Cuando la juerga iba en serio

Publicado por el Jun 12, 2017

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Adnan Khashoggi ha fallecido. Era un cromo de la Costa del Sol, zona ricos. A Adnan le hizo de relaciones públicas don Jaime de Mora y Aragón, que además les llevaba a los jeques la agenda del champán. Hablamos de los años 70, y de los 80, cuando Marbella era el paraíso terrenal donde los ricos y los golfos pillaron postura a dormir sólo de día. Por ahí andaban Philippe Junot, Sofía de Habsburgo, Brooke Shields y el propio Khashoggi, al que don Jaime siempre defendió, porque “el único defecto de Adnan es que está gordo”. Estamos en el apogeo de la beautiful people, que luego en el sitio degeneró en ordinary people. Don Jaime era un bigote de anfitrión alrededor del cual se sentaban pillos de yate y duquesas de tanga. A todos les echaba unas canciones al piano, que tocaba él mismo. La gran gruta de oro del momento fue el Marbella Club, fundado entre Alfonso de Hohenlohe y Rudolf Graf Von Schonburg, el conde Rudi, que casó con María Luisa de Prusia, una princesa que va al súper. En medio de aquel despiste se atareaba Gunilla Von Bismark, y otras Gunillas, cuyo empleo mayor era no hacer nada, porque resulta que en aquella Marbella no se gastaba el calendario laborable, y siempre quedaba pendiente la última copa. En las jaranas de aquella época, tenían la noche de barra libre Sean Connery, Nati Abascal, Luis Miguel Dominguín,   Manolo Santana, y hasta una Lolita debutante, entre otras gentes no de garrafón. Cito deprisa, por orientarnos. Rappel les adivinaba a todos el futuro de la noche siguiente, cuando lo apasionante era adivinarles el pasado alegre. Era el sitio la competencia de la Costa Azul, pero con Puerto Banús y el mejor horario de deshoras del mundo. Venían los truhanes de mariscada y las aristócratas de corsetería internacional. Marbella era Marbella. Allí anidó la beautiful people, con la Preysler de musa, allí se desmelenaban los jeques, tan millonarios de calvicie. Tuvo mucha foto en la época Linda Christian, aquel monumento de leyenda que salía en las películas de Bond, y que luego resultó consorte de Tyrone Power. Fue madre de Romina, señora de Al Bano, y Alfonso de Hohenlohe la convenció de una vida de coctelería en Marbella, donde era un poco o un mucho la viuda de su belleza mejicana con fina «línea de luna». Aquella Marbella fue insólita, memorable y puntera. Ahí el deneí era un aval de pobres, y a la noche mejor se llegaba en yate. La biografía era  coctelería. Gunilla era algo así como la jefa despeinada de todo aquel bronceado festivo, la prusiana de Málaga que se pasaba la vida tan contenta de lentejuelas. Triunfó de simpática en medio de una tribu de gentes internacionales que llevaban en la cara el estrés benéfico de haberse pasado la tarde en el empeño de la siesta. Fue la dorada época de tomarse la juerga muy en serio. Nunca volverá.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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