Entre el plató y el flamenco

Publicado por el May 28, 2016

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La noticia de su muerte llegó a darse varias veces, sin darse nunca del todo, porque se fue a Houston a tratarse lo suyo, sin remedio. Fue Rocío Jurado, durante meses agónicos, un telediario de sí misma, porque allí acamparon los reporteros, de funeral o prefuneral. Iba a Houston, regresaba a Montepríncipe, peregrinando al más allá, donde quizá sí había vida, pero no era vida. De modo que se murió de verdad Rocío. Hace una década exacta, en estos días. No es uno dado al género de celebrar folclóricas, pero con Rocío hay que hacer una excepción, entre otras cosas porque ella no fue sólo una folclórica, y porque del folclorismo logró otra cosa, con mucho despliegue de túnicas barrocas, con mucha teatralidad de brazos al cielo, y con mucho mestizaje de desgarro flamenco. Era exagerada, y en el exceso llevaba su mejor medida. Da un poco de pudor citar a Sinatra, pero hay que hacerlo: “Yo no vendo voz, vendo estilo”. Porque con Rocío viene a ocurrir lo mismo, sólo que ella tiene una voz de voltaje de terciopelo. La imitan los travelos, y las marujas la escuchan todavía como si le rezaran. Sufrió las maldades del cronismo de navaja, cuando su hija, Rociíto, empezó a ejercer de famosa de plató, entre la altivez y la tontuna. Como madre, ha gastado Rocío maneras de pantera, pero luego la artista lo ponía todo en limpio. Escribí un día, bajo urgencias, que era “los pechos del milenio”, y me mandó a la hija a darme las gracias. Fue temible, por extremada, y por eso mismo inolvidable. Con el gancho de su nombre ilustre, se forraban en la tele chóferes, mucamas y otros zánganos que trabajaron para ella o para Rociíto. Ha dado de comer a los traidores, y ha sido tema estrella de los platós de las trifulcas sin pisar nunca un plató para tales causas. Se vino de pobre a conquistar Madrid, del brazo de su madre. Su padre era zapatero, y la Piquer le dio portazo cuando Rocío jovencísima, la visitó en su casa de la Gran Vía, porque cantaba sus temas. Se hizo estrella enseguida, en el Duende, y de ahí todo seguido, hasta hoy. Casó con un boxeador, Pedro Carrasco, al que querían los matones y los poetas, y luego fue a su funeral, del brazo de su segundo marido, Ortega Cano, con pena de viuda verdadera. Cruzó los mares para exiliarse a solas con su mal, pero aquí, en la alegre España, ha seguido cantando a diario, como siempre, por taxis y patios, por atardeceres y Andalucías, porque a la Jurado no la retiraron los diagnósticos, ni tampoco, después, la muerte misma. Quiero decir con todo esto, en fin, que hace varias décadas que la sobrevivió su talento de melena trágica y escote imposible. La telebasura la resucita a veces sin saber que aullaba el flamenco con Tomatito.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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