GOBERNAR PARA UNOS POCOS

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Cuando en política uno evita la prudencia, suele acabar naufragado con sus naves en algún abrupto acantilado. Hay buenos ejemplos de ello; también en la vida en general. El presidente Trump, al que seguro adornan otras virtudes que nosotros desde la distancia no alcanzamos a ver, se está portando tal y como esperábamos. Duele e inquieta, sin embargo, que en cuestión de días no sólo desmonte el legado social de Obama, sino que agreda a la lengua de casi 57 millones de norteamericanos -el español- e inicie una loca carrera a ninguna parte, a base de romper lazos comerciales y de libertad con otros países. No hay nada peor que aquellos políticos que se empeñan en dividir y fracturar la sociedad que gobiernan. Suele suceder con aquellos dirigentes que desconocen a su propio pueblo y que se relacionan mal con la ciudadanía, aunque todo ello se envuelve ahora en el papel de parafina de la demagogia y el populismo. Estas iniciativas pueden parecer valientes a los ojos de sus seguidores, pero Trump debe ser el presidente de todos los norteamericanos, y así no lo está siendo.