Lejos del escaparate

Publicado por el Jul 18, 2016

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Las Koplowitz, Esther y Alicia, tienen algo de extranjeras de todas partes, por finas de lámina, y otro algo de españolas que nunca parasen aquí, porque son mujeres de militancia en la sabiduría añeja del vivir oculto. Hay, en ellas, la naturalidad del exotismo, y cuesta pillarlas en una foto. De modo que estamos ante figuras de la fama a su pesar, que es algo que no se lleva en épocas del ego como escaparatismo y el dinero como spot. Son, Esther y Alicia, dos figuras soberbias, y acaso sin rivales, de la estirpe escasísima de las mujeres ricas y famosas que hacen todo lo posible, y hasta lo imposible, por no parecerlo. Son dos presentes siempre ausentes en la vida de coctelería de oro española. Al respecto, se arriesga por ahí que son misteriosas, pero quizá las Koplowitz asoman poco, o nada, porque han visto en el silencio una garantía, y en el apartamiento una libertad. Y hacen bien. Los brindis, cuando tocan brindis, los cumplen de intimidad, y los amigos contados de ambas no suelen ser de urgente alterne, sino de trato largo, que son los amigos duraderos, valiosos y de verdad. Si uno va y pregunta por ahí, lo que te cuentan es que ambas reverencian la naturalidad y el poco ruido. Tienen de padrino a Ramón Areces, fundador de “El Corte Inglés”. Alicia es marquesa de Bellavista, y Carlos Fitz-James Stuart, duque de Alba, la adorna de maravillosa si baila flamenco, aunque baila muy pocas veces. Esther, como Alicia, se ahínca en la gesta de la discreción, y hasta se cuenta que en el raro día del 2011 en que salió en Madrid a un estreno, en el Capitol de la Gran Vía, se emboscó de abrigo abultado, peluca platino y gafas negras. Llevan en el corazón una herida común, porque pronto quedaron huérfanas. El padre, Ernesto Koplowitz, era de ascendencia polacojudía, y llegó a España huyendo de los nazis. La madre, Esther Romero de Juseu, era una bella de noble genealogía, originaria de Cuba. Ambas se han empleado en labores benéficas, y sociales, y Carmen Iglesias, directora de la Academia de la Historia, avala la ausencia de vanidad que aún las hace más hermanas: “Tuvimos que convencer tanto a Alicia como a Esther para que las fundaciones llevaran sus nombres”. Son dos figuras de la fama a su pesar, sí. Cuando se acababan los ochenta, padecieron retratos de divorciadas de portada. Sus respectivos, Alcocer y Cortina, se fueron con otras. Eran los tiempos del pelotazo con gomina, mientras el verano se bañaba en champán de Marbella, y las jóvenes aristócratas iban a la discoteca ahorrando en lencería. Sus respectivos se fueron con otras, muy serios de gabardinas gemelas. Y ellas, Esther y Alicia, se fueron con ellas mismas. Venían de educar a los hijos respectivos y dieron el brinco de ir a pillar el timón mayor de sus poderosas empresas respectivas. No se miran en un espejo, sino en algún Goya que tienen en casa.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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