EL MISTERIO DE BOB DYLAN

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Algún día, los jóvenes españoles estudiarán las letras de las canciones de Joaquín Sabina. Su retrato descarnado de este tiempo, sus historias de desamor y su dominio de la paradoja merecen estar en las antologías poéticas de los futuros alumnos. Ya no me atrevo a afirmar que la Academia Sueca terminará dándole el Nobel de Literatura, como a Bob Dylan. Habrá quien crea que los separa algo más que un océano. Sin embargo, tengo para mí que el misterio de la poesía, la magia de la sonoridad de dos palabras enlazadas, se esconde en el momento presente en las melodías de los cantautores que más talento y personalidad atesoran, incluida su iconoclasia. Dylan ha retratado como pocos la contradicción de la vida y su desolación, al mismo tiempo que desde la altura de su escenario nos advirtió de que los tiempos cambian. Y tanto que cambian: en Suecia lo acaban de convertir en un clásico por esa capacidad suya de hacerse oír por los sordos y susurrar a los bárbaros. Su misterio se ha convertido en el enigma de los Nobel.