LA PARADOJA DEL MOMENTO

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Dándose un paseo por el verano de España, nadie diría que llevamos más de doscientos días con un Ejecutivo en funciones, ni que el país se encuentra atrapado en un atolladero político de difícil resolución. Por eso, más que nunca, se valoran la serenidad, la templanza y la experiencia a la hora de ponerse al frente de un Gobierno. Nadie querría navegar a bordo de un buque cuyo capitán fuese aprendiz y encarase las tormentas con una obstinación chulesca que pusiera en riesgo al pasaje. Menos aún, volar en un avión cuyo comandante careciese de la serenidad necesaria ante una convulsa y crítica área de turbulencias. Ni tomar un autobús cuyo conductor estuviera tan seguro de sí mismo que ignorase todas las señales en mitad de un desfiladero. España parece disfrutar de un plácido y próspero verano real, envuelto en la convulsión de la vida oficial y política. Pero, por paradójico que parezca, lo primero no se explica sin lo segundo, ni viceversa. Quién no quiere un país cuyo presidente, sin recurrir a los chistes, conduzca a la sociedad con prudencia, mesura y probada destreza.