LOS RESTOS DE LA BATALLA

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A la política española le faltan debates de altura y, por tanto, figuras de ese mismo nivel. Por eso surgen personajes como Sánchez, que confunden el talento con ideas disparatadas, y el interés general de los españoles con su particularísima ventura. Sánchez no es el problema, es el síntoma y la consecuencia de un partido que todavía no se ha recuperado de la retirada de Felipe González. A los socialistas les urge un examen de conciencia para averiguar por qué se han quedado sin discurso en estos tiempos complejos y han preferido entregarse al populismo y al nacionalismo en lugar de dirigirse a la parte más ancha y sensata del electorado, la que ocupa la mayoría de los españoles. Pedro Sánchez está fuera, aunque se resista de manera numantina, dispuesto como Guzmán el Bueno a dejar ejecutar hasta a sus hijos políticos. Ahora bien, el PSOE queda herido de muerte. Necesita una figura dispuesta a mirar a lo lejos, más allá del cortoplacismo, y que entienda ese liderazgo como un sacrificio para recomponer un partido fundamental en la vida democrática de España.

CUENTAS Y CUENTOS

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Los independentistas catalanes vuelven a colocar a España al borde del abismo. Otra vez se empeñan en aprovechar la situación de interinidad y crisis política para reactivar una demanda desorbitada y fuera de la Ley. Lo hemos escrito en muchas ocasiones, pero es preciso insistir: el problema catalán debe ser abordado con claridad y sin complejos, desde la defensa de la legalidad y de la Constitución. Si para detener ese ataque a España y a su ordenamiento es necesario utilizar todo el poder del Estado de Derecho, deberá hacerse. A la sociedad catalana, además, se le sigue hurtando un debate sereno, honesto, riguroso, científico, objetivo y político sobre el embrollo en que se la ha metido. Se trata de desmontar la falacia de que España vive a costa de Cataluña, y de que las políticas de solidaridad territorial y social son un atraso, cuando en realidad son pilares del Estado moderno y del avance democrático. Para afrontar una controversia de esta altura, es imprescindible recuperar el pacto constitucional entre todos aquellos que creen en las leyes y en nuestra Carta Magna.

NUEVA POLÍTICA

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Hagamos balance, ahora que todavía podemos: llegaron para regenerar España, para traernos nuevos hábitos y maneras. Eran no tan jóvenes y no siempre muy preparados. Nos referimos a esos nombres y apellidos que poblaron el ecosistema denominado «nueva política». El balance no puede ser más desalentador: España sin Gobierno, la economía parada, las estructuras del Estado oxidándose, todo tipo de trapacerías con propios y extraños, personalismos descarados, grave abandono en la defensa de la unidad de España, ayuntamientos gobernados por concejales sin escuela, cero general en ingeniería contable y lo peor de todo: un desprecio absoluto a las urnas, cuando no una alarmante praxis democrática, en la que se condena a todo aquel que no sea comunista, nacionalista o joven. Es cierto que nunca hubo más gente dispuesta a comprar por buena política lo que muchas veces son meras payasadas. Nunca conocimos un dirigente como Sánchez. Nunca los medios más influyentes jalearon tanto la desafección, en lugar de desenmascarar el populismo egoísta y desbocado.

NADA ES GRATIS

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La economía española, que es la grata sorpresa de la Europa de nuestros días, puede sufrir un parón considerable en 2017. Los primeros índices adelantados amenazan con dejar el crecimiento actual a la mitad. Un año de España en funciones no nos va a salir gratis. Volverán la indignación y, lo que es peor, la gestión de otra crisis económica que se puede llevar una buena parte del patrimonio de los más débiles. La denominada «nueva política» nos ha traído justo hasta aquí, hasta el abismo antidemocrático del bloqueo parlamentario. Una situación que nos aboca a un vacío institucional susceptible de profundizar y agrandar la crisis que ya se anuncia, en lugar de favorecer un gobierno eficiente y estable que haga frente a la nueva borrasca económica que predicen los gurús. El empecinamiento de Pedro Sánchez es un error. Arramblará con su partido, pero aún peor es el enorme daño que está infligiendo al resto de España, tan necesitada de certezas y de orden institucional si queremos mantenernos en la parte próspera de la tabla.

UN REFINAMIENTO DEMOCRÁTICO

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La familia Bush, una de las sagas más conspicuas del republicanismo norteamericano, ha anunciado que votará por Hillary Clinton en las próximas presidenciales. Lo hacen porque creen que los valores de su país van a estar mejor defendidos por la candidata demócrata que por el populista Trump. Es posible que no le falte razón a una estirpe que alberga en su seno a dos expresidentes y a dos gobernadores republicanos. Pero reconozcamos, sin embargo, que ese comportamiento no es habitual. Ese refinamiento democrático de anteponer los principios a las personas y las siglas no es moneda de uso corriente, y todavía menos en esta España con políticos dispuestos a comprometer la unidad de la nación a cambio de la gloria efímera de pasar una temporada en La Moncloa. Los valores que uno abraza son los que te definen como persona, y como demócrata. Algunas de esas convicciones están por encima de tu partido. Hoy, sin ir más lejos, muchos votantes van a hacer como los Bush: cambiarán su papeleta tradicional por la salvaguarda de sus principios.

LOS DEBERES DE LA VIDA

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Entre los materiales con que se construye la vida, se encuentra la adversidad. Está unida indisolublemente con la otra cara de la moneda, que es el éxito. Solo aquellos que alcanzan altas cotas de sabiduría y espiritualidad saben que ambos lados del destino son impostores. En el entrenamiento permanente que supone recorrer el camino, conviene que nos enseñen a convivir con el fracaso, a entenderlo y superarlo. Por eso no deja de sorprender que algunos padres españoles estén empeñados en que sus hijos no tengan deberes porque consideran que los agobian. Sin entrar en el análisis minucioso de las tareas estudiantiles de cada día, a uno le inquieta el futuro que preparamos para esos muchachos: una sociedad débil, donde los ciudadanos solo quieren derechos y nunca la responsabilidad de los deberes. Cuando se educa a un niño en el rigor, la disciplina y el cumplimiento de las obligaciones, se está creando un demócrata. Cuando se le mima y consiente, se está dando a luz a un futuro dictador. De los padres depende.

GOBIERNO FRANKENSTEIN

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Pedro Sánchez y su contumacia nos ocupan más tiempo del que el valor real del personaje merece. Ya no sabemos cuál de sus rostros es el verdadero: el que quería ser investido con los votos de Ciudadanos o el que está dispuesto a perpetrar un Gobierno Frankenstein, con independentistas incluidos. Suena todo a broma, si no fuese porque está en juego una buena porción de nuestro futuro, también del PSOE, que puede acabar siendo la víctima principal de su secretario general. De continuar con esta deriva, no sólo facilitará a Rajoy la mayoría absoluta en las terceras elecciones, sino que obligará a una refundación del histórico partido que ahora mismo pilota hacia los acantilados donde naufragan hasta los mayores navíos. Y me temo que no le ocurrirá como a Eneas, a quien los dioses reservaban para grandes empresas. En la tarea común de la España moderna, ya no hay sitio para el empecinamiento. Hace tiempo que Sánchez debería haber hecho la autocrítica obligada y asumir que en democracia no se gobierna porque a uno le apetezca o al azar de los dados, sino porque la voluntad de los ciudadanos así lo expresó en las urnas.

DESCENTRALIZADOS

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España es uno de los países más descentralizados de Europa. Ningún territorio de nuestro entorno disfruta de las cuotas de autogobierno que poseen, por ejemplo, Cataluña o el País Vasco. En ambos casos, la factura resulta bastante gravosa al conjunto de los españoles. Claro que, bajo el imperio de lo políticamente correcto, nadie se atreve a opinar, y menos en período electoral, que el cupo vasco y el amejoramiento navarro son anacronismos en la Europa moderna. Al contrario, el secretario general de los socialistas, un tal Sánchez -en expresión de Arzalluz-, se ha descolgado pidiendo más autogobierno para las tierras vascas. Todo un síntoma del problema que enfrentan el PSOE y España, y de lo alejado de la realidad que se encuentra el líder de este partido. De ser cierto lo que una y otra vez nos dice el CIS, la mayoría de los españoles quieren justamente lo contrario. Nadie cuestiona el Estado autonómico, y de hecho, desde su nacimiento, no se ha suprimido ni una sola competencia. Ahora bien, sobrepasar en este momento el nivel de autonomía existente es como prometer un puente a quien no tiene río.

EL RELOJ DE LA DEMOCRACIA

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El tiempo pasa, y España sigue con un Gobierno en funciones por culpa única y exclusivamente de Pedro Sánchez. Que no diga que no ha tenido a su alcance todo un abanico de soluciones para sacar al país del atolladero. El líder del PSOE continúa dispuesto a hacer historia por la parte baja de la tabla. Observa impertérrito la desaceleración de la economía española, las amenazas de sanción de la UE, el envalentonamiento del secesionismo catalán, la pérdida de peso de nuestro Estado en el concierto internacional… y una extensa lista de daños colaterales cuya rémora nos perseguirá por días, meses y años. Su visión política y estratégica se reduce a su corral sentimental, que empieza y termina en él mismo. El tiempo pasa, y no siempre todo va a mejor. El reloj que marca inexorable el paso de las horas, como escribió Baroja, nos mata un poco a cada instante. Nada de lo que está ocurriendo nos va a salir gratis a los ciudadanos. Esperemos que no paguen justos por pecadores.

UNA QUIMERA ILEGAL

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La democracia es el imperio de la Ley. La que emana de la soberanía popular a través del poder legislativo. Es la gran diferencia frente a la arbitrariedad y discrecionalidad de las dictaduras, sean del signo que sean. Por eso llama la atención el desparpajo con que los sediciosos catalanes se quieren saltar el Estado de Derecho. Su propuesta es sustituir las leyes por un barómetro emocional, que ellos mismos establecen y desde el que pretenden manejar Cataluña con discrecionalidad. En función de cómo interpreten en cada momento esa emoción, se pueden saltar las normas a conveniencia. Todo un despropósito democrático que roza la locura. Pero, como nadie detenga esta demencia colectiva, me temo que la situación no acabará bien. No auguro nada bueno a una sociedad en la que calan el desencanto político y la impresión de haber entrado en un túnel sin salida, una vez que se aspira a destruir el orden constitucional y han puesto en riesgo su economía. En estos momentos, en Cataluña campa la desafección al sistema que les permitió llegar hasta aquí y la quimera de que todo es posible contra la Ley.