Un escaparatismo del buen vivir

Publicado por el oct 13, 2016

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El Mercado de San Antón es una bacanal de las naranjas, un tiovivo de la pastelería, una discoteca del marisco fresco. Quiero decir que el Mercado de San Antón, como todo gran mercado, es un día festivo de la compra, un alegrón de manzanas, un domingo del escaparatismo de las hamburguesas, que ahora se llaman hamburguesas gourmet. El Mercado de San Antón cumple 75 años, pero cada día es  el cumpleaños de las fresas en el sitio, la efemérides de las lubinas o los plátanos de vitola que se venden ahí. La ciudad empieza a despertarse en sus mercados, se despereza al fin cuando a los mercados le llevan, tan de mañana, la carne de finura o los pescados salvajes, y así se ha ido cumpliendo la vida en el Mercado de San Antón, que ha sido varios mercados sucesivos. Se inauguró en el 1945, cuando las mercancías se aupaban en cajones, al aire libre, entre el mercadillo de poco momento y un picnic que ponía cierta suciedad en la zona. El mercado se hace estable y cubierto unos años después, con pilares de hormigón de poca vitola arquitectónica, porque el afán del sitio era plenamente popular, y porque acero había poco o nada.  Ya entonces era el mercado del barrio de Chueca, como ahora, sólo que ahora es un despliegue de escaparates de diseño, tiendas de exquisitez y unos bares de diseño, como remate de azotea donde alternan los modernos de la zona, y los turistas que se asoman a ver un Mercado distinto, entre el centro comercial y un show de arquitectura. En los años setenta, ahí comparaba la vecindad cuyos hijos se criaron en la década del desarrollismo y el baby boom. En los ochenta, el barrio de Chueca pegó su gran estirón de modernidad urbana, se adorna de campeón de la vida noctámbula, y el Mercado, que es feo edificio, por fuera, es en rigor un mercado rico, próspero y monumental por dentro, porque es el mercado extenso y de calidad de toda la vida, con sus comerciantes sabios y añejos en convivencia plena con los vecinos, tan amigos del consejo, a la hora de comprar esto de aquí, aquello de allá. Esto siguió ocurriendo en los noventa. Dicho de otro modo: fue un templo del buen vivir de aquellos años. A partir del 2002, cambia mucho la cosa, acometiéndose una gran reforma, que se tiene remate en el 2011. De ahí viene el nuevo Mercado que tenemos hoy mismo, con luces leds, climatización graduable, puestos de pulcritud y un diseño homogéneo e innovador. Madrid sigue amaneciendo por sus mercados, en general, y por éste, en particular. Tiene foto de postal.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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