Las chicas del paddock

Publicado por el Jun 4, 2017

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La “paragüera” viene a ser como un ángel de Victoria´s Secret, pero con armario de entretiempo. Eso, y que no va la “paragüera” al tajo de la pasarela de París, sino a las carreras de bólidos del domingo. La “paragüera”, no obstante, es criatura tirando más a desabrochada, siempre a bordo del ombligo, para lo que toque, que es poner paraguas o sonrisa a los campeones de la moto o el coche. La “paragüera” es una invención de los ochenta, cuando los de Hawaiian Tropic pusieron un ramo de modelos fascinantes en la parrilla de las 24 Horas de Le Mans, todas muy abrigadas de biquini amarillo. Aquello cundió, y la Fórmula 1 parece más Fórmula 1 con una rubia de fondo. O varias. Los de la publicidad, que se equivocan poco o nada, descubrieron lo mismo que practican los artistas o los modistos clásicos: la belleza de la mujer. Pusieron de moda lo que ha sido siempre acierto antiguo: una chavala de lámina. Y así hasta hoy. Cunden, últimamente, las críticas a estas azafatas de maravilla, y en el ciclismo, por ejemplo, van perdiendo empleo. Están en lo alto del podio del viejo debate sobre la mujer como ornato, pero las azafatas defienden que lo suyo es un empleo normal, y las reverencian las marcas que las contratan. Nadie discute que las chavalas animan de juventud los paddocks, y que los aficionados enseguida tienen prisa por hacerse con ellas un selfie de cuerpo entero. En el ciclismo, es cierto, van desmayando en su oficio las azafatas, pero en el jaleo de la moto, o los coches, las chicas del paddock son sagradas, todavía. Resuelven una figuración exótica, y aportan un descaro de látex a un universo donde truena la cilindrada. El traje de látex, en concreto, tiene algo de cilindrada mayor dentro del erotismo o exotismo del ropero de estas gogós que no bailan, y de otras. Las “paragueras” son indiscutibles, todavía, en la Fórmula 1, y también en el motociclismo. Tienen algo de ángeles del vértigo, por convivencia con un deporte de prisas, y algo de diablas de día festivo, porque van de látex de dulce daño. Parece que hubiera un declive de la paragüera, o la azafata, por el ruido de los medios, que apuran que la mejor azafata es la azafata que no existe, igual que cantan las feministas. Pero las chicas del paddock están ahí, a lo suyo, entre las novias de los pilotos y la afición candente, convirtiendo en rutina la belleza soleada de su juventud entre ferraris. Son un susto, son un lujo. Procede recuperar aquí, para ellas, la iluminación del poeta: “Con el tiempo, he descubierto que la belleza, como la verdad, es frecuente”. En efecto. Como que la belleza se repite distinta, pero igual, en cada domingo de “las paragueras”. Toca carrera. Con Alonso o sin él.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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