POR LA SENDA DEMOCRÁTICA

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El concepto de Estado democrático moderno es relativamente reciente. Se fundamenta en el respeto a las leyes, en la solidaridad entre personas y territorios y en la racionalidad de su desarrollo. Por su parte, la fábula independentista se cimenta en la emoción y, ahora mismo, en la capacidad de trasladar a la opinión pública catalana conceptos engorrosos envueltos en el papel de parafina de la simplicidad. Y ahí estamos: confrontando el progreso del Estado democrático moderno con la involución del caos legal y político que de manera artificial se ha instalado en Cataluña en los últimos años. Un desconcierto cuya principal víctima es la gran mayoría de ciudadanos, que padecen el deterioro de la gestión diaria de su gobierno autonómico; una especie de venganza inesperada para toda aquella derecha catalanista que ha preferido el derribo del Estado de Derecho -en forma de chantaje a España y a sus instituciones- que aceptar el camino sereno y civilizado de la ley, a través del cual se puede cambiar cualquier otra ley. Eso es la democracia; lo demás, ganas de marear.