Aquella tribu del ballet Zoom

Publicado por el may 7, 2017

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El ballet Zoom fue un invento de Valerio Lazarov, o sea, un ballet de la tele donde a la coreografía alegre de los integrantes le ponía Valerio el zoom propiamente dicho de su cámara alocada. El ballet Zoom resultó una revolución de discoteca en la tele de los setenta, y en principio bailaban en blanco y negro, y luego ya bailaron en color. Arrancaron en el programa “Señoras y señores”, un espacio de amenidades, en la noche familiar de los sábados, un guateque de tele que un sábado dirigía Lazarov, y al sábado siguiente José María Quero, que es como decir que un sábado tocaba desmadre y al siguiente convalecencia del desmadre anterior. Luego fueron prosperando en otros programas sucesivos, como “Aplauso”, aquel show del animoso Uribarri, o “Noche de fiesta”. El ballet Zoom era como un anuncio de Beneton, pero cruzado de atletismos musicales, y con armario frenético del momento, que era tirando a hippie. El ballet no era ballet, según lo canónico, sino un orfeón de bailones mágicos, chicos y chicas de todas las nacionalidades, donde triunfaron Charlie Hussey, Bob Niko, Giorgio Aresu, Yu Land, Americo, Jackie, Alberto, Sandy, y algunos otros, porque la alineación se renovaba, según temporada. Fueron muchos, pero ballet Zoom sólo hubo uno. El ballet llega a la tele después de estallar en el teatro. En 1973, rato arriba, rato abajo, Valerio Lazarov estrena en el teatro Barcelona el espectáculo “Telemusical en directo”, que llevaba de estrella a Carmen Sevilla, y Augusto Algueró, su marido de entonces. Ahí se incluye a un ballet de ajetreo  llamado “New Generation”, que llegaba de Londres, y en ese cuerpo de baile estaban ya algunos chicos o chicas de los que enseguida iban a engrosar el ballet Zoom, ya en la aventura de la tele. Este ballet se asienta en la programación, en principio, como un golpe de atrezzo, como un capricho coreográfico, como una tribu bailona que acompaña y completa, de fondo, a la estrella invitada de turno, que un día era Julio Iglesias, otro día era Luis Aguilé y al día siguiente Paloma San Basilio. Enseguida el ballet desborda este carácter de figuración, digamos, y se va logrando como una gran atracción en sí mismo, hasta ser la estrella mayor de la fantasía de la tele de los finales de los setenta. Gastaban un vestuario de geometría estupefaciente, y un desastre de volantes tropicales que se hubieran cosido en Londres. Eran como un Tropicana del pop, más el desquiciamiento del listísimo Lazarov, que era uno más, bailando con la cámara. Llegaron a grabar algún disco, incluso, pero están, sobre todo, de superventas de la coreografía nocturna de una tele que tenía de musas soleadas a Victoria Vera, Pilar Velázquez o María Salerno.

 

 

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