UN REFINAMIENTO DEMOCRÁTICO

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La familia Bush, una de las sagas más conspicuas del republicanismo norteamericano, ha anunciado que votará por Hillary Clinton en las próximas presidenciales. Lo hacen porque creen que los valores de su país van a estar mejor defendidos por la candidata demócrata que por el populista Trump. Es posible que no le falte razón a una estirpe que alberga en su seno a dos expresidentes y a dos gobernadores republicanos. Pero reconozcamos, sin embargo, que ese comportamiento no es habitual. Ese refinamiento democrático de anteponer los principios a las personas y las siglas no es moneda de uso corriente, y todavía menos en esta España con políticos dispuestos a comprometer la unidad de la nación a cambio de la gloria efímera de pasar una temporada en La Moncloa. Los valores que uno abraza son los que te definen como persona, y como demócrata. Algunas de esas convicciones están por encima de tu partido. Hoy, sin ir más lejos, muchos votantes van a hacer como los Bush: cambiarán su papeleta tradicional por la salvaguarda de sus principios.

LOS DEBERES DE LA VIDA

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Entre los materiales con que se construye la vida, se encuentra la adversidad. Está unida indisolublemente con la otra cara de la moneda, que es el éxito. Solo aquellos que alcanzan altas cotas de sabiduría y espiritualidad saben que ambos lados del destino son impostores. En el entrenamiento permanente que supone recorrer el camino, conviene que nos enseñen a convivir con el fracaso, a entenderlo y superarlo. Por eso no deja de sorprender que algunos padres españoles estén empeñados en que sus hijos no tengan deberes porque consideran que los agobian. Sin entrar en el análisis minucioso de las tareas estudiantiles de cada día, a uno le inquieta el futuro que preparamos para esos muchachos: una sociedad débil, donde los ciudadanos solo quieren derechos y nunca la responsabilidad de los deberes. Cuando se educa a un niño en el rigor, la disciplina y el cumplimiento de las obligaciones, se está creando un demócrata. Cuando se le mima y consiente, se está dando a luz a un futuro dictador. De los padres depende.

GOBIERNO FRANKENSTEIN

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Pedro Sánchez y su contumacia nos ocupan más tiempo del que el valor real del personaje merece. Ya no sabemos cuál de sus rostros es el verdadero: el que quería ser investido con los votos de Ciudadanos o el que está dispuesto a perpetrar un Gobierno Frankenstein, con independentistas incluidos. Suena todo a broma, si no fuese porque está en juego una buena porción de nuestro futuro, también del PSOE, que puede acabar siendo la víctima principal de su secretario general. De continuar con esta deriva, no sólo facilitará a Rajoy la mayoría absoluta en las terceras elecciones, sino que obligará a una refundación del histórico partido que ahora mismo pilota hacia los acantilados donde naufragan hasta los mayores navíos. Y me temo que no le ocurrirá como a Eneas, a quien los dioses reservaban para grandes empresas. En la tarea común de la España moderna, ya no hay sitio para el empecinamiento. Hace tiempo que Sánchez debería haber hecho la autocrítica obligada y asumir que en democracia no se gobierna porque a uno le apetezca o al azar de los dados, sino porque la voluntad de los ciudadanos así lo expresó en las urnas.

DESCENTRALIZADOS

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España es uno de los países más descentralizados de Europa. Ningún territorio de nuestro entorno disfruta de las cuotas de autogobierno que poseen, por ejemplo, Cataluña o el País Vasco. En ambos casos, la factura resulta bastante gravosa al conjunto de los españoles. Claro que, bajo el imperio de lo políticamente correcto, nadie se atreve a opinar, y menos en período electoral, que el cupo vasco y el amejoramiento navarro son anacronismos en la Europa moderna. Al contrario, el secretario general de los socialistas, un tal Sánchez -en expresión de Arzalluz-, se ha descolgado pidiendo más autogobierno para las tierras vascas. Todo un síntoma del problema que enfrentan el PSOE y España, y de lo alejado de la realidad que se encuentra el líder de este partido. De ser cierto lo que una y otra vez nos dice el CIS, la mayoría de los españoles quieren justamente lo contrario. Nadie cuestiona el Estado autonómico, y de hecho, desde su nacimiento, no se ha suprimido ni una sola competencia. Ahora bien, sobrepasar en este momento el nivel de autonomía existente es como prometer un puente a quien no tiene río.

EL RELOJ DE LA DEMOCRACIA

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El tiempo pasa, y España sigue con un Gobierno en funciones por culpa única y exclusivamente de Pedro Sánchez. Que no diga que no ha tenido a su alcance todo un abanico de soluciones para sacar al país del atolladero. El líder del PSOE continúa dispuesto a hacer historia por la parte baja de la tabla. Observa impertérrito la desaceleración de la economía española, las amenazas de sanción de la UE, el envalentonamiento del secesionismo catalán, la pérdida de peso de nuestro Estado en el concierto internacional… y una extensa lista de daños colaterales cuya rémora nos perseguirá por días, meses y años. Su visión política y estratégica se reduce a su corral sentimental, que empieza y termina en él mismo. El tiempo pasa, y no siempre todo va a mejor. El reloj que marca inexorable el paso de las horas, como escribió Baroja, nos mata un poco a cada instante. Nada de lo que está ocurriendo nos va a salir gratis a los ciudadanos. Esperemos que no paguen justos por pecadores.

UNA QUIMERA ILEGAL

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La democracia es el imperio de la Ley. La que emana de la soberanía popular a través del poder legislativo. Es la gran diferencia frente a la arbitrariedad y discrecionalidad de las dictaduras, sean del signo que sean. Por eso llama la atención el desparpajo con que los sediciosos catalanes se quieren saltar el Estado de Derecho. Su propuesta es sustituir las leyes por un barómetro emocional, que ellos mismos establecen y desde el que pretenden manejar Cataluña con discrecionalidad. En función de cómo interpreten en cada momento esa emoción, se pueden saltar las normas a conveniencia. Todo un despropósito democrático que roza la locura. Pero, como nadie detenga esta demencia colectiva, me temo que la situación no acabará bien. No auguro nada bueno a una sociedad en la que calan el desencanto político y la impresión de haber entrado en un túnel sin salida, una vez que se aspira a destruir el orden constitucional y han puesto en riesgo su economía. En estos momentos, en Cataluña campa la desafección al sistema que les permitió llegar hasta aquí y la quimera de que todo es posible contra la Ley.

ESCUCHAR A LA CIUDADANÍA

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El PSOE debería escuchar a la España real, esa que votará el domingo que viene en el País Vasco y en Galicia, y que se expresará como lo haría cualquier otro lugar de nuestra geografía. A Sánchez le conviene prestar oídos e interpretar con honestidad lo que de verdad quieren los ciudadanos de a pie. Desde luego, no es impedir que gobierne la lista más votada, ni es la política cainita y bronca que él practica –y que de paso padecen sus propios compañeros de partido, Chaves y Griñán incluidos–, ni mucho menos la oferta de un bálsamo llamado «cambio», en cuyo interior habita la nada más absoluta. De confirmarse en las urnas los resultados para el 25 de septiembre que estima la encuesta de hoy de ABC, ese debería ser el argumento definitivo que convenciese a los socialistas para dejar el camino franco a la gobernabilidad de España por parte del candidato que ha ganado las tres últimas elecciones generales. Si ni siquiera así Sánchez rectifica, además de condenarse al desván de la historia, puede acabar con el PSOE fracturado. De ahí la importancia de saber escuchar el clamor del próximo domingo.

OR­DEN PA­RA TO­DOS

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In­ter­net es­tá prác­ti­ca­men­te en su prehis­to­ria. A la red de re­des le aguar­da un enor­me desa­rro­llo en to­dos los ám­bi­tos, e inevi­ta­ble­men­te el or­de­na­mien­to ju­rí­di­co ten­drá que re­gu­lar ese uni­ver­so que, por mo­men­tos, tien­de al caos y a la en­tro­pía. La Unión Eu­ro­pea aca­ba de dar otro pa­so pro­po­nien­do mo­der­ni­zar la nor­ma­ti­va co­mu­ni­ta­ria so­bre pro­pie­dad in­te­lec­tual. Es una ini­cia­ti­va más, aún fal­tan mu­chas, pa­ra que in­ter­net se ajus­te al Es­ta­do de De­re­cho del que tan­to pre­su­mi­mos en las so­cie­da­des avan­za­das. No to­do va­le, y me­nos el apro­ve­cha­mien­to del tra­ba­jo ajeno. No de­ja de ser una ma­ne­ra de la­tro­ci­nio de guan­te blan­co. Bru­se­las es­pe­ra que la nue­va re­gu­la­ción ayu­de a la pren­sa a pro­te­ger sus in­ver­sio­nes, ex­plo­rar vías de ne­go­cio y com­ple­tar su tran­si­ción al mun­do di­gi­tal; pro­pó­si­tos que re­dun­da­rán en jus­to be­ne­fi­cio de los edi­to­res, pe­ro tam­bién, y no me­nos, en el de­re­cho de los ciu­da­da­nos a re­ci­bir in­for­ma­ción ve­raz, a ali­men­tar su con­cien­cia crí­ti­ca y a en­ri­que­cer­se co­mo per­so­nas des­de la ma­du­rez que otor­ga el co­no­ci­mien­to de su en­torno. To­do eso de bueno ca­be en un pe­rió­di­co.

TENER HIJOS

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En España casi todo está en funciones, menos la vida. Ella sigue inexorable en su empeño por construir el futuro. Por eso hay asuntos en nuestra sociedad que siendo privados se tornan públicos, y en los que apenas se repara. El suicidio demográfico al que nos abocamos no parece preocupar a casi nadie. En la mayoría de países europeos ya se han puesto manos a la obra, valga la expresión. Es un terreno complicado, donde el estímulo no puede consistir en un cheque bebé. Como en tantos otros ámbitos, de lo sublime a lo ridículo solo hay un paso. Tener hijos es una bella aventura, una de las más hermosas. No estaría de más acompañarla de medidas públicas de protección a la maternidad, así como de toda una corriente de opinión que prestigie esa gran hazaña por la que las personas dejan huella en la Historia y en la Tierra. Los hijos son la mejor prueba de la capacidad del género humano para enfrentarse al dolor del día en que dejarán de estar con nosotros para dedicarse a quien de verdad pertenecen, a la vida, que nunca está en funciones.

GOBERNAR EN SERIO

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Una de las tonterías más sonoras que se han dicho en estos tiempos de bloqueo institucional es que sin Gobierno se está mejor. Se remiten, para argumentarlo, a la buena marcha de la economía española. Sin embargo, nada se improvisa, y aún menos las coyunturas económicas, que responden siempre a una determinada política. De no persistir en las medidas correctas, y como nos empeñemos en mantener la interinidad y la provisionalidad actuales, volveremos a sufrir las consecuencias, y no serán los más ricos los que más padezcan. El vacío de poder en el juego democrático está conjurado porque un Gobierno no deja de serlo hasta que hay otro. Por tanto, España sigue dirigida, aunque sea a medio gas. El sentido común señala que, si durante el período de alternancia surgen problemas de envergadura, el Ejecutivo en funciones debe actuar como si lo fuera en plenitud de facultades. En definitiva, una situación perversa que no ayuda a nadie y lo empeora todo. Frivolizar con la ausencia de dirección en el país no deja de ser otra equivocación más del momento.