No sólo un rato en las carreras

Publicado por el mar 6, 2017

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Ayer se inauguró la temporada del Hipódromo de la Zarzuela, que tendrá en los fines de semana su momento mayor. No asuste el plan al lego de este enclave madrileño, ni tampoco la bella, larga y nobiliar palabra, “Hipódromo”, de tanta connotación añeja, porque el Hipódromo es, desde hace unos años últimos, un recinto de recreo donde conviven las carreras de potros con la oferta gastronómica, la actividad infantil o bien la música en directo.

El Hipódromo tuvo, antaño, un público de aristocracia, que asomaba al sitio por devociones de la hípica. Era un fino público profesional, digamos. Y, naturalmente, de élite, por la pasión del caballo escogida, una pasión entre la sapiencia de los galopes y la coquetería de pamela. Eso aún se sostiene, pero en convivencia alegre con un “Hipódromo” que da recreo a los críos, y sirve pulpo, arroces o picaña a los que buscan un menú antes o después de apostar en las carreras. Hay varios restaurantes a propósito, muy celebrados, y también muy premiados. El “Hipódromo” viene de lejos, con una construcción de arranque en el 1931, y bajo sucesivas reformas después. En el 2009 fue declarado Bien de Interés Cultural. En 2012 ganó el Primer Premio del Colegio de Arquitectos de Madrid por su proyecto de Restauración y Rehabilitación. La amplitud del recinto lo emparenta con los monumentos de belleza desperezada, y consta de unas tribunas que son un ingenio de la arquitectura. El recinto tiene más de 100 hectáreas, y viene a ser otro pulmón de la ciudad, con el Parque del Retiro. Contamos todo esto porque el “Hipódromo” resulta un tesoro único para quienes practican la pasión de las carreras, y también para quienes buscan un recodo de ocio distinto, con familia, o sin ella. Las mañanas del fin de semana vienen aparejadas para un entretenimiento puramente familiar, donde igual los niños pueden distraer el domingo entre columpios que iniciándose en la curiosidad por los purasangres, esos parientes del relámpago. Es este un plan diurno. Porque luego está el plan nocturno, que incluye cena con vistas a las carreras, y luego discoteca hasta la madrugada. En cuanto la primavera se instala, gozan de mucho tirón las noches de los jueves, donde recala una punta selecta de gente guapa, y luego un ramo de curiosos que preferían un maratón de copeo distinto a Lavapiés. En verano, la visita es una elección infalible.

 

 

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