DEMOCRACIA CONTRA EL TERROR

grancapitan

Niza no es una excepción. Como no lo fueron París, ni Madrid, ni Londres ni mucho menos Nueva York. Se trata de dos visiones enfrentadas de la vida. En Europa, en el mundo desarrollado, creíamos que casi todo estaba asentado en acuerdos de difícil y dilatada elaboración. Pero ahora nos enfrentamos de nuevo a la vieja rencilla histórica del odio, de una religión contra otra, del hombre convertido en un lobo para sí mismo; constatamos la inconsistencia de los consensos y que la paz puede tornarse en guerra, y la prosperidad en pobreza. Todo, en medio de la banalidad mediática de España, cargada de simplezas políticas e irresponsabilidades colectivas. ¿Han desaparecido los buenos tiempos democráticos? Confío en que no. Está en nuestras manos restaurar los consensos que nos han permitido progresar. Tampoco estaría de más reafirmarse en el orden constitucional, en el sacrosanto Estado de Derecho y en la estabilidad política. Porque siendo ya débiles por muchas razones, incluida la frágil condición humana, nos defenderíamos mejor si cada uno no hiciera lo que le da la gana y se comprometiera con el bien común.