Lealtad

Que Pedro Sánchez pida ahora lealtad, con 84 escaños y el apoyo de los golpistas, incita más a la náusea que a la carcajada. Es cierto que la política española anda muy necesitada de una cultura de la lealtad institucional. Es más, a España -y a los ciudadanos, en particular- le habría ido mucho mejor si los dos grandes partidos hubiesen practicado más esa confianza mutua que se han negado, en lugar de malbaratar la fortuna de este país en las subastas periódicas con los insaciables y codiciosos nacionalistas. El día que PP y PSOE aprendan de verdad la lección del recíproco apoyo y el respeto a los consensos democráticos elementales, habrán cambiado para bien la historia de España. Lamentablemente, no será Sánchez, ese hombre que les teme a las urnas, el que protagonice esa página esperanzadora de la política española. Tras ser rechazado dos veces por los votantes, ha forzado la aritmética parlamentaria hasta lo impensable y gobierna secuestrado por populistas e independentistas. Y ahora reclama lealtad. Suena a descomunal tomadura de pelo. Todo en él es impostura.

Desmemoria inducida

La doble vara de medir está instalada en la política española, pero pocas veces ha sido más evidente que ahora. Aconsejo vivamente al centro-derecha español que espabile en sus estrategias de denuncia de esta responsabilidad asimétrica. De lo contrario, se los van a llevar por delante a ellos, y me temo que a la propia democracia española. Veamos ejemplos: el evidente plagio de la tesis de Sánchez nunca fue desmentido ni han aportado prueba alguna que refute la información aportada por este diario. Quieren que la compresión de la ministra de Justicia hacia las actividades delictivas con prostitutas del excomisario Villarejo quede soterrada bajo la polémica diaria que este Gobierno y sus confluencias acostumbra a levantar. Las irregularidades fiscales de Celaá y Duque no aplican ante el fisco como al resto de los mortales. Los miles de euros gastados en clubes de alterne por dirigentes socialistas andaluces ya forman parte de la desmemoria histórica. El uso de un avión oficial para acudir a un concierto de fin de semana se convierte en secreto de Estado. La degradación de la conciencia crítica de la opinión pública es un hecho.

Gesticulación elocuente

En las aldeas gallegas le llaman «boi de palla» (buey de paja) a un animal grande, cuyo tamaño oculta su inutilidad. Es un macho que no trabaja ni fecunda, aunque aparenta en medio de la granja. Ese perfil se da con excesiva frecuencia en la vida política española: demasiada apariencia y poco fondo. En realidad, pura fatuidad. Pedro Sánchez, ese señor que le tiene miedo a que los españoles votemos, parece interesado en viajar en Falcon, en pasear por Nueva York con escoltas o en gastar el dinero público, que es de todos nosotros, en reportajes fotográficos propagandísticos. Mientras, las líneas maestras de su gobierno las va diseñando Pablo Iglesias, que se aprovecha de la narcisa debilidad egocéntrica del actual inquilino de La Moncloa. Así va colando las ideas centrales de su ideario, mientras el buey de paja de La Moncloa no arregla ninguno de los problemas reales de los españoles. Se limita a coleccionar situaciones tan significativas e inauditas como la que ayer protagonizó en el Palacio Real. En definitiva: el gesto es muy elocuente.

Viabilidad

Ya legislan y toman decisiones sólo para una parte de la sociedad. Como en su día Zapatero. Todo terminó con el mayor empobrecimiento de las clases medias, que siguen siendo las grandes olvidadas tanto del PP como del PSOE. ¿Quién se va a oponer a que el salario mínimo suba? Nadie. Pero ellos son especialistas en levantar cortinas de humo: los restos de Franco, la Mezquita de Córdoba y ahora el salario mínimo. Detrás de todo ello está la acción más perversa que recordamos en esta democracia, que es llevarse por delante los consensos y los contrapesos democráticos, despreciando a la otra mitad de España. Ni Sánchez ni Iglesias quieren elecciones. Están encantados de gobernar a pesar de no ganar el veredicto de la ciudadanía. Efectivamente, están sembrando la semilla de la fragilidad del Estado del bienestar. La experiencia y Europa ya nos dijeron que la clave no es gastar más en clientelismo, sino en hacer viable ese bienestar.

Desprecio a la democracia

La democracia española no pasa por sus mejores momentos. Nos gobierna un señor que fue derrotado dos veces, que apenas tiene 84 escaños y que, para auparse en la poltrona de La Moncloa, ha aceptado los votos de golpistas y filoterroristas. Tan poco cree Sánchez en el sistema, que desprecia a instituciones tan relevantes en nuestro ordenamiento como es el Senado. Prueba de ello es su decisión de no acudir a la Cámara Alta, en un acto más de maltrato al juego limpio, invocando el lodazal. Con su desplante, nos insulta a millones de ciudadanos que sí confiamos en nuestro modelo de Estado. Si no teme las críticas a su tesis, ¿por qué no comparece en el Senado y, en una lección de trasparencia, calla la boca a todos aquellos que albergamos serias sospechas acerca de su trabajo doctoral? Su nuevo regate a los senadores constituye un clamoroso ejercicio de autoinculpación. Pero la democracia no está en peligro en España por la mediocridad intelectual de Sánchez, sino por su afán de ocuparlo todo -incluido Correos-, despreciando instituciones, leyes, minorías y consensos. Y eso que sólo suma 84 diputados.

Divisiones y responsabilidades

A Sánchez y sus monclovitas, ahora les interesa engordar a Vox, ya que Ciudadanos es un rival en toda regla, hasta en Andalucía. La fragmentación del centro derecha, como ya ocurrió con la izquierda, no es exclusiva de España. Si no, que le pregunten a Angela Merkel lo que le ocurre con Alternativa por Alemania o a los conservadores ingleses el roto que les hizo UKIP, sin perder de vista que a la señora Le Pen no solo la derrotó Macron, sino en particular el virtuoso sistema francés de doble vuelta. Es una pena que el centro derecha español se debilite por la vía de la división, pero es la corriente general en toda Europa y en buena medida es responsable de ello el propio ciudadano de a pie. Siempre se me antojó un absurdo presentar al votante como el único libre de culpa en democracia. Pues no. La ciudadanía tiene mucho que ver en lo que ocurre, aunque unas elites gobiernan mejor que otras. De todos modos, me voy a permitir recordar que nunca hubo un heredero en política, incluso en las peores dictaduras, que se haya mantenido en las mismas posiciones que su antecesor.

Soberbia

Solo los humildes gobiernan bien a su pueblo, a tenor de la síntesis de la sabiduría oriental. Si es cierto este aserto, nosotros estamos al borde del cataclismo. Pocas generaciones de políticos ha tenido España como la presente: campeones en la soberbia, escasamente formados -cuando no fraudulentamente-, y muy sectarios. Sin capacidad alguna de respetar los consensos democráticos más elementales. Cuentan sus biógrafos que Julio César, Napoleón o Carlos Marx eran muy soberbios, pero también es cierto que les acompañaban la genialidad, la altura intelectual y una capacidad de trascender que la historia evidenció. No es el caso de los dirigentes que hoy sobreactúan en el escenario político español. Lo curioso es que esa actitud de prepotencia no viene avalada por ningún mérito de pensamiento o acción. Sus trayectorias son la nada. La mediocridad es la argamasa con la que tratan de levantar una imagen idealizada . Y la culpa de todo esto, amigo lector, es suya… y también mía.

Elecciones al fondo

El calendario electoral de los españoles comienza a agitarse. En poco tiempo, se votará en Andalucía, también huele a adelanto en Cataluña, y es segura la cita del último domingo de mayo próximo, cuando elegiremos de una vez alcaldes, presidentes autonómicos y eurodiputados. Ante este horizonte y conscientes de que a algunos partidos y a sus dirigentes les va en ello la supervivencia, nadie quiere hablar de elecciones generales, que son las que de verdad necesita el país. Es curioso y paradójico, pero la mayor fortaleza de Sánchez no es su brillante gestión ni su «gobierno bonito» -disculpen la ironía-, sino la estrategia de Podemos, PNV, ERC, PDECat y resto de convergencias, que prefieren asegurarse asientos en ayuntamientos y autonomías, antes de jugarse la cabeza en unas generales. Es imprescindible aclarar, y al mismo tiempo estabilizar, la situación política y volver a gobernar con la legitimidad solvente y democrática de una mayoría o suma de mayorías salida de las urnas. De lo contrario, la involución de nuestra democracia será crítica.

Obstinación económica

Así empezó el desastre económico de España en la época de Zapatero. Todos los expertos advertían de un frenazo que ni Solbes avizoraba. A continuación, los organismos internacionales -UE, BCE, FMI, OCDE…- alertaron de los errores que cometía el socialismo zapaterista mientras demandaban medidas correctoras urgentes. La contumacia y el desprecio a la opinión pública fueron la respuesta sectaria ante el cataclismo que se nos venía encima. Tuvo que llamar el todopoderoso Obama en mayo de 2010 para que el extraviado presidente socialista de la época se tomase en serio el bien común del conjunto de los españoles y dejara de gobernar solo para una parte de la sociedad. Aun así, el batacazo fue de proporciones colosales. Todavía hoy, diez años después, pagamos las consecuencias de no tener una política económica basada en la austeridad y el rigor de las cuentas. España ya debe todo su PIB. Y ahí vienen subidas de tipos, aumento del precio del petróleo… y un Ejecutivo desnortado y sin otro plan económico que perseverar en el error. Nos acaba de dar un aviso el FMI. ¿Cuál será el siguiente?

Chantaje

Pedro Sánchez, el hombre que no vislumbra el día en que convocar elecciones, sufre el chantaje de los partidos que quieren romper España y sin los que no estaría hoy sentado en La Moncloa. Lo grave es que ese órdago lo padece la sociedad española en su conjunto, víctima de la indignidad que representa gobernar con 84 escaños de un total de 350, y con el apoyo, convertido en soga, de la extrema izquierda y la extrema derecha nacionalista. Soportamos un timo escandaloso. La incompetencia del actual Gobierno y la desfachatez de los independentistas nos abocan a vivir los tiempos de peor calidad democrática de los últimos cuarenta años. Hay que decirlo con toda claridad: Cataluña nunca será independiente. No lo será porque no lo quieren la mayoría de los españoles, porque sería una ofensa a la inteligencia de los pueblos y porque el movimiento rupturista, violento y cutre de Puigdemont y compañía es, en sí mismo, una enorme impostura moral. Por eso fracasará, como siempre. Lástima que Sánchez no albergue mayor pensamiento político que el de la propaganda fotográfica.