RAJOY O TERCERAS ELECCIONES

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Tal vez unas terceras elecciones no sean una opción tan mala, ni una idea descabellada. Al fin y al cabo, visto lo visto y oído lo hablado, casi mejor que los votantes vuelvan a reconsiderar quién puede gobernarnos, ahora que conocen el olor a guerracivilismo que desprenden los que dicen representar a la nueva política. Cerrar una investidura a cualquier precio puede resultar contraproducente para España. Es verdad que nuestro país, cuya economía apunta al alza, necesita con urgencia un Ejecutivo que tome medidas y afiance la recuperación. Pero no es menos cierto que nunca se habían cuestionado tanto los valores democráticos, curiosamente, además, por parte de los que aseguran venir a regenerarlos. A estas alturas, parece claro que sólo es posible una investidura de Mariano Rajoy o unas terceras elecciones para que los ciudadanos le expliquen a Sánchez lo que sus compañeros de partido no se atreven: que el PSOE no puede pactar con quien busca romper España, que el populismo y el “postureo” tienen recorridos cortos y que, en democracia, la lista más votada suele gobernar.

OJO A BALEARES

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Cataluña ya no es la única inquietud para los demócratas españoles. Existen otros lugares, otros políticos y otros desafíos a la Ley de similar inspiración y finalidad. Un destacado periodista británico me alerta, alarmado, de cómo también en Baleares se empeñan en la construcción de un relato contra la unidad de España. Está claro que en nuestro país avanzan pequeñas subversiones institucionales, bajo la justificación de agravios inexistentes, falsedades históricas y reivindicaciones tramposas. En su nombre acometen reformas caóticas que nadie ha pedido, pero que forman parte de su estrategia. La responsabilidad del PSOE en toda esta deriva es enorme. En lugar de torpedear el Gobierno de España con esa simpleza infantil, mejor haría Pedro Sánchez en reformular la propuesta de los socialistas para una España moderna. Un proyecto de país que no puede pasar por las actuaciones y complicidades que nos están llevando a la irracionalidad más absoluta. Las ocurrencias no son buenas en política; si no, que se lo pregunten a Alfonso Guerra.

LA ESCLAVITUD DE LO CORRECTO

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Prohibir las corridas de toros en las Islas Baleares no va a arreglar ningún problema a los isleños. De hacerse, seguirá habiendo paro, quienes lo pasan mal continuarán con sus penurias y las listas de espera de la sanidad pública no se reducirán. Tampoco el archipiélago será ejemplo de logro alguno, ni su presidenta, la socialista Armengol, ganará por ello puesto de honor en la galería de la historia. Es, sencillamente, un acto represivo. Como tantos otros. No son los toros ni la fiesta taurina los que corren peligro. Es la libertad. Creer que la libertad de opinar valida de por sí lo opinado es caminar sin brújula por el territorio de la imperfecta democracia. Eso me afecta a mí, pero también a quienes se revisten de una autoridad que no tienen y malversan el poder, invadiendo espacios que el ciudadano tiene ganados desde antiguo. Combatir la fiesta de los toros bajo el argumento del maltrato animal no resiste un mínimo contraste con la realidad. Cuando nos reducen el catálogo de lo que podemos hacer, nos convierten en esclavos.

ALGUNOS CONSENSOS

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Tras la muerte de Franco y la celebración de las primeras elecciones libres de junio de 1977, se establecieron varios consensos en España. Unos acuerdos, con el refrendo mayoritario de la hoy vigente Constitución, que nos convirtieron en un país europeo, moderno y democrático. Se observaron pactos y alianzas, normas y reglas; se aprendió a convivir con la alternancia de los dos partidos mayoritarios. Se renunció por parte de todos al enfrentamiento y se permitió a los españoles alcanzar cotas de bienestar impensables apenas unos lustros antes. Existía, eso sí, un barrunte permanente, un ruido sordo de los desleales nacionalistas, pero no faltó perseverancia por parte de la clase política para defender ese statu quo nacido de una ejemplar Transición que fue nuestra mayor victoria en muchos años. Nadie dudaba de la unidad de España, del orden constitucional, del respeto a las leyes, de la defensa de la propiedad privada… Ni de que en democracia gobierna la lista más votada. Todos lo teníamos claro, menos Pedro Sánchez.

OTRO «NO» DE SÁNCHEZ

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Cuando pasen los años y la distancia en el tiempo permita analizar estos días con ponderación y serenidad, la historia no dedicará grandes elogios a Pedro Sánchez. Ayer perpetró un nuevo «no». Esa negación ya no es solo al legítimo ganador de unas elecciones libres. Es un «no» al conjunto de los ciudadanos, que empiezan a angustiarse al ver que su clase política no supera los estándares de calidad de Europa. Y tampoco están nuestros vecinos para tirar cohetes. Es un «no» a la recuperación económica. Es un «no» al valor de las mayorías en democracia. Es un «no» a resolver el problema catalán. Es un «no» a España en la UE. En definitiva, es la constatación de que no cabe esperar demasiado recorrido para un negociador que únicamente da portazos. El secretario general socialista demuestra tics inquietantes en un líder: un notable analfabetismo político, una simpleza estratégica alarmante y una escasa vocación democrática. Su actuación no está siendo limpia. Consiste en llenar el terreno de emboscadas e insidias, en la confianza de que logrará formar un gobierno contra la opinión mayoritaria de los españoles.