejemplo-, y en Pamplona ahondarán en su deriva totalitaria. ¡Qué oportunidad han perdido!

DEFENDED A OCCIDENTE


Esto es una guerra de verdad. Con campos de batalla distintos a las contiendas clásicas, pero una guerra al fin y al cabo. Así lo entienden los franceses o los británicos, también los holandeses y los alemanes, por eso ponen en marcha el nivel 5 de alerta máxima y despliegan a los soldados en las calles de París o Londres, pero en Cataluña, pese a registrar la mayor concentración de yihadistas de España, no se puede hacer lo mismo que en esas zonas de la civilizada Europa. Entre otras razones porque la vieja idea de la civilización occidental y democrática, según la cual no hay más autoridad que la ley y su justicia, está arrumbada por una emergente clase política populista, cuya incultura en este campo es enciclopédica, y por lo que nuestras sociedades se van agotando de manera ominosa e inapreciable. Es por ahí por donde se nos está inoculando la inesperada blandura de nuestras supuestas poderosas sociedades, que no saben enfrentarse al mal que ayer arrolló la vida de 13 personas y dejó a un centenar malheridas. Debemos llorar y condenar el espanto del atentado y reafirmarnos en las ganas de vencer.