La vida oculta de Mallorca

Publicado por el jul 24, 2016

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En Mallorca, Sara Montiel fumaba cohibas de fogueo y el abuelo de Felipe VI iba de recreo al puerto de Andratx en compañía del duque de Alburquerque o el conde de Gamazo, que por cierto no eran de los ilustres titulares de la isla, allá por lo alto de los años ochenta. Porque allá en lo alto de los años ochenta, o sea, mediados los ochenta,  Mallorca perdió bullicio de famosos, y los famosos dieron en preferir de pronto Marbella, capital súbita, entonces, del escaparatismo sociata y noche más allá de la noche de la biutiful people, con Miguel Boyer de capitán de oro de todo aquel jaleo perfumado de gominas nocturnas y  esposas segundas. Perdió entonces Mallorca bullicio o cancán de populares, pero no decayó su vitola de sitio encalmado para ricos, o poderosos, que no buscan la foto, o la esquivan, incluso. En eso sigue. Tuvo su bajón de populares, Mallorca, en beneficio de Marbella, al respecto, y luego de Ibiza, pero siempre conservó su prestigio fijo de lugar donde veranea la Familia Real, que ahora acude por tramos, pero antes no, o no tanto. El verano nacional ha tenido, desde siempre, o casi desde siempre, una fecha ilustre en el día del posado de su Majestad y familia, en Mallorca, y luego fecha de arranque de las fiestas cuando Ana Obregón hacía allí mismo su posado estival, que era como el cumpleaños de su bikini según la agenda de los paparazzis de la zona. En la Mallorca apoteósica, Sara Montiel fumaba un cohiba largo que duraba el verano entero, y Vittorio Gassman miraba con melancolía terminal a las valquirias de minifalda, y la destronada Soraya alquilaba mansiones que luego, con su marcha, se vendían a mayor precio por el valor incalculable de haberla tenido de inquilina, siquiera por un rato. A mediados de los alegres ochenta, a Mallorca iba aún Julio Iglesias, que aún cotizaba en las portadas, y Chicho Ibáñez Serrador trasnochaba en el casino. En Mallorca enfermó para siempre Robert Graves, y Adolfo Suárez alquilaba la goleta “Idus de Marzo” para poco o nada, porque enseguida Suárez tenía que marcharse con urgencias sobrevenidas. Boyer, del brazo de la Preysler, prorrogaba una Marbella del flash, incluyendo a Mariano Rubio o Carlos Solchaga, una Marbella que venía de unos años setenta de clamoroso lujo internacional, con un reparto inigualable donde brindaban con el mismo champán Onassi y Grace de Mónaco, los Thyssen y la duquesa de Alba. Se comprende que buscando “el vivir oculto”, que es afán de listos, a Mallorca llegara en aquellas fechas Narcís Serra, que leía a Thomas Mann en las calas de Deia, o bien el escritor Frederick Forsyth, José María de Areílza o Rodolfo Martín Villa. Fue el veraneo de los selectos. Vuelve a serlo. Para otros lugares en liza queda el mérito dudoso de cumplir de “party” con calas de los que navegan a bordo de una portada.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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