Donde la biografía era coctelería

Publicado por el may 8, 2016

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Marbella, en los 70, o los 80, tuvo su gran gruta de oro, el Marbella Club, y un rey del verano incluso para todos los inviernos, Jaime de Mora y Aragón. A los jeques les llevaba la agenda de discoteca, y hablaba cinco idiomas sin descomponer nunca el bigote de Dalí castizo. En las jaranas de aquella época, que fue la suya, tenían barra libre Sean Connery, Brooke Shields, Sofía de Habsburgo, Nati Abascal, Gunilla Von Bismarck y Manolo Santana, entre otras gentes no de garrafón. Cito deprisa, por orientarnos. Era el sitio la competencia de la Costa Azul, pero con Puerto Banús y el mejor horario de deshoras del mundo. Venían los truhanes de mariscada y las aristócratas de corsetería internacional. Jaime fue el amo, aunque a veces iba tieso. Hasta tuvo su propia chica Bond,  Linda Christian, aquel monumento de leyenda que salía en las películas de Bond, y se casó con Tyrone Power. La revista “Life” la tituló “la bomba anatómica”. Fue madre de dos hijas, Romina y Taryn, que salieron esposa de Albano, la primera, y actriz guadiana, la segunda. Alfonso de Hohenlohe la convenció de una vida de coctelería en Marbella, donde era un poco o un mucho la viuda de su belleza mejicana con fina «línea de luna». En la copa de aquellos años de esplendor ocioso, el Marbella Club era ese sitio selecto donde se ocultan sin ocultarse los famosos no de garrafón o trimestre. No volverá a repetirse. Lo fundaron entre Hohenlohe y Rudolf Graf Von Schonburg, el conde Rudi, que casó con María Luisa de Prusia, una princesa que va al súper. Gunilla era la melena desmelenada de aquella Marbella de la jet set, un paraíso terrenal donde los ricos y los golfos pillaron postura a dormir sólo de día. Eran temporadas de mucha boite, mucha túnica, y mucho jamón sexual, no sé yo si en ese mismo orden. En medio de aquel despiste se atareaba Gunilla, y otras Gunillas, cuyo empleo mayor era no hacer nada, porque resulta que en aquella Marbella no se gastaba el calendario laborable, y siempre quedaba pendiente la última copa. Aquella Marbella fue insólita, memorable y puntera. Ahí el deneí era un aval de pobres, y a la noche mejor se llegaba en yate. La biografía era coctelería. Gunilla era algo así como la jefa del bronceado, la prusiana de Málaga que se pasaba la vida tan contenta de lentejuelas. Triunfó de simpática en medio de una tribu de gentes internacionales que llevaban en la cara el estrés benéfico de haberse pasado la tarde en el empeño de la siesta. Todos se tomaban la juerga muy en serio. Llevaban el bronceado de los que toman mucho el sol nocturno y de alterne. Rappel les adivinaba el futuro de la noche siguiente, cuando lo apasionante era averiguarles al detalle la fiesta del pasado.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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