EL TIEMPO EN MEDELLÍN

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El accidente aéreo que se ha llevado la vida de casi todo el equipo brasileño del Chapecoense me coge justamente en Medellín, Colombia, en el lugar de los hechos. Llueve sobre esta pujante ciudad, donde un grupo de periodistas reflexionamos sobre el irrefrenable progreso de nuestro idioma. Medellín mantiene su pulso impetuoso, a pesar de la tragedia. La vida y el tiempo pasan aquí volando, como en Madrid, como en Bilbao. El tiempo es el material con el que se construye la vida, sobre cimientos de afecto y odio, tan frágiles cuando nuestra existencia se termina de manera abrupta, sin explicación. El Chapecoense era una de las revelaciones del fútbol sudamericano. La gloria efímera de la «cancha» se tropezó de nuevo con el sino. Con el azar. O con Dios… En todo caso, estamos ante nuestro destino, del que ignoramos casi todo, incluido el día que nos iremos. La muerte siempre es de otros. Cuando ocurre lejos, parece que no va con nosotros. 71 víctimas en las cercanías del aeropuerto de Rionegro, y la vida sigue, el tiempo pasa, la muerte acecha. Y sigue lloviendo en Medellín.