El vagamundo con visa

Publicado por el Jun 5, 2016

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Se empeñó en ver la vida desde un chaleco desabrochado de colores, y muy puesto de foulares bohemios, que son, en él, siempre el mismo foulard, porque Jesús, si cambia, es para más parecerse todavía a Quintero, al que no se le parece nadie. Ahora resulta que va mal de tesorería, según nos cuentan. Lo alarmante sería que fuera bien la tesorería, en un periodista, aunque el periodista esté cruzado de lunático, como él. O precisamente por eso. En los tiempos de Facebook se obstinó en abrir en el centro de Sevilla un teatro que es un cruce de café de escribientes a pluma y plató de excéntricos. Quintero ha acuñado una pinta prestigiada de vagamundo con visa, pero parece que la visa desmaya, aunque la pinta de vagamundo no, y acaso esto es lo que importa. Porque la ropa, en él, no es una extravagancia atuendaria sino una lectura de una rebeldía interior. Está entre  el hippie de ático y el duque de arrabal, y a esa foto de retrato le daríamos de pie  una máxima de Píndaro: “Aprende a hacerte el que eres”. Eso lo vio pronto, y en eso sigue. De ahí, probablemente, que las inversiones le hayan ido mal, porque lo suyo no es la calculadora sino la metáfora. Tiene la cabeza de senador mayor de taberna y una arboladura de poetazo parisino que nació en Huelva. Todo, a bordo de una voz que trajea cualquier noche. Quintero es un dandi que se encuentra entre pícaros. Le pone el mismo micrófono a un ministro que a un tronado. Gasta un afán de escéptico que cree en todo, de curioso al que ya no le sorprende nada. Tiene más de cien premios de vitola, y sigue haciéndose el loco desde una colina que va por dentro. Si te llama para entrevistarte, te dan un premio. En la radio llenaba la noche sin decir nada apenas. Quintero ha ido a la tele, de oficio, para callarse, si procede, o incluso si no procede, con lo que ha colocado la elocuencia del silencio en un medio o un gremio que ejerce la lucha de gritos. Sigue fiel al chaleco de rapsoda, que es retal de museo, mira como un lobo fraterno, y tiene un mucho de insólita melena desmelenada de revolucionario lírico. Lo suyo es el pacifismo de la palabra y un fondo de armario que sólo le queda bien a él y a algunos sonetistas franceses, zona suicidas. No le cuadra el móvil, pero sí un bastón de ornato antiguo, con el que le hemos visto a menudo, un bastón esbelto como un desmayo, que es el apero inútil del caminar a deshora de los solitarios. En su oficio, ha cumplido la osadía de mantenerse fiel a sí mismo, con una teatralidad que es sinceridad, más el chaleco. Su apostura no es el traje a medida, sino pasar de todos los trajes. Lo mismo está pasando una racha de tieso. Pero su foulard cotizaría reñido y bien en una subasta del Rastro de las reliquias de los exóticos.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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