Un virtuoso de lo imprevisible

Publicado por el Feb 19, 2017

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Maradona tiene algo de Keith Richards del fútbol, de matón de su propia gloria. Ahora lleva aires de rapero, y se ha dejado una barba de califa, pero en su día fue un bajito que superaba a los gigantes. El “10” de la mayor magia, Diego, el pibe de oro. Siempre ejerció de hipnotizador de rubias, y hasta Calamaro le regaló una canción, “porque Maradona no es una persona normal”, según arriesga sin riesgo el estribillo. Maradona es un tipo que la lía, ahí donde va, tirando de un gansterismo sonámbulo que no necesariamente es pose. No está en el elenco de santones que van de traje de cóctel a las galas de los balones de oro. No es de codearse en las cúpulas, pero se va a Dubai, de embajador deportivo del emirato, y se lleva a la novia veinteañera, Rocío Oliva, jugadora de fútbol femenino, y chavala de vitola en las discotecas bonaerenses del jaleo fino. Con ella ha estado ahora por aquí. Cuando jugaba “el Pelusa” en Barcelona, agredió a Miguel Angel Sola, del Athletic de Bilbao, y así le cayó una sanción de meses, y luego puso rumbo a Nápoles, donde hay de él mucha memoria, mitad amarga, mitad gloriosa. Hasta tuvo un hijo de italiana, en encuentro fugaz, que lleva su apellido, por dictamen de ley, y tras el litigio correspondiente. Luego, ya a mediados de los noventa, en su casa de Buenos Aires, se entretuvo en el deporte de intimidar a periodistas curiosones de la zona, usando un rifle de aire comprimido. Podría decirse que en estadio fue un virtuoso de lo imprevisible, y también fuera del estadio, sólo que ahí cambiando el balón por la bronca. Bordaba el regate de zurda, y borda la bronca entre reporteros o hinchas. Tiene seis hijos de cuatro mujeres. Y aquí va el exótico libro de familia: Dalma Nerea y Giannina Dinorah son hijas de Claudia Villafañe. Diego, de Cristina Sinagra. Valeria Sabalain es madre de Jana, y Verónica Ojeda de Diego Fernando. De momento, con la novia en vigor, Rocío Oliva, no hay descendencia. Es un padre de familia que suele estar pendiente de la última novia. Y a veces ni eso. En Polinesia, cuando iba de vacaciones con Claudia, le rompió un vaso en la cabeza a una turista. En Croacia, a la hora de cierre de una discoteca, se puso a la pelea con un peatón que le había aludido. Ha dado tardes de gloria, y ha dado noches de no pasar el control antidoping. De todo hay hemeroteca sobrante y a veces patética. De pronto desaparece, como si se tomara vacaciones de sí mismo. Pero luego regresa, y con él el show. Camina como los muy altos, entre el santo de sí mismo y un púgil de permiso.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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