IDIOMAS EN LIBERTAD

El valor del conocimiento y dominio de los idiomas está fuera de toda duda. Por eso apreciamos tanto la pujanza de otras lenguas que, en determinados lugares de España, conviven con el español, vehículo de comunicación para casi 500 millones de personas en el mundo. Hasta ahí todo tiene sentido. Lo incomprensible es cuando se instrumentaliza políticamente un habla menor, por muy nuestra que sea, para intentar negar el estudio y uso de otra que nos abre puertas, horizontes y posibilidades de crecimiento personal. La expresión oral y escrita forma parte de la sociedad de un pueblo y el idioma español es un derecho del que no se debe privar a ningún niño en ningún rincón de España. La inmersión educativa monolingüe es una injusticia que cercena el futuro. No hay lengua vernácula que corra hoy peligro en nuestro país. Solo está en riesgo la libertad. La capacidad de los padres para educar a sus hijos en español. Lo que no entiendo es el pavor de los nacionalistas a dejar que el ciudadano elija. El Gobierno de Rajoy, en uso de sus atribuciones en Cataluña, ha abierto una ventana a la libertad lingüística. Algo es algo.

INQUIETANTE SENTENCIA

Acatar las sentencias es un principio fundamental para quien cree en la democracia y en el Estado de Derecho. Así que no nos quedará más remedio que asumir el fallo del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. De ahí a que semejante resolución conforme a los ciudadanos de buena voluntad va un largo trecho. Hay que ser justo, pero por encima prevalecen los sentimientos humanos y, en ocasiones, la aplicación estricta del texto legal no se compadece con la terca realidad. Si la Justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, el par de etarras que segaron las vidas de dos inocentes anónimos que aquel día pasaban por la T4 de Barajas no merecen la compasión de unos jueces de extracción muy diversa, cuya trayectoria está sembrada de dudas. En particular el español López Guerra, a quien su adormecida conciencia ya le ha permitido perpetrar otras colaboraciones inquietantes. La sociedad española acatará la decisión del tribunal europeo, pero resonará implacable en nuestros oídos aquella frase de Quevedo: «Menos mal hacen los delincuentes que un mal juez».

ESPAÑA VACÍA

España se está quedando vacía, con un Norte convertido en un desierto verde y con un Sur cada año más afectado por la desertización climática y poblacional. El suicido demográfico que padece nuestro país no parece preocupar a nadie. Tenemos a los políticos enzarzados en lo inmediato y urgente, mientras se alejan de lo importante y trascendente. Aunque en esto, todos tenemos un poco de culpa. No obstante, quienes nos gobiernan deberían combatir la España hemipléjica que desarrollan hacia el Mediterráneo, en clara conjura contra el resto del país. Y mientras se perpetra ese desequilibrio en menoscabo de la cohesión territorial, las aldeas se vacían hacia los pueblos, que a su vez se van diezmando a favor de las capitales de provincia, que a su vez ven desplomarse sus padrones en beneficio de las grandes ciudades. El mundo que viene es de emplazamientos. Madrid, Barcelona -si se arregla el dislate independentista-, Valencia y Sevilla serán más importantes que el resto de España, como Londres ya lo es en el Reino Unido. A pesar de esa tendencia, conviene recordar que lo que da valor a una nación no es su territorio, sino quienes lo habitan.

POLÉMICA ESTÉRIL

Volvamos al tópico, sinónimo en este caso de la verdad, y el tópico dice que lo primero que se pierde en las guerras es la batalla del lenguaje. El eufemismo en unos casos y la perversión de los significados en otros sirven de arietes en esa contienda aparentemente incruenta. En el conflicto político actual se quiere convertir la guerra de los géneros en la gasolina de la confrontación. Una pelea absolutamente inútil que no nos lleva a parte alguna. La «nueva política» prefiere el insulto, los desórdenes lingüísticos y mirar al pasado, en lugar de proyectar el futuro de los ciudadanos. Por eso al final siempre termina ganando el PP. Porque entre las lentejas, que no los lentejos, y las «portavozas», el pueblo, la gente, los ciudadanos se quedan con las ideas de los pragmáticos y abandonan las polémicas que no nos hacen ni mejores ni más libres.

RAJOY EN ABC

Mariano Rajoy, como casi todos los políticos, tiene distintas versiones. Unas más brillantes que otras, pero todas con el denominador común de su compromiso con España y su unidad. Ayer, en el Foro ABC, demostró su habilidad en el manejo de la ironía y la retranca ante preguntas que no siempre fueron de su agrado. Por ejemplo, marcó bien clara la distancia entre su consistente y compacta posición política y jurídica en la controversia catalana y la ciclotímica actuación de PSOE y Ciudadanos. Es más, el presidente del Gobierno aclaró que tanto el descontrol de TV3 como la convocatoria inmediata de elecciones autonómicas fueron impuestos por la oposición ya que, según él, «no podía ir solo al 155». De hecho, insistió, «hubo que pelear mucho para que el “no” veleidoso al 155 se transformase en un “sí”». Esto ayuda a entender algunas imperfecciones de aquellos días cuando la historia está aún por escribir, pero en todo caso Rajoy ha probado que la prudencia y la paciencia, aunque hoy en día arrastran mala prensa, pueden servir para desquiciar al más contumaz de los adversarios.

EL INSULTO COMO ARGUMENTO

En esa hoguera de ambiciones que es el actual Congreso de los Diputados, prácticamente ha desaparecido la cortesía parlamentaria, pero sobre todo la capacidad de argumentar. La autodenominada «nueva política» prefiere descender por el tobogán de la ofensa antes que reconocer su derrota argumental. Se encuentran en lo más alto de la curva de soberbia. Su presunta superioridad moral, sin embargo, tropieza con su indigencia intelectual, evidenciada por citas mal traídas y en ocasiones inexactas. Este Parlamento de nuestros días, fragmentado y disléxico, parece servir para censurar al Gobierno, y poco más. Es deber de la oposición fiscalizar al Ejecutivo; bien está hacerlo así. Pero, un hemiciclo tan dividido sólo demuestra la incapacidad de la clase política española para llegar a cualquier tipo de acuerdo y, todavía menos, para tomar decisión alguna, salvo resucitar la Guerra civil. Por eso resulta tan fácil caer en la descalificación del oponente. Cuando no hay talento dialéctico ni fondo de armario con ideas, sólo queda el insulto que, paradojas de la vida, termina siendo un halago.

MEMORIA HISTÓRICA

Pedro Sánchez está empeñado en extraviar su futuro y hacérselo perder al resto de los españoles. Ahora que está de nuevo de moda citar a Churchill, le voy a recordar a los Sánchez y a Margarita Robles, de quien esperamos nunca más vuelva a ejercer como juez, que «si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro». El problema aumenta cuando ese pasado se analiza desde la óptica sectaria de una izquierda que no tiene más propuesta para las venideras temporadas que acrecentar el odio y el enfrentamiento entre los españoles. Por no citar el atentado a la libertad y a los propios valores democráticos de la Constitución que suponen algunas de esas medidas. Complicado lo tiene España con políticos tan poco imaginativos y contumaces. Como España no tiene problemas de paro, pensiones, demografía, territoriales, educativos, de justicia y la larga panoplia que amarga cada día al ciudadano normal, va el PSOE y, tras más de 80 años, nos trae la Guerra Civil. Gracias. Es por lo que clamamos todos. Nuestro futuro en las mejores manos, los molinos del porvenir a la espera de la energía ya pasada.

LO QUE NOS DICE EL CIS

Interpretar el último barómetro del CIS no parece tarea fácil. Su lectura admite múltiples reflexiones, incluso a veces contradictorias, pero todas ciertas. Así, aunque se constata el ascenso de Albert Rivera, Ciudadanos volvería a ser la tercera fuerza en unas hipotéticas elecciones generales. Tendría, eso sí, la llave para formar Gobierno, lo que no es poca cosa, pero falta recorrido todavía para que la formación naranja tome la delantera y queda partido hasta volver a las urnas. No hay que olvidar que Cs ganó en Cataluña porque se envolvió en las tesis de unidad de España, que el PP no supo o no pudo vender allí, y en las viejas esencias socialistas, que los nuevos dirigentes del PSOE desprecian, a pesar de que solo gracias a ellas triunfaron en la política española. El mensaje que envía el electorado a través del CIS es que, si Rajoy se va algún día, no necesariamente será Rivera quien le sustituya en La Moncloa. Porque siendo bueno el resultado de Ciudadanos, es insuficiente y su líder, con Arrimadas bien cerca, tiene todavía mucho trabajo.

EL GRAN CAPITÁN

El tiempo puede con todos los secretos. Con los inconfesables, los clasificados y hasta con los que en sí mismos encierran un enigma lleno de misterio. La reflexión viene a cuento por el asunto que hoy lleva a portada ABC, y que quizá sorprenda a muchos lectores. Unos creerán que es una decisión audaz, otros la verán desconcertante y muchos agradecerán que escapemos del cansino bucle catalán, que tanto tedio y aburrimiento genera en la mayoría de la sociedad española. Descifrar los códigos secretos a través de los cuales se comunicaban hace más de cinco siglos Fernando el Católico y el Gran Capitán constituye un hallazgo histórico de primer nivel y su conocimiento por parte del público es un acontecimiento que refrenda el extraordinario legado cultural del que somos herederos los españoles. Asoma tímidamente un rebrote de autoestima entre nuestros compatriotas, al tiempo que crece el interés por la Historia de España. Es curioso comprobar cómo muchas veces el pasado acude al rescate del presente.

INDISCRETOS

Los ruidosos terminan siendo inocuos. Cuando dices y escribes de más, acabas metiendo la pata. Entre los muchos enemigos del infeliz Puigdemont –además del Estado de Derecho, la democracia, el sentido común, sus fabulaciones y la decadencia social de su entorno– destaca su irrefrenable verborrea. Sermonear sin límite. Esa pasión por hablar para no decir nada le traicionó el martes, no sabemos si de manera calculada, en esa ventana al mundo que todos llevamos en nuestro bolsillo. En su móvil escribió que se siente derrotado y que la España democrática y avanzada ha vencido a su crepuscular sueño decimonónico. Suele argumentarse que los grandes hombres, los hacedores de nobles empresas y carentes de aversión al riesgo, guardan en silencio sus pensamientos, sobre todo para no alertar al enemigo. La impostura de querer aparentar lo contrario de lo que se piensa suele fracasar desmontada por la indiscreción del alma atormentada. Puigdemont ha dejado su epílogo en la prosaica pantalla de un teléfono.