Las herederas de Grace Kelly

Publicado por el feb 5, 2017

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Carlota es un cruce de su madre, y ninfa. Y su madre, Carolina, resulta una Carlota con nietos. Quiero decir que son acaso las dos mujeres con la lámina mejor de la aristocracia internacional del momento, y son dos biografías de ajetreo, una en lo alto de la juventud, y la otra ya en esos días en que el peluquero es un pintor de canas. Carlota, durante épocas, vino cumpliendo de  ninfa primera del panorama mundial, aunque pronto la vimos como muy crecidita y con el empleo sabido de relevo de mamá Carolina, a la que igualó en cromo de hermosura, y también en juventud de alegre trote. Carlota se enamora de exóticos, como su madre, en su día, y se mete a maniquí de firmas de oro, también como su madre, sólo que de otra manera. Es lo que suele pasar con las jóvenes aristócratas que huyen de la prensa. Van, pillan carrera, y se esconden en un anuncio, donde las ve todo el mundo, pero nunca llegan los paparazzis.  Carlota es el relevo de mamá, y el relevo de la abuela, la chica radiante que tiene en la copa de su árbol familiar a Grace Kelly, y que ha puesto en su vida a un actor, el exótico Gad Elmaleh, marido sin matrimonio y padre de un hijo de pocos años. Se entiende que a su madre, Carolina, estas elecciones sentimentales le parecen bien, entre otras cosas porque ella tiene experiencia en hombres no convencionales, como aquel playboy con el que se casó frente a todo consejo, Philippe Junot. Lo de Gad terminó bajo el mismo silencio con el que comenzó, y lo de Junot acabó con el diagnóstico previsible: el tipo era un cara. Entre Carlota y Carolina hay, incluso, una melancolía de estar siempre pensando en lejanías, si nos fijamos, y a lo mejor eso se avala porque a las dos les falta el mismo hombre, Stéfano Casiraghi, que a Carolina la hizo viuda, en su momento, y a Carlota huérfana de padre. Carolina, de joven, fue chica de amoríos inconvenientes y trasnoches de muchos idiomas. Carlota se ha quedado en muchacha libre que se enamora de un cómico mayor que ella, y después prueba suerte inútil con un director de cine, Lamberto Sanfelice. Pero tampoco se pasa, y su madre sí que practicó el despilfarro sentimental. De Ernesto de Hannover se separó por el rito del silencio, que es como Carlota presentó embarazo sin hacerlo, porque el embarazo de Carlota no lo confirmó un comunicado, sino un bañador, el bañador negro de tripita incipiente que llevaba cuando le hicieron a traición la foto de test saliendo de una piscina. Carlota se emplea a veces de monada de anuncio, pero  es un anuncio de monada. Como Carolina cuando era Carolina. En unas fotos no remotas  vimos a Carlota en una gala del Louvre, con modelazo vaporoso que parecía del fondo de armario de Carolina. Y que quizá lo era. Pero ella era y no era la madre.Igual que la madre es y no es la hija.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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