JUGUETE ROTO

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Cuando decimos que un buen número de los políticos españoles actuales pecan de comportamientos infantiles no nos referimos precisamente a la candidez. El infantilismo se refleja básicamente en el egoísmo. Es uno de los rasgos más propios de esta primera etapa del ser humano. Cuando ese gran escultor que es el tiempo va matizando perfiles y rasgos de la personalidad, afloran la firmeza y la serenidad que dan los años. Es una insensatez pedirles a los niños comportamientos maduros; tanto como tolerar y no censurar en los adultos las maneras de proceder y los pensamientos propios de la infancia. Desde la antigüedad se nos advirtió siempre que los malos tiempos son aquellos en los que nos gobiernen los niños: su belleza y ternura, su amor y esperanzas, se combinan perversamente con la inclinación a destrozar sus juguetes. La vida, sin embargo, es mucho más: es la ilusión juvenil por el futuro y la responsabilidad adulta a favor de la convivencia. Me preocupa que nuestros infantiles políticos apuesten por permitir que la democracia se convierta en un juguete roto.