LA REFLEXIVA ANCIANIDAD

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Entre las sorprendentes reacciones del mundo populista a su descalabro electoral, se encuentra el desprecio a los votantes de otros partidos y, muy especialmente, a los que ellos consideran «viejos». El odio a los ancianos destilado en las redes sociales por parte de los activistas podemitas recuerda a aquella novela de Bioy Casares, «Diario de la guerra del cerdo». En ella, una furibunda juventud mataba a cualquier persona mayor que encontrara por la calle. Era y es literatura, y aunque la vida imita al arte, el texto de Casares sólo sirve como metáfora de aquellos que ahora quieren otorgar derechos según los años. Nos habíamos garantizado que no se discriminaría a nadie por sus ideas políticas o religiosas, raza o sexo. Pero no sospechábamos que también se podía segregar por edad. La turba furiosa que la extrema izquierda lanzó días pasados en internet pretendía negar el voto a la tercera edad. Aunque la recta final de la vida es tiempo de indiferencia, es normal que quien tiene experiencia ponga en cuarentena todo aquello que prometen los «salvapatrias». Al fin y al cabo, los viejos también fueron jóvenes.

LO QUE AHORA SE NECESITA

Victorian engraving of the Theatre of Dionysos at AthensEl bien común es un valor que parece pasado de moda. Sin embargo, si en un Estado democrático y libre se está en política, ha de ser para trabajar por el interés general. Cuando se antepone lo particular, el rédito personal, se fracasa siempre. Ahora mismo, la sociedad española está sentada de nuevo en las butacas de platea, observando cómo los actores de la vida política se mueven, actúan, simulan, disimulan, declaran o guardan silencio. La anterior pantomima concluyó con unas elecciones, las segundas en medio año, sobre las que parece que todavía hoy ni Sánchez ni Rivera han querido sacar conclusiones: siguen leyendo mal el mensaje que el cuerpo electoral les ha enviado. Da la impresión, por momentos, de que la fe democrática de algunos políticos es especialmente endeble. España ha encargado formar Gobierno a Rajoy. Sería bueno que no se despreciase con tanta ligereza la legitimidad de la lista más votada, la voluntad de la mayoría. España necesita estabilidad y que los políticos practiquen el credo de trabajar para arreglar problemas, en lugar de crearlos.

AUTOCRÍTICA

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Lo malo de la autocrítica es que los demás la creen. Puede que sea ese el temor por el que, tras la jornada electoral, ni Sánchez ni Rivera han hecho aún el saludable y honrado ejercicio de reconocer sus errores. Uno cometió más que otro. Cuesta creer que el dirigente socialista, que ha empujado al partido al nivel más bajo de su historia reciente, persevere a estas alturas en el pecado del alma de la soberbia. Los hombres se acercan más a los demás cuando, con humildad, practican el provechoso arte de confesar sus faltas y hacer propósito de enmienda. Eludir la autocrítica sólo puede llevar al político a errar más y a adentrarse por la senda equivocada. En esta hora de la vida del PSOE, Pedro Sánchez debería ser honesto consigo mismo. Probablemente, encontraría ahí el remedio a sus males, además de enriquecerse tanto en su dimensión emocional como intelectual. No deja de llamar la atención que la sangría de votos del 26-J no merezca ni un mínimo reproche por parte de quien es su principal responsable. Cuando se antepone la peripecia personal al bien común, incomoda la autocrítica.

HOY TOCA VOTAR

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Hoy toca votar. Lo haremos en libertad, eso parece garantizado, pero conviene elegir también con responsabilidad, y esto ya no está siempre tan asegurado. Depende de nosotros; es nuestro deber. En las sociedades avanzadas, modernas y democráticas puede fallar todo, menos la ciudadanía. El sufragio universal es una conquista social irrenunciable que nos brinda el menos malo de los sistemas, pero requiere dedicarle el tiempo suficiente para decidir qué queremos que se haga con nuestro voto. Pensar en la España de los próximos diez años. No hagamos nada de lo que nos podamos arrepentir. Los votos tienen trascendencia y consecuencias; por ello conviene valorar su posible repercusión en la gobernabilidad, en la evolución de la economía, en la gestión de lo público, en el mantenimiento del Estado del Bienestar. En la marcha de España. Lo peor del Brexit no está a la vuelta de la esquina; lo peor para Gran Bretaña llegará la próxima década. Hay decisiones en nuestra vida que se notan muchos años después.

QUE NO CUNDA EL EJEMPLO

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Tras el Brexit, la decisión de los británicos de abandonar la Unión Europea, me temo que va a cundir el populismo. Lo peor es el efecto contagio. Las epidemias mediáticas y sociales se amplifican por efecto de la contaminación pública. Ahora mismo, en el cuerpo civil de Occidente germina un embrión de enfermedad política, en la que unos iluminados quieren aprovecharse de las angustias de miles de personas que han sufrido la crisis económica. Todo ello, avivado con promesas de venganza y propuestas contra el extranjero para poder conjurar las inseguridades que este nuevo tiempo de transformación nos trae a todos. Tal padecimiento no es nuevo. Está arraigado en las entrañas de la sociedad. Es una mezcla de insolidaridad, demagogia, prepotencia, iluminismo, egoísmo, chavismo, xenofobia y revancha. Es lo que denominamos populismo, una desgracia de los pueblos desarrollados, dispuestos siempre a suicidarse, a la vez que se distancian de las instituciones para comprar humo y remedios imposibles.

IMPUNIDAD

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No toda la melancolía vespertina de estos tiempos, ni los largos insomnios de estas noches, tienen que ver con el populismo rampante, que se mueve por España con el mayor de los descaros y en la más absoluta de las impunidades. Desvelan otras pesadillas. Porque nada en esta vida es fácil. Ahora han llegado los populistas y amenazan con romper España, manipular a los jueces o perseguir a los adversarios políticos. Les sale gratis. Ni un reproche social. Vuelven a las más torticeras prácticas electoralistas, mienten sobre los datos económicos, falsean la historia, tergiversan los hechos. Muy pocos les pedimos una explicación. Hacen extraños juegos dialécticos con los millones cobrados de Venezuela. No hay derecho a dirigirles la menor condena. Lo peor es la impunidad, en la vida en general y en el juego político en particular: hace valientes a los cobardes. Atentos, pues, no vayamos a presenciar en las dos jornadas de campaña que restan algún atrevimiento por parte de ciertos pusilánimes invitados a la osadía, merced a la arbitrariedad reinante.

BREXIT POR ÚLTIMA VEZ

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Todos los ciudadanos que componemos la Unión Europea nos jugamos mucho hoy en Gran Bretaña. Confiemos en que el buen sentido común y el pragmatismo de los británicos nos salven del abismo y en que, al mismo tiempo, la clase política comunitaria se ponga por fin manos a la obra para que nuestro gran proyecto no se cuestione cada vez que sopla el huracán de una crisis económica. El mastodóntico andamiaje de la UE debe ser revisado para resultar más eficaz, menos burocrático y, sobre todo, más cercano a sus beneficiarios. Las debilidades de esta magna obra que es la Europa democrática deberían corregirse para evitar esta inestabilidad a la que nos empujan a cada rato los euroescépticos del país que sea. El plan de una gran comunidad debe ser el empeño por el que apostar, mientras se arrumban todas las singularidades o excepciones. Es curioso que en este mundo tecnificado y globalizado retorne cada vez con más fuerza la aldea. Un regreso emocional, envuelto en la invención de la estética de lo propio. No hay que renunciar a ello, pero sí abrirse a los horizontes del futuro.

VENEZUELA AL FONDO

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Los de Unidos Podemos ahora no quieren hablar de Venezuela ni Grecia, y aún menos de Irán. Sin embargo, la memoria, y las hemerotecas, dejan huellas irrefutables, verdaderas apologías del cálido viento latinoamericano, que el chavismo engendró para ruina de una nación cercana y querida. El recuerdo es un hierro viejo que no siempre viene en rescate de nosotros, sino a ponernos frente a nuestras contradicciones. El bolivarianismo y su forma de redimir a los más desfavorecidos es el talón de Aquiles de quienes nos quieren salvar de esta España que maltrata a sus hijos, según palabras, peroratas y soflamas de los voceros de Iglesias. La extrema izquierda, al fin y al cabo. Como recomendaba André Gide, habrá que repetirlo mil veces. La vieja extrema izquierda, fracasada y autora de los mayores desastres del siglo pasado, queriendo resucitar de nuevo con la misma pretensión de antes: despojarnos de nuestra libertad, hundir la economía y romper la unidad de España. Es la clásica estafa de los populismos: falsos profetas y redentores que prometen océanos de riqueza a cambio de secuestrar la democracia.

EL DÍA SIGUIENTE

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Las declaraciones de los distintos contendientes en la presente campaña electoral no presagian nada bueno. Unas terceras elecciones serían un fracaso estrepitoso y lo sufriría sobre todo la economía, su economía. Lo cierto es que esto se habría podido evitar si Pedro Sánchez no hubiese pronunciado 17 veces el “no” a Rajoy. Nos habríamos ahorrado muchos problemas, además de esta vuelta a las urnas, y Sánchez habría entrado en la política de verdad por la puerta grande. Por la puerta del consenso, de la concordia, del futuro y de una vicepresidencia que le habría dado una mejor perspectiva que la que parece que se le augura para la noche del próximo domingo. Pensar lo que pudo ser y no fue es la empresa más estéril del ser humano. No perdamos más tiempo con ese lamento. Aprovechemos la lección y tratemos de sacar a España del atolladero de la ingobernabilidad, partiendo del respeto a la voluntad mayoritaria de la ciudadanía. Es decir, que el debate tras el 26-J debe abordarse con inteligencia, serenidad y sentido del bien común y de la historia. No desde el Iluminismo oportunista.

SEMANA DECISIVA

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Las encuestas que ayer conocimos dibujan un panorama inquietante. Sobre todo, porque da la impresión de que nada va a cambiar el próximo domingo. El riesgo es que mantengamos el actual bloqueo –responsabilidad original de los 17 «noes» de Sánchez a Rajoy– o que la salida sea a la desesperada con una revisión populista de las políticas públicas. Queda una semana decisiva. Seis días en los que todavía se puede movilizar a esos millones de indecisos o a los irresponsables que creen que al final no pasará nada. En esta campaña los grandes asuntos del país, y los suyos, amigo lector, han quedado aparcados. Ni una propuesta original ni un planteamiento sensato. Vótame a mí porque lo valgo. Tal es la síntesis de esta repetición electoral. Deberíamos ver el 26-J como una segunda oportunidad, y saber aprovecharla. Pero mucho me temo que ese mérito no lo vamos a adquirir, y menos aún si los sondeos aciertan. En la vida siempre se nos ofrecen alternativas nuevas, por eso la sabiduría clásica aconsejaba que nunca, nunca pierdas la ocasión de votar mejor.