Los huérfanos de la Jurado

Publicado por el Apr 2, 2017

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Podría arriesgarse que Rocío Jurado es su herencia, y no nos referimos a la herencia musical, sino a la otra, que es un poco o un mucho la distancia cruda o desavenencia viva, entre la familia dispersa. Distancia, desavenencia, o trifulca, incluso. Lo digo porque Rocío Carrasco, antes Rociíto, no se lleva nada con su hermana Gloria Camila, ni tampoco con su propia hija. Tienen todos la guerra pendiente, por  resumirlo rápido. Uno siempre tuvo la impresión de que Rocío Carrasco, sin su madre incalculable, quedaba huérfana de más gente, y así ha sido, con el tiempo. A Rocío Jurado la homenajearon, no hace mucho, con un sello de su estampa, y ni siquiera la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre ha logrado reunir a esta familia donde hay mucha gente, pero no. Fue Rocío Jurado, durante meses agónicos, un telediario de sí misma, porque los reporteros acamparon en su sombra enferma, de funeral o prefuneral. Iba a Houston, regresaba a Montepríncipe, peregrinando al más allá, donde quizá sí había vida, pero no era vida. De modo que se murió de verdad Rocío Jurado, una eterna. Hace de esto más de una década, y los que ella quiso no se quieren, o no quieren quererse, y hasta van a los juzgados. La hija, Rocío, pasó de niña a mujer a la vista del respetable, y ha sido la fama misma, desde la cuna hasta la boda, una boda que declararon nula para hacerle todavía más fácil el olvido y dejarla casar en segundo propósito con Fidel Albiac, según fue su deseo de muchacha sentimental y obstinada. Antaño, fue esposa urgente, porque sí. Y también hace mucho, fue madre precoz, también porque sí. Rocío fue Rociíto, para qué extendernos. Rocío Jurado sufrió las maldades del cronismo de navaja, cuando la hija empezó a ejercer de famosa de plató, entre la altivez y la tontuna. Como madre, gastó la Jurado maneras de pantera, pero luego la artista lo ponía todo en limpio. Si había algún disgusto familiar, el daño le llegaba al alma. De modo que no queremos ni pensar el susto que pudiera darle ahora la vida, si mirara el panorama de la herencia sentimental. La Jurado fue matriarcal, y temible, por extremada, y por eso mismo inolvidable. Con el gancho de su nombre ilustre, se forraban en la tele chóferes, mucamas y otros zánganos que trabajaron para ella, o para la hija. Ha dado de comer a los traidores, y ha sido tema estrella de los platós de las trifulcas sin pisar nunca un plató para tales causas. Pero murió, y tras eso vino el desorden, o el desierto.  Ortega Cano bebió para olvidar, según él mismo ha confesado. Y los chavales adoptados han salido gentes de poca aula. Rocío hija tomó el equipaje de chica huérfana, y se fue, como una ola, a emprender otra vida. Todos tienen, eso sí, un futuro cargado de un común pasado.

 

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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