La heredera melancólica

Publicado por el Jan 1, 2017

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En los ojos color aguamiel de Athina asoma a veces la tristeza de su madre, la difunta Christina Onassis, aquella celebridad “tan pobre que sólo tenía dinero”, según la acuñación de ingenio a propósito del caso, y de algunos casos semejantes. Aunque casos semejantes hay pocos. Ninguno, si nos ponemos serios. Christina Onassis murió a los 37 años, después de una biografía de excesos insomnes y amores fallidos, y así Athina, la hija, quedaba huérfana de madre cuando sólo tenía tres años. Su padre, un playboy de mérito, Thierry Roussel, se hizo cargo de la cría, reuniéndola con su familia en curso –la de Thierry, no la de Athina-, que constaba de esposa y tres hijos, Sandrine, Johann y Erik, una de ellas en la edad exacta de nuestra protagonista. De modo que Athina tenía madrastra, y tres hermanos de padre, porque el padre se casó por interés alegre con Christina Onassis, mientras iba manteniendo otra familia oculta, o no tanto, en Suiza, que es donde hubo de crecer y se educarse Athina, luego de dejar Grecia. No fue un tiempo dichoso para Athina, y en cuanto pudo voló. El remate de su independencia podemos atribuirlo al jinete brasileño Doda Miranda, que más pronto que tarde sería su marido, durante una década larga. Podríamos arriesgar que Athina ha sido una mujer dedicada a menudo al empleo de huir de sí misma, porque no le gusta hacer ostentación alguna de su riqueza, y porque teme los riesgos de su apellido de portada planetaria. Es una Onassis que prefiere tirar poco de apellido. Poco, o nada. Estamos ante la superviviente de una familia de navieros que fueron el esplendor mismo, en Grecia, durante los años cincuenta. Dicen los que dicen saber de contabilidades incontables que la herencia percibida, en su día, por Athina pudiera estar cerca de los 2.000 millones de euros. Eso se ha publicado por ahí, aunque en cábalas de tanto fortunón no va fácil el número ajustado. Athina, hoy, tiene por delante una vida de divorciada, y en el pasado un abuelo, Aristóteles Onassis, que fardó de fama y sedujo a las mujeres de mayor vitola del momento, Jacqueline Kennedy, y María Callas. Hace unos años, Athina vendió la isla de Skorpios, joya del imperio familiar, por cien millones de euros. De algún modo, hoy, está preparando un divorcio de mucha campanada, lo quiera o no lo quiera, porque es quien es, y aunque haya desertado, por autoprescripción, de la vida de salón. Tiene los amigos justos, que es decir unos amigos pocos, y ahí cuenta Marta Ortega, la heredera de Inditex, a cuya boda con Sergio Alvarez sí asistió Athina. Hay en ambas, Athina y Marta, una pasión común por la vida retirada y los caballos fabulosos. A todo ello ayudó Doda, jinete de título y marido cumplido, que ya no está, pero sí. A Athina, a menudo, le asoma en la mirada la melancolía de la huérfana.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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