Una tribu de la imaginación

Publicado por el Jan 30, 2017

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Los hijos de Lucía Bosé y Luis Miguel Dominguín son gentes de hueso alto y familia museal, porque si miras al fondo hasta nos sale Pablo Picasso como un pariente de tránsito, entre un torero y una actriz, que son los oficios del padre y de la madre de Paola, Lucía y Miguel. Es rarísimo encontrar fotos de la familia en pleno, que antes hace coro nutrido, y suficiente, en un desfile de moda que en un cumpleaños o en un casorio. Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé se casaron en Las Vegas, en marzo del 1955, pero repitieron el vínculo en Madrid, por la Iglesia, el 19 de octubre de ese mismo año, porque el rito previo se entendía frívolo y estéril en la España de entonces. Aquello se cumplió en la finca del matador, “Villa Paz”, en el término conquense de Saelices. Se casaron, pero hablaban distintos idiomas, empezando o acabando por el idioma propiamente dicho, que en ella era el italiano, y en él el español. “Yo creo que así nació nuestra pasión –ha declarado alguna vez Lucía-. Porque no nos entendíamos. Cuando empezamos a comprender quién era él, y quién era yo, empezó la crisis”. Y la crisis duró hasta que se separaron, en el 1968. Llegaron a tener un cuarto vástago,  que murió cuando apenas había cumplido un mes de vida. Lucía ha aludido a menudo a Luis Miguel como “el torero”, con acentuación larga de ironía, avalando así que el traje de luces también lo llevaba, sin llevarlo, para lidiar en los cócteles de hermosas. Daba la vuelta al ruedo también en la suite de los hoteles. La actriz Miroslava, un amor sostenido del torero, en la distancia, apareció muerta en su casa de Méjico, justo ocho días después de la boda de Dominguín en Las Vegas. Dicen las hemerotecas que no pudo resistir aquella noticia. Las faenas de alto trofeo en los ruedos de Luis Miguel ya las glosaron los que saben de su difícil arte, y sus méritos de macho que se arrima tienen los nombres fascinantes de Deborah Kerr, María Félix o Romy Schneider. Esos, y el de Ava Gadner, con quien sostenía un romance quemante dos tardes antes de conocer a Lucía Bosé. Nos salió, en asuntos de guapas, un atleta “no nacionalista”, como creo que alguna vez aventuró finamente Andrés Amorós. Cuando Luis Miguel y Lucía se separan, hay discordia cruda, y pugna del torero por los hijos y el chalé de Somosaguas, que al fin se resuelve por lo cívico. Luego viene que Miguel se convierte en Bosé, que Paola milita de maniquí, que Lucía prefiere retirarse del escaparate. Estamos ante una familia que es, en rigor, una tribu creativa donde igual se ponen a inventar cerámicas color de infancia que a reformar un hotel que será la ruina. La dispersión no es alternativa de provecho, pero Paola, Lucía, y a veces el mismísimo Miguel, aunque menos, han logrado un sitio a fuerza de ir probando promiscuidades, que van desde las faenas de interpretación a los peligros de la loca empresa propia. Van dejando en herencia el talento, el exotismo, la heterodoxia.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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