LA ESTÉRIL DIVISIÓN

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En los Estados Unidos de América se respeta la democracia. Es ejemplar en esto. Por eso Donald Trump ha llegado a presidente, a pesar de situarse al margen del aparato de su partido. También allí funcionan los contrapesos, los formales y los fácticos; reflejados en una ciudadanía que se manifiesta abiertamente a favor y en contra de quien rige sus destinos. Lo único inquietante es que esa pluralidad se transforme en fanatismo de uno u otro bando. Cuando los gobernantes extreman sus decisiones, terminan por crispar a su país, con el más perverso de los resultados. Me temo que el momento actual, en el que los ciudadanos se decantan por perfiles radicales y personajes mesiánicos que todo lo van a resolver, es la manifestación de una sociedad desorientada, semejante a otras épocas en las que la Historia nos enseñó su trágico resultado. De nuevo hay que concluir que lo peor del mandatario americano es la fractura que puede desencadenar. En España ya lo hemos vivido y sabemos que la cuestión no es la parte formal, sino lo que todo ello representa.

SIN HIJOS NO HAY FUTURO

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Si nuestros padres se hubieran planteado la vida como lo hacen ahora las jóvenes parejas, probablemente muchos de nosotros no existiríamos. Vivir es un reto que se gana a base de sobreponerse a las dificultades. La baja natalidad, que nos lleva al suicidio demográfico, es la mejor demostración de que los matrimonios en edad fértil son incapaces de superar los obstáculos que el discurrir del tiempo les presenta. Hay que aprender a afrontar, y vencer, los problemas, las condiciones adversas. El consejo más sincero que se puede dar a las nuevas generaciones adultas es el de tener hijos. Serán más felices y más completas. Y, sobre todo, ayudarán a resolver uno de los asuntos más graves que hoy ponen en jaque el porvenir de España: la baja natalidad. Sin niños no hay futuro. No se pagarán las pensiones, y hasta es posible que se borre nuestra huella en esta Tierra en la que tanto hemos amado, y a la que tanto amamos.

LA LLUVIA, PUES CLARO…

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La estabilidad política española del momento no es una Arcadia feliz, como parece que gustaría a una parte acomodada de la derecha sociológica. Tampoco cuenta con la emoción de los grandes expresos democráticos europeos, ni cada noche se descuelga un intrépido periodista por las tajeas del Estado con un «Watergate». Todo es más prosaico. En parte, porque cuando la democracia madura los mitos se alejan y la cercanía desmonta las leyendas que tanto seducen a los diletantes. La España de hoy, efectivamente, no está gobernada por Trump ni negocia su salida de la UE como Reino Unido. Tampoco Urdangarín logrará que se liquide su caso como Christine Lagarde. Ni siquiera hay amago de que la extrema derecha emerja como en Francia u Holanda. Somos un país razonablemente estable, máxime si nos comparamos con algunos vecinos. Arrastramos ese trágico sentimiento de inferioridad, fruto de una mala racionalización de nuestra Historia. Por eso no entendemos que la lluvia es fundamental para el sistema hidroeléctrico español y nos encanta equivocarnos y flagelarnos, mientras vituperamos nuestras virtudes.

EL CONSTITUCIONAL

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Acertar en los nuevos vocales del Tribunal Constitucional supone una tarea de notable trascendencia para el futuro de España. Demasiado tiene ya sobre la mesa este país como para que se caiga ahora en la elección de perfiles pusilánimes que consideran al TC como estación termini, y a los que les cuesta comprometerse con la defensa de los valores democráticos que recoge la Carta Magna. A veces crea desasosiego recordar la conducta de algún magistrado llamado a salvaguardar el bien común de los españoles, que termina por descender a la inhibición, o incluso por tomar la salida partidaria. El dicho popular mantiene que es mejor equivocarse con los buenos que acertar con los malos. Nos jugamos mucho, y no precisamente en la legislación laboral. Ahí están los alemanes, cuyos constitucionalistas no vacilaron en fijar su posición sin rodeos sobre un pretendido referéndum en Baviera. Ojalá hubiese tanta firmeza y claridad en España. En algunas materias esenciales no debería haber dudas. El buen magistrado, además de conocer la Ley, debería estar comprometido con la España democrática.

ELOGIO DEL PACTO

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Pocas iniciativas más democráticas que un pacto político entre partidos de distinta ideología. Por eso, cuando se tienen sentido del Estado e interés por el bien común, se intenta dialogar y alcanzar acuerdos. Ayer, el presidente Rajoy insistió en demostrar que son posibles los compromisos y las alianzas dentro del más noble juego de la confrontación de ideas. La cultura de la negociación y el punto de encuentro debería quedarse para siempre. Al fin y al cabo, se avanza más que con los vetos y, cada vez que la clase política demuestra su capacidad de entenderse, se genera confianza y se proyecta una imagen de estabilidad beneficiosa para todos. Claro que para dialogar hay que dejar hablar al otro, escuchar lo que propone y ceder en lo razonable. En el buen acuerdo nunca gana el mismo, y siempre ganan todos. De ahí que muchos malinterpreten y desprecien los recientes pactos. En ocasiones, seguimos creyendo que solo con oponernos ya ejercemos nuestro papel. La democracia es más que el juego de gobierno y oposición. Es, por ejemplo, mantenerte firme en tus convicciones sin necesidad de insultar ni descalificar.

GOBERNAR PARA UNOS POCOS

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Cuando en política uno evita la prudencia, suele acabar naufragado con sus naves en algún abrupto acantilado. Hay buenos ejemplos de ello; también en la vida en general. El presidente Trump, al que seguro adornan otras virtudes que nosotros desde la distancia no alcanzamos a ver, se está portando tal y como esperábamos. Duele e inquieta, sin embargo, que en cuestión de días no sólo desmonte el legado social de Obama, sino que agreda a la lengua de casi 57 millones de norteamericanos -el español- e inicie una loca carrera a ninguna parte, a base de romper lazos comerciales y de libertad con otros países. No hay nada peor que aquellos políticos que se empeñan en dividir y fracturar la sociedad que gobiernan. Suele suceder con aquellos dirigentes que desconocen a su propio pueblo y que se relacionan mal con la ciudadanía, aunque todo ello se envuelve ahora en el papel de parafina de la demagogia y el populismo. Estas iniciativas pueden parecer valientes a los ojos de sus seguidores, pero Trump debe ser el presidente de todos los norteamericanos, y así no lo está siendo.

OXÍGENO PARA LA DEMOCRACIA

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Entre los periodistas, como en cualquier otro colectivo, hay ángeles y demonios, así como toda una amplia gama de grises. Ahora bien, la libertad de expresión, más allá de quien la ejerza, es un bien consagrado de nuestras sociedades avanzadas. El mero amago de cercenarla encierra un peligro en sí mismo. Trump declaró el sábado en la sede de la CIA que «los periodistas están entre los seres humanos más deshonestos de la tierra». Inquieta que el presidente ataque a dos libertades básicas, respetadas por sus predecesores: el libre comercio y, sobre todo, la libertad de prensa, oxígeno para la democracia y contrapoder. Insultar y amenazar a los medios no es una anécdota; es un intento de coaccionarlos desde la autoridad. Es cierto que el magnate ha puesto sobre el tapete mediático de su país que algo está cambiando, no sabemos si para bien, en la relación entre los ciudadanos y el periodismo clásico. Sin prensa, franquearíamos la puerta a la arbitrariedad política. Confundir las redes sociales con buen periodismo constituye un error porque los que se dedican a rebotar mensajes, y como mucho a sazonarlos de insultos, en su mayoría no se toman tiempo para pensar aquello que circulan.

QUERER, TENER, PODER Y SER

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Existen muchas explicaciones posibles para el auge del populismo, tanto en sus versiones de extrema derecha como de extrema izquierda. Una de ellas es que la prosperidad tiene un precio y no siempre sabemos cuál es, ni siquiera cómo pagarlo. Si nos detenemos en el momento presente de España, las cuentas del Estado no salen. Vivimos por encima de nuestras posibilidades en numerosos aspectos. La recaudación de impuestos, siendo muy grande, casi un expolio de la clase media, no alcanza para atender las demandas de un Estado del bienestar que compromete el 38 por ciento del PIB. Como consecuencia, aumentamos la deuda nacional y seguimos pidiendo créditos para sostener de forma artificial lo alcanzado. Al mismo tiempo, se erosiona la ética laboral, se desprecia el esfuerzo, desaparece el compromiso con el trabajo y alguien nos ha convencido de que basta desear algo para tenerlo. Los moralistas clásicos advertían de las negativas consecuencias del lujo. Sería bueno saber a dónde queremos ir para evitar la decadencia y el ascenso de los extremismos, porque lo que no son cuentas son cuentos.

UN PAÍS LIBRE

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Al margen de la incertidumbre que siempre se abre cada vez que se produce un relevo en la Presidencia norteamericana, ayer tuvimos una nueva oportunidad para admirar a ese gran pueblo que son los Estados Unidos. Una nación capaz de convertirse en la primera potencia del mundo, merced a su disposición a acoger a lo largo de los siglos a ciudadanos de todas las razas y de todos los orígenes. Es cierto que también es un país lleno de imperfecciones, pero cumplir lo soñado es más factible allí que en la vieja Europa o que en otros muchos lugares del planeta. En gran medida, porque para ellos la libertad es libertad, no una expresión retórica. Una libertad responsable que obliga a cumplir con el armazón jurídico que garantiza y hace posible que hasta un hombre como Trump –tan al margen de tantas cosas, tan enredado en exceso en otras– pueda llegar a la Casa Blanca. Un Estado de Derecho, en definitiva, que consagra el principio de proteger a la sociedad libre y democrática de sus enemigos. Por eso, cada cuatro años, renueva su fe en esos principios, deseándose lo mejor y preparándose por si ocurriera lo peor.

BAJEN LOS IMPUESTOS

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Gasten menos, gestionen mejor y bajen los impuestos. No hace falta mucho más. Con esa receta básica, los presidentes autonómicos seguramente cumplirían con el primer mandato moral de los ciudadanos. Hágannos la vida agradable y no nos creen más problemas. Dejen el dinero en los bolsillos del contribuyente; que así genera más riqueza y se suele repartir mejor. La eficiencia del gasto público, mientras tanto, parece en entredicho, vistos y analizados los trayectos históricos de las cuentas de la Administración. Es curioso escuchar a presidentes autonómicos pedir que Madrid suba las tasas, mientras ellos reabren canales de televisión, en un país con una de las mayores ofertas audiovisuales del mundo. ¿No convendría ampliar el caudal monetario del español medio, en lugar de seguir derrochando presupuesto en iniciativas que solo benefician a unos pocos? Todavía no ha aparecido un político en España que haya defendido el rigor en el gasto público. En contra de lo que piensan muchos, esos euros son del común de los ciudadanos: alguien quiere gastárselos, y no es usted.