ENFERMEDAD PROFESIONAL

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Los periodistas y políticos españoles padecemos -unos más que otros- una enfermedad profesional muy arraigada entre nosotros: tendemos a rechazar las opiniones ajenas, en ocasiones con una violencia verbal impropia y un tono que supera en mucho al de un debate civilizado de ideas. La contraposición de puntos de vista enriquece a la sociedad. Sin embargo, en España, como algo atávico que procede de la noche de los tiempos, convertimos al discrepante en enemigo irreversible. Otra vez, el sentido trágico del debate de pensamientos que nos acompaña mucho antes de los garrotazos de Goya. Reconozcámoslo: existe un fondo amargo y siniestro que nos lleva al permanente ajuste de cuentas. Tal vez por eso nos encontramos en tan enrevesado atolladero político. Preferimos vivir mal, siempre y cuando fastidiemos un poco más al vecino. Planea cierto resentimiento global que nos hace bordear permanentemente el fracaso colectivo. Ignoramos aquella máxima según la cual la mejor manera de destruir a un enemigo es hacerse su amigo.