EL ESPAÑOL BILINGÜE

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El orgullo es en muchas ocasiones un pecado, pero en determinadas situaciones también puede convertirse en virtud. Hablemos hoy de él, en este lunes entre festivos, en que la serenidad parece querer reinar entre nosotros, tras más de diez meses con un gobierno en funciones y una clase política al borde del abismo. El orgullo, en dosis homeopáticas, nos mantiene en primera línea, siempre alerta, e induce al ser humano a presumir de todo aquello que puede ser bueno en su justa proporción. Fernando Alonso, icono de la España moderna junto a Nadal o Gasol, quiso demostrar este domingo en México que hablar español es una de las vías más eficientes para comunicarse. Nuestro idioma brinda una ancha y larga autopista del conocimiento y la información. Más allá del componente pragmático que también pudo aplicar el piloto en sus declaraciones de ayer, está ese otro factor de sentirse orgulloso de tus raíces: de tu familia, de tu pueblo, de tu gente, de tu país. Bilingüe es el que habla el idioma del otro. Alonso lo acreditó más tarde, además de su sano orgullo de ser español.

OPORTUNIDAD PERDIDA

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Que nadie se engañe: más allá de la perspicacia de Rajoy y de su habilidad para gestionar los tiempos, la investidura es más consecuencia del cansancio y la necesidad que de cualquier otra consideración. La estupidez, la simpleza y la deslealtad siguen instaladas en la política española. Lo ideal sería iniciar una etapa de serenidad y de restauración de viejos consensos y hábitos civilizados de convivencia. No será así, o al menos eso anuncia la oposición, desde donde se dibuja un infierno para esta legislatura. De hecho, si algunos no la dan ya por concluida es por falta de arrestos y temor a una derrota aún mayor. Las trampas y la impostura de quienes perdieron las elecciones persisten. Falta una partitura noble por parte del PSOE para abordar un gran pacto, más allá del pleno de ayer. España lo necesita y merece. Rajoy tendrá que demostrar su habilidad para navegar entre el populismo de Podemos, la ingenuidad que todo lo arregla de Ciudadanos; las contradicciones, complejos y obsesiones de los socialistas y los desafíos nacionalistas. Oportunidad perdida.

ANTAGONISTA

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La estrella declinante de Pablo Iglesias Turrión necesita sobreactuar, ya que de lo contrario su luz se apaga con el discurrir terco de los días y de los acontecimientos. Conscientes de ello, los podemitas montan cada día un número. Como no logran el protagonismo del que viven, han decidido convertirse en antagonistas de la normalidad democrática, embarrando el noble territorio común del Congreso de los Diputados, donde todos los ciudadanos nos sentimos representados. Esa mutación de algo tan serio como un Parlamento en un teatro es un ejercicio de vanidad que evidencia el endeble andamiaje intelectual de los neocomunistas. El teatro es siempre simulación: los virtuosos se entremezclan con los malvados, y los llantos se confunden con las carcajadas. Solo el narcisismo enfermizo explica el numerito que nos espera en cada sesión significativa de esta legislatura. La extrema izquierda reducirá la responsabilidad exigible en democracia al antagonismo y descalificación del otro. Pura involución.

EL TIEMPO Y LA RAZÓN

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«El tiempo nos dará la razón», sentenció ayer en el debate Antonio Hernando, para justificar la decisión de los socialistas de desbloquear España. Efectivamente, el tiempo es un juez inapelable, que suele ofrecer sabrosas conclusiones tras amargas zozobras. La historia pondrá a cada uno en su sitio. Con probabilidad, demostrará que fue innecesario tener al país en funciones más de diez meses y permitirá analizar ya sin sofocos la obcecación de Sánchez y la extraña forma de entender la democracia de sus seguidores, si los tiene. También en ese futuro que nos reconciliará comprobaremos sobre cuántas mentiras se está armando un discurso demagógico y falaz. La memoria es selectiva: agranda las buenas acciones y difumina los malos recuerdos. Solo así es posible transitar con la carga del pasado. Algún día recordaremos este presente y, como ayer dijo Hernando, tal vez descubriremos quién tenía, o no, la verdad en su mano y en su corazón. Lo que ahora está oculto emergerá, y lo que hoy se ve con claridad se envolverá en la bruma del ayer.

LA MAYORÍA DE CADA DÍA

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Supongo que, a estas alturas de la vida política española, nadie esperaba un discurso inflamado de Mariano Rajoy en el nuevo y cansino capítulo de la investidura más larga de la Historia. Rajoy estuvo ayer en su línea: serio y comprometido. Que no es poco. Ha demostrado que antepone el interés general del país al suyo propio y al de su partido. A él le habrían venido muy bien unas elecciones con el PSOE roto. Personalmente, creo que a España también. Pero el candidato a la Presidencia se caracteriza por su rectitud personal y por no dar bandazos imprevistos. Es un signo de formalidad y prudencia, aunque en ocasiones el talento político requiere de decisiones audaces, valientes y sorprendentes. Como no optó por esta vía, se someterá al tormento de enfrentarse en minoría a un Parlamento complejo, en el que «cada día tendrá que construir una mayoría para gobernar». Ahí residirá la clave de bóveda de la política española de los próximos años: lograr apoyos para esa mayoría de cada día. Solo hay un aceite que engrase tan delicada maquinaria: el diálogo con todos aquellos que creen en la democracia.

LA DEMOCRACIA SON ELLOS

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Va siendo hora de recordar a los neocomunistas, que están detrás de la movilización que cuestiona la legitimidad de la investidura, que su comportamiento es profundamente antidemocrático. ¿Qué quiere decir Alberto Garzón cuando siembra dudas sobre la democracia parlamentaria? ¿Qué es exactamente eso de que hay una «mayoría social» frente a la parlamentaria y que la votación del presidente será ilegítima? La respuesta no puede resultar más inquietante. Sólo existe democracia si ganan ellos. De lo contrario, ya no vale este sistema que nos ha hecho progresar en los últimos cuarenta años como pocas veces en nuestra historia. Al menos, ahora lo sabemos: la extrema izquierda ya no se envuelve en disfraces de moderación. Lo que le gusta es el totalitarismo y el acoso a los representantes del pueblo en las Cortes; golpismo a la vieja usanza, pero que no suscita escándalo alguno en sus terminales mediáticas, sustentadas con el capital de la derecha, gracias a la permisividad cómplice del Gobierno del PP. Cada uno se suicida como quiere.

PROPUESTAS, NO PROTESTAS

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La pataleta política que soporta España viene de lejos. No se la inventaron Pedro Sánchez ni Pablo Iglesias. Más bien, ellos son consecuencia de tiempos pasados donde muchos se equivocaron en no afianzar viejas ideas democráticas sobre las que hemos transitado hasta hace poco, y que han sido el sendero del progreso de los países más avanzados. También son hijos de la demagogia y de un estado de opinión infantilizado, jaleado desde terminales mediáticas que han demostrado su escaso compromiso con la sociedad española y con el bien común de los ciudadanos. Ahora se empeñan en volver a tomar las calles con sus protestas; a rodear el Congreso. El desorden puede gustar a una parte de la sociedad, pero no se equivoquen: la mayoría prefiere el orden, porque sabe que es la condición básica de la democracia. Así que en los nuevos tiempos del PSOE, que consisten en que lo dirijan los adultos, lo más importante es hacer una propuesta para España en lugar de una protesta. Los socialistas tienen que ofrecer algo más que una simple oposición o una estéril comprensión con los nacionalistas. Propongan.

EPISODIOS NACIONALES

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Cuando las democracias están sanas y funcionan, suelen resultar aburridas. ¡Bendito aburrimiento! Los países rutinarios desde el punto de vista político son afortunados. En cambio, mala cosa si los sobresaltos son lo habitual. Se abre hoy una nueva semana de este lamentable espectáculo que, desde hace diez meses, representa la política española. Ojalá encaremos una etapa de normalidad. Sería lo mejor para la vida real y cotidiana de los ciudadanos, pero me temo que, más allá de que se cumplan los trámites obligados para la formación de gobierno, España seguirá instalada en la incertidumbre, engordada por el populismo de extrema izquierda, la deslealtad oportunista de los secesionistas y la pérdida de centralidad de los socialistas. A ello cabría añadir la falta de un discurso más estimulante y patriótico, alentado por un ánimo transformador, por parte del centro-derecha y, en especial, por Rajoy. España y los españoles necesitamos ilusionarnos con el futuro, al mismo tiempo que hacernos más fuertes.

LO QUE NOS HABRÍAMOS AHORRADO

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Todo el problema del momento político español estaría arreglado si Pedro Sánchez, la noche del 20 de diciembre pasado, en lugar de calificar de «históricos» sus resultados, se hubiese dado un baño de realidad y hubiese aceptado ser vicepresidente de un Gobierno de coalición, tal y como le ofreció Mariano Rajoy. Tendríamos presupuesto para el próximo año, estabilidad para la economía y, lo que es más importante, un gran consenso para poner al día España y hacer frente al secesionismo. Pero Sánchez prefirió destripar el juguete, y ahora estamos de nuevo en la posición de salida, casi once meses después, pendientes de que los socialistas se abstengan o queden convocadas unas nuevas elecciones. Ir a las terceras nos convertiría en la excentricidad de Europa, pero tal vez fuese lo más estable, seguro y pedagógico. El presidente en funciones, por su sentido de la responsabilidad, parece dispuesto a pasar por el tormento de una investidura no deseada y una legislatura cainita. Ahora bien, a España y a los ciudadanos quizá nos saldría más a cuenta volver a votar.

EL MIEDO A LA DEMOCRACIA

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A Pablo Iglesias y a su entorno les dan miedo los principios democráticos de la mayoría de los ciudadanos. Por eso convocan a los suyos a las barricadas. Mejor así. El conjunto de la sociedad podrá conocer el verdadero rostro de un político financiado por chavistas e iraníes, cuyo corpus ideológico hunde sus raíces en el más rancio y fracasado ideario comunista. Está todo más claro. Ya no engaña a nadie. Solamente hay que aplicar las leyes del Estado democrático en todos aquellos momentos en que Iglesias y compañía conculquen la ley. Por esa poderosa razón, la de su alejamiento del consenso democrático y del Estado de Derecho, el PSOE hace tiempo que debería haber roto su perversa alianza, sobre todo cuando el PP le tendió la mano para mantenerse en el gobierno allí donde lo hacía con los populistas. El odio en política es malo, como también lo es hacer prospectiva equivocada. Convendría que los socialistas se percataran de que la estrategia de crispación de Podemos les va a crear más problemas sin resolver nada porque, en realidad, no les gustan la democracia ni la libertad.