LOS ERRORES DE LOS OTROS

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El nacionalismo sigue siendo el gran desafío de estos tiempos en Europa y, por supuesto, en España. La crispación que vive Gran Bretaña en torno al referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea es una consecuencia más de esa perversa visión de la política que practica el nacionalismo. Su ideario y su praxis son fuentes permanentes de conflictos y, por desgracia, nunca aportan nada bueno a la sociedad donde se incuban. Se puede amar bien profundamente a la tierra de cada uno, sin necesidad de convertir esa fuerza en arma arrojadiza contra el otro: el vecino, el rival o el oponente. El nacionalismo, incluso el que se presenta entre envolturas democráticas, juega siempre a la exclusión, a la confrontación, a la xenofobia, y, por tanto, de una u otra manera engendra enfrentamiento y violencia. El Brexit es un subidón de la fiebre nacionalista británica. Legítimo pero antihistórico, y del todo regresivo. En España deberíamos saber extraer algunas conclusiones para nuestra propia vida política partiendo de los errores de los otros.

EL ORIGEN DE PODEMOS

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Una de las pocas cuestiones acerca de las que existe unanimidad en la sociedad española es que José Luis Rodríguez Zapatero fue el peor presidente de la democracia, desde junio de 1977, en que se celebran elecciones libres por primera vez. Buena parte de lo que vino después fueron las consecuencias negativas del periodo de gobierno más mediocre. Sin ir más lejos, en 2008 se destruyeron nada menos que un millón de puestos de trabajo. La crisis económica se negó y se gestionó desde la prepotencia y el inmovilismo. La imagen exterior del país cayó por los suelos. Y, siendo todo eso malo, lo más grave fue que reabrió las heridas del pasado y dividió otra vez España en dos mitades. Volvió a helarnos el corazón. Entiendo, por todo ello, que Pablo Iglesias Turrión, el líder de la extrema izquierda española, sea hijo intelectual y político de Zapatero. Tampoco nos ha cogido por sorpresa. Si Podemos tiene algún padre, uno de ellos es sin duda el anterior jefe del Ejecutivo, con quien la Historia no será especialmente indulgente. A sus muchos errores, se suma ahora el padrinazgo del populismo.

LA CRUELDAD DE LAS MENTIRAS

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La izquierda y la extrema izquierda españolas basan su discurso, tanto en estas elecciones como en las de diciembre, en un buen catálogo de mentiras. Falsedades acerca de la calidad del empleo, los jóvenes que emigran en masa, los recortes del Estado del bienestar, la fiscalidad y otras situaciones y estadísticas que utilizan con frivolidad y desparpajo, sin que nadie les diga lo contrario ni les sonroje con los datos verdaderos. Como las antorchas de la estrategia electoral del PP están a todo, menos a lo que tienen que estar, pasa lo que pasa. Cualquier charlatán de feria metido a político promete a los ciudadanos que habrá dinero sin trabajar y que papá Estado se encargará de todo. Es decir, les dice a los votantes lo que quieren escuchar. El problema ahora es que la ciudadanía empieza a comprar las falsedades de los populistas y, por primera vez en democracia, España corre riesgo serio de que se instale una especie de peronismo entre nosotros. Hoy más que nunca, lo que hay es un montón de españoles dispuestos a creer las mentiras de la extrema izquierda.

UNA INNECESARIA VISITA

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El Brexit se complica por momentos. La dudosa decisión de Cameron de someter la permanencia en la UE a referéndum se ve ahora acompañada de la también más que polémica e inoportuna visita a Gibraltar. No lo hará por el escuálido número de ciudadanos que allí votan. Supongo más bien que busca reverdecer viejos y anacrónicos tics imperialistas, con los que convencer a los indecisos de que Reino Unido aún es grande, pese a que los euroescépticos venden que se disuelven en la enormidad de la Unión Europea. Estamos invocando el pasado. Unas veces con falsedades y otras, con propuestas extemporáneas. A los británicos partidarios de romper les prometen una vuelta atrás. Pero resulta que, entre ese catálogo de antiguallas, figura Gibraltar. Lo revelador es que los gibraltareños han avisado que, si Reino Unido se va de Europa, ellos se quedarán. La vieja utopía de la Europa de los ciudadanos resulta más atractiva que las oxidadas ideas del hípernacionalismo. Para ello, sin embargo, no era necesario incomodar a España. Porque lo innecesario, señor Cameron, siempre es un error.

FRANCIA

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Como Francia está al lado, siempre nos sirve de espejo. Lo que allí ocurre debería darnos pistas del ambiente que podría generarse en la España de hoy si acabaran por triunfar algunas políticas viejas y fracasadas que la izquierda y sus extremos quieren volver a imponer. Ellos, la izquierda, están en su legítimo derecho de proponerlo y los ciudadanos, de rechazarlo. Francia arde como arde porque desde hace muchos años sus gobernantes, bajo la envoltura de la progresía buenista, han tomado decisiones –mejor dicho, dejaron de adoptarlas– a espaldas de la propia UE, de la globalización y de las grandes transformaciones que se registran en el mundo avanzado. Los franceses tienen un gran país. Civilizado y democrático. Sus costuras, sin embargo, se rasgan por las consecuencias acrecentadas de una mala administración. Fruto de todo ello es el escenario que se nos muestra cada día, y en el que se mantiene el convencimiento de que pueden detener a los populistas a base de gobernar con sus tics y sus ideas.

CANDIDATOS EN PRÁCTICAS

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La mayor debilidad que anoche evidenciaron los tres jóvenes candidatos en prácticas a gobernar España es su mala relación con la realidad. No voy a cometer el error de decir quién ganó o quién perdió el debate, aunque parece claro que a Mariano Rajoy se le dan mejor las confrontaciones a cuatro que el cara a cara. En lo que sí quiero poner el acento es en que, cuando lo que está en juego es nuestro porvenir, conviene que quien nos dirija llegue aprendido. Efectivamente, ayer Sánchez, Rivera e Iglesias parecían tres alumnos en prácticas, amarrados a viejos lugares comunes y datos en la mayoría de los casos falseados, incapaces de aportar argumentos sólidos ni ideas concretas y viables. Decían lo que sabían, pero no sabían lo que decían. Tras la confrontación de este lunes, la pregunta es: ¿Dejaría que un aprendiz llevase nuestra vida, nuestra empresa o el proyecto en el que estamos envueltos? No lo creo. Y todavía menos, cuando se trata de dejar en sus manos un país entero, con pensionistas, estudiantes, parados, dependientes y enfermos. La vida no es tan fácil.

REGRESO AL PASADO

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Hay en la civilizada Europa una pasión por regresar al pasado. Vuelven los comunistas, la extrema derecha, los nacionalismos y, por ende, lo peor de nosotros. Se desprecia, eso sí, lo bueno: la solidaridad, la justicia social, la cooperación. Queremos de nuevo fronteras, rearmes nacionalistas. Es decir, que estamos involucionando. El Brexit es un buen ejemplo de esa regresión. Nos los presentan como ejercicio de democracia, pero no es más que la evidencia de la falta de liderazgos fuertes y discursos potentes acerca de todo aquello que nos hace mejores en una Europa unida. Frente al mejor proyecto de ciudadanía que hoy representa en el mundo la UE, nos encontramos con políticos acomplejados que no saben defenderse de los ataques de todos estos reaccionarios extremistas, ya sean de extrema izquierda o sus opuestos. Todo en ellos es extremismo, carente de serenidad. Así estamos, preocupados por un destemplado y extemporáneo referendo que se nos ha colado en nuestras vidas merced a la indignación de unos y la debilidad de otros.

LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

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Corro el riesgo, un día más, de ser linchado por el pelotón que milita en lo políticamente correcto. Aun a riesgo de ello, me atreveré a escribir acerca de la importancia que tienen en las sociedades libres la presunción de inocencia y el respeto al Estado de Derecho, donde debe ser el que acusa quien demuestre la veracidad de la imputación. Ignoro si el buen portero de la selección española De Gea es culpable o no de este nuevo escándalo sexual, pero creo que este modo de actuar es radicalmente injusto en términos procesales y mediáticos. Representa, al fin y al cabo, una degenerada utilización de la opinión pública para conseguir objetivos turbios. En las democracias tienen que funcionar los contrapesos y en España lo están haciendo como nunca. Se corre el riesgo, sin embargo, de que jueces, fiscales y policías, contagiados por un mesianismo justiciero, se extralimiten en esta nueva caza de brujas que vive el país y nos llevemos por delante valores fundamentales de convivencia. Líbreme Dios de indultar a ningún culpable, pero ya se sabe que es más injusto condenar a un inocente.

EL COLOR DEL DINERO

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El secretario general de UGT, el asturiano José María Álvarez, ha encontrado la solución a todos nuestros problemas económicos. Ha dicho que si no hay dinero que se pinte. Pues ya está: dicho y hecho. A partir de ahora el máximo dirigente de la central socialista puede cobrar en billetes pintados. Incluso puede proponer que todos los liberados de su sindicato también perciban su salario con billetes no del Monopoly, que esos se parecen mucho a los de verdad, sino mejor de los que dibujan los niños pequeños. Los que imprime la casa de la Moneda que nos los dejen a los demás. Sabíamos por Mariano Rajoy que el dinero no crecía en los árboles. Lo que ignorábamos es que se podía pintar. De haberlo sabido, cuántos problemas nos habríamos evitado. Como decía Juan Gris, la pintura se hace como cada uno es. Los billetes pintados del ugetista asturiano recogerán esa falta absoluta de responsabilidad que ha demostrado. Para vivir y ejercer el liderazgo en una sociedad libre hay que ser responsable. Por eso tantos hombres le tienen miedo a la libertad y prefieren que les pinten el dinero, aunque sea una ficción.

A CUALQUIER PRECIO

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Cuesta entender que los de Podemos quieran convencer al resto de los españoles de que son socialdemócratas cuando en realidad son comunistas. Resulta curioso semejante empeño, aunque también muy revelador de su irrefrenable afán por parecer lo que no son. La libertad consiste en poder decir lo que uno piensa, quiere y puede hacer. Sólo en ese caso, el ser humano se siente libre. Disimular nuestros principios, ideas u opiniones es una forma incómoda de vivir. Por eso no comprendo que los de Podemos, siendo comunistas, se autodenominen socialdemócratas. La socialdemocracia jamás justificaría el encarcelamiento de un opositor por diferencias políticas. Además, cree en la economía libre con correcciones. Los de Podemos no comulgan con ella en absoluto, pero tratan de disimular para que no veamos en ellos un peronismo a la española. Temíamos caer en una argentinización de la vida pública, y nos acercamos: aquí están los cachorros de una clase media que, a través de su fingida transversalidad ideológica, persigue gobernar a cualquier precio. Ese es su verdadero ideario.