TRABAJARSE LA VIDA

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En la asimetría moral en la que vive España, todos tenemos una parte de culpa. Unos por practicarla sin el más mínimo rubor y otros, la mayoría, por mirar hacia otro lado. Por eso campan a sus anchas los falsos paradigmas y los debates mentirosos, a los que tanto rédito han sacado la extrema izquierda y sus terminales mediáticas. Que Pablo Iglesias haya dicho que azotaría a una periodista hasta que sangrase me parece repugnante. Que el mismo personaje, aspirante a gobernar nuestro país, justifique a su compañero Echenique por no pagar la Seguridad Social de un trabajador es una impostura moral que no supera los mínimos estándares de calidad democrática. Que Monedero haya distraído fondos de su propia universidad evidencia que sus principios éticos son más móviles que las arenas de una duna. ¿Qué estaríamos diciendo si cualquiera de estos episodios los protagonizase algún dirigente de la derecha española? En lugar de trabajarse tanto la imagen, los de Podemos deberían trabajarse un poco más la vida.

RELACIONARSE MAL CON LA REALIDAD

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Lo más chocante de Rivera y Sánchez es que no quieren reconocer que el PP ganó las elecciones. Y lo hizo con Mariano Rajoy al frente. Es más, mejoró su resultado anterior, mientras ellos dos recibían una sonora derrota. Por eso llama la atención su comportamiento infantil y simplón en el empeño de entorpecer la formación de un nuevo gobierno. Es como si tuviesen una mala relación con la realidad, que es una de las peores patologías sociales, sobre todo si uno se quiere dedicar a la «res publica». Da la impresión de que Rivera y Sánchez son dos niños que no perdonan que otro les haya derrotado. Lo que es profundamente antidemocrático. Finalmente, si España sigue hoy sin gobierno, se debe en buena medida a los 17 «noes» del dirigente socialista y a las asimétricas exigencias de Ciudadanos al PP, bien diferentes de las planteadas al PSOE. Llegados hasta aquí, a muchos nos gustaría conocer el resultado de una tercera convocatoria electoral. Por lo visto, Rivera y Sánchez le tienen pánico a semejante escenario. Quizá por su extraña relación con la realidad española.

CATALUÑA AL FONDO

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La aprobación en el Parlamento catalán de iniciativas con las que consolidar el desafío a la legalidad española, y de manera especial al Tribunal Constitucional, sigue siendo lo más grave que acontece en este país de políticos irresponsables e infantiles. El español medio no sale de su perplejidad. Ahora mismo, los tres partidos constitucionalistas –PP, PSOE y Ciudadanos– que representan amplísimamente a la mayoría de la sociedad deberían alcanzar un pacto para intervenir esa autonomía por quebranto grave de la Ley. Mucho me temo, sin embargo, que se impondrá la falta de sentido de la Historia, de Estado y del bien común que viene caracterizando a nuestros políticos y magistrados del TC frente a la deslealtad de los nacionalistas catalanes. Tenemos un derecho razonable a vivir sin sustos, a compartir un pasado y un contexto legal que nos compromete a todos. Tenemos también derecho a que nuestros gobernantes, incluidos Sánchez y Rivera, igual que nuestros tribunales, nos aseguren que esto es una democracia en la que se cumplen las normas y garantías que nos hemos dado.

LA BONDAD DE UNAS NUEVAS ELECCIONES

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Tal vez no sean tan malas unas terceras elecciones. No es que yo las desee, ni siquiera que las proponga. Pero visto lo visto y escuchado a Rivera, junto al sonoro silencio de Sánchez –el de Mojácar–, me temo que vamos camino de otra convocatoria, de la que podría salir un gobierno más fuerte que el que ahora se logrará formar en el mejor de los escenarios. Por eso, ahora mismo la pregunta es: ¿sería tan nefasto volver a las urnas? Empiezo a pensar que no. Porque si el cuerpo electoral español se comporta como ya lo hizo el 26 de junio, dejaremos una buena lección para las venideras generaciones de políticos. Honestamente, creo que los ciudadanos van a echar a algunos a gorrazos. En contra del lugar común que se escucha por todas las esquinas, ese de que «los españoles no perdonarían unas terceras elecciones», se me antoja a mí que estamos ante la oportunidad de poner al descubierto la simpleza de más de un político que ni siquiera tiene claro lo que dice la Constitución. A día de hoy, no quedan más alternativas que unas nuevas elecciones o un nuevo intento de Sánchez.

NADA DE NADA

 

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«Nada de nada» es el balance que Oriol Junqueras ha hecho de su viaje de este jueves a Madrid y de su entrevista con la vicepresidenta. Ya le podrían entregar los tesoros del rey Salomón, que el independentista –que por cierto no resiste el mínimo contraste con la realidad, como demostró Borrell– seguiría enquistado en su melancolía victimista. Constatar esta impostura supone que te diagnostiquen de inmediato «catalanofobia». Junqueras pasó por la capital de España y respondió a la cortesía recibida con una simpleza. Antes, dejó sembrado el campo de las habituales barbaridades golpistas. Llamemos a las cosas por su nombre. Quien quiere destruir España tras más de quinientos años de historia y romper el statu quo será por definición un golpista, ¿verdad? Ya sabemos que las opiniones no delinquen, pero también que la libertad de opinar no valida lo expresado. Pretender que el punto de vista de uno tenga que ser aceptado por el conjunto de la sociedad demuestra no haber entendido nada acerca de la libertad de pensamiento ni de la responsabilidad de actuación en una democracia.

GANAR, PERDER O VICEVERSA

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La jugada en la que parece embarcado Albert Rivera, que consiste en favorecer en un segundo turno un gobierno de Frente Popular presidido por Sánchez, puede ser legal y hasta legítima, pero no atiende al sentir mayoritario de la sociedad española. Y eso es profundamente antidemocrático. Es más, es un ejercicio de incultura política, que viene a desmerecer su figura, tras haber emergido como una esperanza regeneradora. Ese aire fresco no puede ir contra la voluntad dominante de los ciudadanos expresada hace un mes en las urnas. Ni mucho menos, ser el responsable de la trampa que la izquierda prepara ahora a Mariano Rajoy. El eje Sánchez-Rivera se vuelve a confabular de manera desleal. Según estos «experimentados» políticos de la transparencia, ganar o perder unas elecciones significa exactamente lo mismo. De nada importa la diferencia de 105 escaños que separa a C’s del PP, o que el 26-J el partido de Rajoy fuese el único que incrementó apoyos de manera homogénea en todo el territorio nacional. Asusta lo que se nos puede venir encima.

CLARIDAD EN LUGAR DE SILENCIO

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España respira hoy un poco más tranquila que ayer. La posibilidad cierta de que se forme un Gobierno a partir de la lista más votada, la del PP, y que por tanto no haya que acudir a unas terceras elecciones, serena el ambiente, y a la opinión pública. La extrema izquierda comienza a quedarse más en el folclore mientras la España real vuelve a mirar al verdadero problema: unos fanáticos que quieren romper el país desde Cataluña. Llama la atención que todavía no se haya logrado unidad entre los partidos constitucionalistas frente a este desafío. Urge un pacto expreso por la defensa de España. Un acuerdo basado en el respeto al Estado de Derecho, al imperio de la Ley, a la defensa de la Constitución. Mirar para otro lado no resuelve el desafío. Excitarlo de forma artificial, tampoco. De todos modos, y con toda humildad, a mí me escandaliza que este lunes pasado unas fuerzas políticas dijeran abiertamente que van a partir España y que presentaran un minucioso plan para ello. Ya sé que el Gobierno está en funciones, pero alguien debería responder a tanta ignominia.

ANIMAL POLÍTICO

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Vivimos tiempos tan inciertos que, hasta que esta mañana voten sus señorías, no podemos asegurar que Ana Pastor vaya a ser la presidenta del Congreso de los Diputados de la XII Legislatura. Su trayectoria política es casi ejemplar. Trabajadora, honesta, comprometida. Supongo que alguna sombra arrastrará, pero ahora mismo queda eclipsada por el balance global. No caigo en ningún exceso laudatorio cuando deseo que ojalá hubiese en la política española más trayectorias como la suya. Sin embargo, el verdadero motivo por el que Mariano Rajoy apoya en todo a la hasta ayer ministra de Fomento no es otro que la enorme confianza que le tiene. Le aporta tranquilidad y demuestra buena fe en su desempeño; algo infrecuente en nuestros días, sobre todo, en política. No es que Ana Pastor albergue todas las soluciones, está claro que no, pero posee esa curiosidad imprescindible para ser un animal político. Siempre abierta a nuevas empresas, a nuevos retos. Por eso puede ser ministra de Sanidad o de Fomento, incluso presidir el Congreso de los Diputados. Una política de raza.

LA PARADOJA DEL MOMENTO

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Dándose un paseo por el verano de España, nadie diría que llevamos más de doscientos días con un Ejecutivo en funciones, ni que el país se encuentra atrapado en un atolladero político de difícil resolución. Por eso, más que nunca, se valoran la serenidad, la templanza y la experiencia a la hora de ponerse al frente de un Gobierno. Nadie querría navegar a bordo de un buque cuyo capitán fuese aprendiz y encarase las tormentas con una obstinación chulesca que pusiera en riesgo al pasaje. Menos aún, volar en un avión cuyo comandante careciese de la serenidad necesaria ante una convulsa y crítica área de turbulencias. Ni tomar un autobús cuyo conductor estuviera tan seguro de sí mismo que ignorase todas las señales en mitad de un desfiladero. España parece disfrutar de un plácido y próspero verano real, envuelto en la convulsión de la vida oficial y política. Pero, por paradójico que parezca, lo primero no se explica sin lo segundo, ni viceversa. Quién no quiere un país cuyo presidente, sin recurrir a los chistes, conduzca a la sociedad con prudencia, mesura y probada destreza.

LA DEMOCRACIA SE CREA O SE DESTRUYE

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La tragedia de Niza y el golpe frustrado de Turquía son dos evidencias de la fragilidad del statu quo de paz en que vivimos. Seguimos instalados en la creencia de que las buenas calidades democráticas serán para siempre, pero la democracia, como el amor, hay que trabajársela a diario. Teniendo sus virtudes, es un proyecto en sí mismo extremadamente endeble; en especial, cuando tiene que convivir en aguas tan movidas como las del Mediterráneo. Las distintas riberas de este mar aplican cada una su particular manera de organizar una sociedad. Desde democracias consolidadas, pasando por dictaduras, hasta llegar al caos de Libia. Deberíamos evitar el riesgo de que el peor modelo contamine a los menos malos. Por eso, habrá que insistir a todos los que en España cuestionan el Estado de Derecho, el cumplimiento de las leyes o el papel de defensa de las libertades que juegan las Fuerzas Armadas en que la democracia es un proyecto frágil; tanto, que estamos obligados a dar cada día en su nombre lo mejor de nosotros mismos.