El cumpleaños doble de la Plaza Mayor

Publicado por el Dec 26, 2016

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La Plaza Mayor, en Madrid, está de doble cumpleaños. El primer cumpleaños es el 400 Aniversario, que viene ya mismo, en el 2017, cuando se cumplen cuatrocientos años del diseño de los planos de este enclave, por parte del arquitecto Juan de Mora. El segundo cumpleaños es la Navidad, porque la Plaza Mayor tiene en estos días su celebración anual, cuando llega ahí el mercado navideño, con sus pastores de miniatura, con sus musgos de pliego, con sus abetos de esqueleto vivo. Naturalmente, hay, ya, una Comisión del IV Centenario de esta gran Plaza, y se anuncian proyecciones históricas del sitio, en las fachadas remozadas, un probable recital de Plácido Domingo, y el emplazamiento del bocadillo de calamares más grande del mundo. Hay que cerrar iniciativas, todavía, y reultimar las citadas, porque la celebración no abarcará el inminente año próximo, sino todo ese año, y luego todo seguido, hasta el 2020, que es cuando coinciden bajo exactitud los cuatro siglos transcurridos desde su inauguración, en la época de Felipe III. Lo del bocadillo gigante de calamares, si se concreta, es una iniciativa de segura buena voluntad, pero de imaginación escasa. De momento, la plaza está de celebración navideña, y no estaría de más el encargo a quien proceda de ir retirando la basura de cartonería que decora casi a diario el mercado, porque nos gastamos en el consistorio mucha ocurrencia, pero poca limpieza. La higiene callejera es una iniciativa antigua, pero aquí nadie la remata. La Plaza Mayor es un plaza de día y otra plaza distinta, en la noche, como la ciudad misma. En la noche, con este mercado de fantasía,  la Plaza Mayor coge un aire cinematográfico, irreal casi, donde la memoria se cruza con la fantasía. Lo único, que afea mucho el desescombro de descuido, y todo el guateque de disfrazados de fauna de Disney, que pillan unos céntimos, por hacerse un selfie de figuración con el turista. Ya en el día, los críos hacen su recreo jubiloso por la zona. Quien no se lleva un abeto para el adorno preceptivo se compra una careta, o un matasuegras. En la noche navideña, la plaza tiene un amor de luces pálidas entre el frío y una tribu de las guirnaldas haciendo su sitio de brillo entre la cháchara de los paseantes. Hay entonces una belleza de otro siglo, un encanto parado en el aire, con algo de hora extraviada de Nueva York que se ha venido a la Casa de la Panadería. Duelen entonces  los mendigos dispersos, y eternos, que aún duermen la penuria bajo los arcos monumentales. Hay que buscar remedio urgente a la orfandad de estas pobres gentes, que hacen picnic de abandono en una plaza de postal, hoy en vísperas de su gran cumpleaños.

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