Aquellos veraneos de la vieja política

Publicado por el Aug 14, 2016

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Felipe González pillaba un velero, en Mallorca, casi al alba, y los vigilantes de aquel club de vela, y la Guardia Civil de la zona, se pegaban el susto de descubrir de pronto al presidente en vigor pluriempleado de navegante oculto. Antes, el propio González sostuvo afición, ahí mismo, por la pesca con volantín, y hasta pescó un mero casi de museo, cuando debutaba en estas faenas, allá por los ochenta. Eran momentos de vacaciones de ráfaga, por lo general, pero otras veces el asueto se ensanchaba de días. Entonces era la cosa un show en condiciones, o sea, un veraneo, palabra hoy oxidada, y como demodé, pero tan precisa para afinar el tiempo de paella, sangría y siesta, en lo alto de agosto, aunque luego paella, sangría o siesta haya poca, o ninguna. Lo digo porque ahora los políticos sólo se pillan un asueto de puente de agosto. Hay tajo. Hay casi más tajo que en el año en funciones que llevamos. Y sin casi. Pero a lo que íbamos.  Aznar tuvo sitio de sus veranos en Oropesa, Marbella y Menorca. Ahí en Oropesa, un empresario de Porcelanosa le alquilaba un chalet, y ahí quedó para los siglos la lámina de los abdominales lucientes de nuestro veraneante, un alarde apolíneo en el que llevaron culpa Bernardino Lombao, entrenador personal, y el nutricionista Rafael Santonja. Luego Aznar dejó aquellas tierras, y gustó más del sur, o bien de las islas. Aznar, y también los posteriores presidentes sucesivos, han sido asiduos de Doñana, por mayor o menor rato. La finca es patrimonio del Estado desde 1992, y fue Felipe González el primero en decidir este paraje natural como residencia de verano. Zapatero pasó por Doñana a menudo, pero prefería la isla de Lanzarote, donde él practicaba footing, y Sonsoles Espinosa el submarinismo. En la casa Palacio de Las Marismillas, en el corazón de Doñana, dicen que se quejaba a veces Sonsoles de los mosquitos bullentes de la zona. Ahí, Carmen Romero daba clases particulares a los hijos de los forestales que así lo preferían, y también dicen que ahí Ana Botella puso un abrigo de enmoquetados a la casa principal, para los rigores vengativos del invierno. Son cosas que va dejando el verano de los políticos para todos los inviernos del peatón. González, en Mallorca, a veces no pillaba el velero, pero sí iba a las calas de La Cabrera, con el purito puesto, y de remate un bañador de plusmarquista. No había entonces instagram o twitter, pero sí había fotógrafos de las fotos de hemeroteca, que es en rigor lo que vale y queda. Un álbum de la familia de los políticos de antaño, que es un poco o un mucho nuestro propio álbum estival de familia. Allá en la aurora de la Transición, por días traspapelados de Mallorca, Adolfo Suárez  se echaba a navegar junto a su familia, que era como inventar un picnic de domingo en tarde de lunes agosteño, y en medio del mar.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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