Un ramo de gigantes

Publicado por el mar 14, 2017

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El baloncesto español pega el estirón de popularidad en el año 84, cuando en los Juegos Olímpicos nos llevamos la plata. Aquello fue en Los Angeles, y el Real Madrid aportó a la selección ganadora un ramo de chicos prodigiosos, y enseguida míticos: Juan Antonio Corbalán, José Luis Llorente, Juanma López Iturriaga, Fernando Martín y Fernando Romay. A Iturriaga le hemos visto luego mucho por ahí, fuera de cancha, regalando ingenio de grandón que parece que se dispersa, pero no. Hace artículos, tele, o radio, cosas muy llenas de comunicador, porque él tiene una telegenia de verbo, que es la clave del que tiene calambre propio para comunicar, se ponga donde se ponga. Romay también se ha ido pluriempleando mucho, luego de su larga gloria de jugador de baloncesto, en programas de amenidad o foros diversos de cachondeíto más bien fino, que es el que a él le gusta. De Fernando Martín podemos decir, en síntesis, que fue un James Dean del baloncesto, un rebelde con lámina que se murió de accidente de tragedia de portada, a bordo de su Lancia, en la M-30. Era guapo, madrileño y un ídolo único más allá del deporte. El Madrid de aquellos dorados años ochenta bregó, a rachas, contra uno de los mejores equipos del Barca de siempre, donde militaban Nacho Solozábal, Juan Antonio San Epifanio, Chicho Sibilio, o  Andrés Jiménez. Citamos esta rivalidad con nombres por acreditar aquellos años de mucho firmamento de figuras, unos años felices que propulsaron el baloncesto al baloncesto que conocemos hoy, donde la NBA nos queda en el barrio. Como pasa sólo con los grandes, hay nombres que arrastran a la devoción de un deporte. Son los nombres de los deportistas que han excedido al deporte mismo. Iturriaga, Corbalán, Martín, o Romay nos llevaron al baloncesto, porque sus figuras brincaron la órbita de la afición. No practicaban el baloncesto sino más bien la gesta. Romay medía entonces 2,13 y era el pívot que le hacía falta a la selección nacional, y también al Real Madrid, para tutearse con Tkachenko, un mito. Costaba encontrar zapatillas de un 56, que era el número que él se gastaba. Hoy los zapatos y las zapatillas se las hacen, y se desempeña con la comodidad de un descalzo en los programas de buen humor y en los de los niños prodigio. Iturriaga es un talento que igual te coloca un artículo sobre el espíritu en pie que va y te da una cátedra sobre el desempeño ante el público. Escribió un libro, bajo título de gancho y gracia, “Antes de que se me olvide”, por ahuyentar angustias y aupar gozos, y también por negar de voz propia alguna mentira urbana “como que estuve liado con Fernando Martín, mito por excelencia del baloncesto español”, según él mismo ironizó en la presentación, con vacile muy de Bilbao, su tierra. Fernando Martín fue un apolo de la jet-set, que era lo que se llevaba entonces. Romay entrenó al principio con unas John Smith a las que les recortó la puntera, para que el pie entrara entero. Fueron, todos, los más altos de aquel tiempo. Y un poco de éste, aún. Un ramo completo de gigantes.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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