Un tal Ernesto

Publicado por el Aug 10, 2016

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Se llama Ernesto Augusto Pablo Otto Ruppercht Oskar Berthold Fiedrich-Ferdinan Christian Ludwid Hannover. O sea, que será cualquier cosa, menos un cualquiera. Salió millonario en títulos de nobleza. Abreviando, es el príncipe Ernesto de Hannover. Enrama, en las lejanías, con nuestra Familia Real, zona Reina Sofía. En la hemeroteca reúne broncas y alcurnia. Ahora está de moda porque un hijo suyo está de boda. Ernesto ha sido a ratos el marido ausente de Carolina de Mónaco, a ratos. Cuando en Madrid se casaban Don Felipe y Doña Letizia,  bajo aquel  diluvio, prefirió quedarse a dormitar nuestro hombre en el Hotel Ritz la resaca de la noche anterior. A Ernesto es que a veces se le complicaban mucho las cosas. Unas versiones aprueban, desde entonces, que cerró con entusiasmo la barra del bar del gran hotel madrileño y otras versiones encumbran que casi vino a pillarle el alba abierta trotando por las grutas de oro de “Madrid la nuit”. Lo mismo da. Lo que sí está claro es que no apareció en la boda propiamente dicha, aunque sí asomó en las celebraciones previas, lo que le puso a huevo al personal castizo la oportunidad única de eternizar el giro “hacer un Hannover”, que es la versión actualizada del “a mí, señores, que me echen un galgo. O dos”. Por entonces, era el marido de Carolina, marido ausente, o no. La pareja ha sido muy frecuentadora de España, y hubo suficientes años sucesivos, allá por los inicios del 2000, en los que aterrizaban mucho por aquí, rumbo a la finca Las Golondrinas, o rumbo a la finca Aguas de Verano, ambas en dominios cacereños, donde se daban al ejercicio de la caza. Cuando el matrimonio entró en declive, cundía por ahí que la ruptura podría acreditarse definitivamente si faltaban a la cita otoñal y española de la caza. Ernesto iba mucho con Carolina a Extremadura, y luego, él solo, ha cumplido de inquilino de Ibiza, donde últimamente milita en la contemplación, pero antes fue fiestero. Hace unos años, padeció una pancreatitis que casi le lleva al cementerio. En la clínica Nuestra Señora del Rosario, en la isla, le trataron de algo al respecto, que cundió enseguida como un susto terminal. En los periódicos, ultimaron en secreto su obituario. Pero resucitó enseguida, y el obituario quedó en anécdota playera, naturalmente. A rachas, el príncipe ha cumplido de iracundo, y hasta reinventó el paraguas como arma urgente para ahuyentar  paparazzis. La boda con Carolina empujó a Ernesto a un palco puntero en las páginas del gremio, y ahí se fue fundando su mala fama de aristócrata con el verbo palabrón y la mano más bien larga. Después de haber estado, por momentos, más allá que acá, parece haberse reformado convencidamente. Se intuye que lleva más cuidado con los frascos. Y también, de paso, con los paraguas.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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