Un príncipe al revés

Publicado por el jul 30, 2016

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Hubertus de Hohenlohe es un príncipe al revés, porque no se ocupa del protocolo sino de la despreocupación, y ha seguido una biografía de deleites poco propios de su condición de parentesco con la Familia Real de Wurttemberg. Hubertus le ha dado al esquí, a la fotografía, a la canción, y ha puesto empleo, entretanto, en sostener el espíritu del Marbella Club, que fundó y aupó su padre, Alfonso de Hohenlohe, allá por los sesenta, como un paraíso con piscina, que aún dura. Hubertus, que tiene una memoria de mucha imaginación, ha decorado ahí una suite de mucho énfasis pop, y no le quedado hortera la cosa, créanme. Hubertus salió príncipe, por genealogía, pero salió artista plural, porque sí. Ha sido esquiador profesional, fotógrafo de firma, y cantante que va y titula “Andy Himalaya” un primer disco, y luego va y reincide con un segundo que titula “Royal Disaster”. Los dos cargan mecánica y perfume de música ochentera, digamos, y Hubertus se emplea en ambos con la misma pasión desabrochada, como ha hecho siempre en las aventuras diversas de la vida. Hubertus tiene una madre de museo, Ira de Furstenberg, y fundó en el 1981 la Federación Mexicana de esquí, porque el nació ahí, en México, por azares viajeros. En el 1984 representó a su país en los Juegos Olímpicos de Sarajevo. Como fotógrafo de vitola, le ha hecho el retrato a Zinedine Zidane, y a Charlene Wittstock, cuando era una sirena de competición y no la consorte melancólica de Mónaco. Compitió en lo del esquí, en Vancouver, ya con cincuenta y tantos palos a cuestas, y al llegar a la meta, en el puesto 49, o 50, sacó la lengua, y rió a carcajadas. Iba vestido, para la gesta, de traje estampado de bandido mejicano. Está Hubertus en todos los tajos alegres, hasta que el cuerpo aguante. Y hasta le da tiempo a seguir fijo en la mujer única, Simona Gandolfi, con la que lleva décadas de maravilla. Como esquiador, es un memorable mariachi. Como cantante, es un pintor de micrófono. Así en general, Hubertus resulta un tipo de optimismo, y muy buen pelo, que hace en la televisión austriaca un programa personal de viajes, donde va y presenta ante la cámara a gentes que le dan vicio al don creativo, en los últimos recodos del mundo, bajo la palmera penúltima de la lejanía. Como esquiador se ha empleado en muchas competiciones, pero jamás ganó una medalla, que ya es mérito. Como atleta del vivir alegre viene quedando campeón en lo que toca, del negocio hotelero a la fotografía más o menos fastuosa. Los mariachis de Plaza Garibaldi le escribieron las letras de las canciones en su casco de competición de esquí. Está, con Píndaro, en aquello de “aprende a hacerte el que eres”. Hasta que el cuerpo aguante. Que va a aguantar, porque Hubertus va tirando pero que muy en forma.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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